Por Luis B.
Cuando llegó a la Tierra, Zhaor tenía tres nombres.
El primero pertenecía a su especie y no podía ser pronunciado por una garganta humana. El segundo era su nombre militar. El tercero, cuidadosamente elegido por los lingüistas de su planeta, era Emilio Varga.
Emilio Varga sería un genio.
Ésa era la primera fase de la conquista.
No habría ejércitos. No habría naves suspendidas sobre las ciudades ni rayos capaces de convertir montañas en vidrio. La civilización humana ya había inventado demasiadas formas de destruirse a sí misma. Sólo había que darle un pequeño empujón.
Zhaor descendió en secreto en 2039.
Durante los primeros meses estudió a los humanos con la meticulosidad de un entomólogo que observa insectos antes de introducir una aguja en ellos.
Aprendió sus costumbres, a sonreír sin alegría, a estrechar manos, que decir “interesante” era una manera eficaz de ocultar que uno no había entendido nada. Y descubrió algo que no figuraba en los informes de su planeta: los humanos adoraban a los genios.
Así que se convirtió en uno.
Publicó teorías imposibles sobre energía gravitacional. Diseñó baterías que parecían violar las leyes conocidas. Presentó una máquina diminuta capaz de purificar agua contaminada utilizando campos electromagnéticos.
La humanidad lo recibió como recibe siempre a sus salvadores: primero con sospecha, después con entusiasmo y finalmente con acciones bursátiles.
Emilio apareció en revistas, fue invitado a universidades. Los presidentes quisieron estrecharle la mano, los millonarios quisieron comprar su cerebro. Una empresa le ofreció tres mil millones de dólares por una patente. Él rechazó la oferta, los humanos interpretaron aquello como una prueba de nobleza.
En realidad, Zhaor no necesitaba dinero.
Su misión consistía en alcanzar el centro de los sistemas tecnológicos de la Tierra, convertirse en una figura indispensable y, cuando llegara el momento, activar el transmisor que dormiría durante siglos las redes eléctricas, los satélites y las armas orbitales.
Después vendría la flota, era sencillo. Demasiado sencillo, el problema comenzó cuando empezó a conocerlos. Conoció a una mujer llamada Clara que llevaba veinte años reparando libros antiguos, conoció a un anciano que alimentaba perros callejeros frente a una estación del metro, conoció a un niño que coleccionaba piedras porque estaba convencido de que algunas recordaban los lugares donde habían estado, conoció a científicos que trabajaban durante noches enteras por un descubrimiento que quizá jamás llevaría sus nombres y ayudaría a miles de personas. Y descubrió algo que sus informes militares habían omitido, los humanos eran terriblemente contradictorios. Podían destruir un bosque y luego llorar al escuchar el canto de un pájaro, inventar bombas y poemas durante la misma semana, pasar hambre mientras arrojaban comida a la basura, odiarse durante treinta años y seguir guardando una fotografía del enemigo muerto.
Zhaor comenzó a sentir algo parecido a la vergüenza.
Después vino algo peor.
La duda.
Una noche, sentado solo en el laboratorio, abrió el archivo secreto de su misión OBJETIVO: SUBYUGACIÓN TOTAL. Debajo aparecía la fotografía del planeta, la Tierra vista desde el espacio.
Azul.
Hermosa.
Irrelevante, según los informes.
Zhaor amplió la imagen, vio continentes, nubes, océanos, ciudades iluminadas como colonias de luciérnagas. Y por primera vez pensó que quizá su especie estaba equivocada, el pensamiento lo aterrorizó, porque una duda podría convertirse en una enfermedad y una enfermedad, en su planeta, se consideraba un error.
Entonces llegó la transmisión, su misión había terminado, la flota estaba preparada, Sólo necesitaban la señal.
Zhaor caminó hasta el núcleo del sistema.
Introdujo la clave.
La pantalla pidió confirmación.
¿DESEA INICIAR LA CONQUISTA?
Permaneció inmóvil.
Afuera llovía.
El agua golpeaba los cristales del laboratorio con una paciencia infinita.
En una mesa había una taza de café olvidada. Estaba frío. El olor amargo todavía permanecía en el aire.
Zhaor pensó en Clara.
En el anciano.
En el niño de las piedras.
Pensó incluso en los políticos, en los empresarios, en los soldados y en todos aquellos humanos que le habían parecido grotescos.
Y comprendió que aquello era precisamente lo que más le aterraba.
Había empezado a quererlos sin saber si los perdonaba.
Su dedo quedó suspendido sobre la pantalla.
Entonces recordó algo que había aprendido muchos años antes de abandonar su planeta.
Las civilizaciones no caen cuando pierden sus guerras.
Caen cuando alguien deja de creer en la razón por la que empezó a luchar.
Zhaor apagó el sistema.
No hubo explosión.
No hubo alarma.
Sólo oscuridad.
Al día siguiente, Emilio Varga desapareció.
Los periódicos dijeron que había sufrido una crisis nerviosa.
Las autoridades aseguraron que había escapado del país.
Algunas personas dijeron que había sido asesinado.
Otros afirmaron que todo había sido un fraude.
Clara nunca creyó ninguna de esas versiones.
Encontró, entre sus libros, una pequeña piedra negra.
No recordaba haberla visto antes.
La sostuvo en la palma de la mano.
Estaba tibia.
Muy lejos de allí, más allá de la Luna, una flota permanecía inmóvil.
Esperando una orden que nunca llegó.
Quizá Zhaor había salvado a la humanidad.
Quizá simplemente había traicionado a su especie.
Quizá ambas cosas eran exactamente la misma decisión.
Y mientras la Tierra continuaba girando, indiferente a su propio destino, en alguna habitación oscura un hombre que no era un hombre miraba por la ventana.
Había salvado la humanidad de la única manera que jamás habían previsto sus superiores: había permitido que siguiera siendo contradictoria.
Pero algunas noches, cuando las ciudades se iluminaban bajo el cielo negro, Zhaor se preguntaba si aquello había sido realmente algo bueno.
Porque todavía no sabía qué era peor: que los humanos fueran dignos de ser salvados o que él se hubiera contagiado de sus dudas.

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