Por El Perrochinelo
Yo al chilango lo conozco bien. No porque haya estudiado sociología, antropología ni esas cosas donde la gente se pone lentes y habla de “fenómenos urbanos”. No, señores. Yo lo conozco porque llevo años viéndolo desde abajo, desde la banqueta, mientras se come una torta de esencia de milanesa parado, corre para alcanzar el microbús o le mienta la madre a una moto que se pasó el alto y casi lo plancha. Soy el Perrochinelo, perro callejero de abolengo dudoso y ciudadano de esta capirucha por derecho de antigüedad. Y si hay una especie que merece documental de National Geographic, ésa es la chilanga.
El chilango es un animal peculiar. Puede levantarse a las cinco de la mañana para atravesar media ciudad y llegar a las ocho a un trabajo donde su compañero le va a hablar al cel para decirle: “¿Me haces el paro, ayudame con mi chamba, ya casi llego?”. Y ahí va el chilango, con cara de pocos amigos, café en una mano y torta de tamal en la otra. Tres horas después sigue recibiendo mensajes de “ya casi llego”.
Tiene una habilidad extraordinaria para sobrevivir al caos. Se puede descomponer el Metro, inundar la avenida, cerrar una calle, caer un aguacero bíblico y aparecer una manifestación justo cuando va tarde, pero el chilango nomás dice:
“¡Ya valió madres!”
Y continúa.
Eso sí, jamás hay que preguntarle cuánto falta para llegar.
“Está cerquita.”
Mentira.
En idioma chilango, “cerquita” puede significar desde dos cuadras hasta hora y media de transporte público. Uno aprende a no cuestionar. Si el compa dice “ya casi”, tú prepárate para caminar tres kilómetros.
Pero hay algo bien chido en esta raza: la solidaridad instantánea. Aquí nadie conoce a nadie, pero basta con que alguien se caiga en la calle para que aparezcan seis personas a levantarlo, una señora a decirle “¿está usted bien?” y un señor que ni estaba involucrado a dar su opinión.
“Fue por andar viendo el celular.”
¡Gracias, doctor!
Y si alguien se queda varado con el coche, siempre aparece un chilango dispuesto a empujar. No importa si trae traje, uniforme, pants o chanclas. Se baja, empuja y luego pregunta qué pasó. Primero se resuelve el problema y después se arma la junta vecinal.
El chilango también tiene un idioma propio. No dice “no comprendo”; dice “¿qué pedo?”. No dice “amigo”; dice “carnal”, “valedor”, “compa”, “wey” o “mi buen”. No dice “retírate”; dice “estorbas”. No dice “tengo un problema”; dice “traigo un pedo”. Y cuando la situación ya se salió completamente de control, aparece esa frase filosófica que resume siglos de experiencia urbana:
“Ni pedo, ya qué.”
Eso sí, el chilango puede burlarse de todo. Del tráfico, del gobierno, del Metro, del clima, de la inflación, del vecino, del jefe, de sí mismo y hasta de la tragedia. No porque no le importe, sino porque a veces el humor es la única herramienta que queda cuando la vida se pone canija.
Y qué decir de la comida. El chilango puede desayunar una torta de tamal, comer tacos, echarse unos esquites en la tarde y cerrar el día con unos tacos al pastor. Luego se despierta al día siguiente diciendo:
“Algo me cayó mal.”
¡Pues qué esperabas, campeón! Si tu aparato digestivo no es de hierro.
También somos especialistas en convertir cualquier lugar en fiesta. Una banqueta puede volverse cantina; una esquina, salón de baile; una azotea, restaurante; una camioneta, discoteca y una fila de tortillería, foro de análisis político nacional.
Aquí hasta esperar el camión implica socializar.
“¿Sí va para Metro?”
“Sí.”
“¿Ya pasó?”
“No.”
“Ah, bueno.”
Y ya se hicieron conocidos.
Pero lo que más me gusta del chilango es que, pese a todas sus desgracias, conserva cierta alegría terca.
Ésa es la verdadera ciencia chilanga: convertir la desgracia en anécdota y la anécdota en cotorreo.
Por eso yo, el Perrochinelo, cuando veo pasar a esta bola de locos por la banqueta, no puedo evitar sentir cariño. Son gritones, acelerados, desconfiados, fiesteros, ingeniosos, mentirosillos con eso de “ya voy llegando” y capaces de hacer una fila de cuatro horas para comprar algo que ni necesitaban.
Pero son mi gente.
Porque el chilango podrá andar siempre en sus ondas, pero si ve a un perro callejero moviendo la cola afuera de donde están comiendo, voltea y le avienta un cachito de comida y sigue comiendo.
Y eso, señoras y señores, vale más que cualquier discurso.
Ahora sí, si alguien trae un taco de suadero que no se vaya a hacer el desentendido.
El Perrochinelo también es chilango.
Y además, no ha desayunado.

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