Por Rebeca Jiménez
El agua de jamaica tenía el color de la sangre cuando ya nadie recuerda de quién era.
Verónica lo pensó al verla en la jarra de vidrio, sobre la mesa principal, junto al pastel de tres pisos y las servilletas rosas que su madre había doblado durante toda la mañana. Afuera, en el patio, los hombres terminaban de acomodar las sillas; las mujeres discutían por el hielo; una niña lloraba porque le habían puesto un vestido que le picaba en las axilas. El equipo de sonido probaba una canción de moda a un volumen que hacía vibrar los vidrios de las ventanas.
Era sábado. Verónica cumplía quince años.
Su madre había dicho que sería una fiesta inolvidable.
Lo dijo tantas veces durante los preparativos que la frase terminó por parecer una amenaza.
Verónica observaba la jarra. El agua de jamaica había sido preparada desde la noche anterior. Su madre había hervido las flores secas, añadido azúcar y dejado enfriar la bebida en una olla grande. Por la mañana la había pasado a la jarra, con rodajas de limón flotando en la superficie.
—No le pongas más azúcar —le advirtió—. Ya está bastante dulce.
Verónica se sirvió en un vaso y probó un poco.
Estaba ácida.
Pensó que así debían saber las cosas que se preparaban para celebrar algo que una no había pedido.
No quería una fiesta. Quería irse a la ciudad con su prima Lucía, ir al cine, luego ir a un café y regresar cuando oscureciera. Quería caminar sin que nadie le acomodara el cabello, sin que las tías le pellizcaran las mejillas, sin que los amigos de su padre le dijeran que ya era toda una señorita.
Sobre todo, quería que dejaran de hablar de ella como si su cuerpo hubiera dejado de pertenecerle.
Desde hacía meses, las mujeres de su familia habían comenzado a observarla con una atención nueva. Le corregían la postura, le aconsejaban que no se sentara con las piernas abiertas, le explicaban cómo debía comportarse con los muchachos. Su madre había empezado a cerrar la puerta del baño cuando Verónica se cambiaba, pero al mismo tiempo parecía sentirse autorizada a revisar sus cajones, sus cuadernos y hasta los bolsillos de sus pantalones.
La infancia se le estaba terminando sin que nadie le preguntara si quería conservar algo de ella.
—Vas a ver que después me lo agradeces —decía su madre.
Verónica nunca preguntaba qué.
Su padre llegó a las cuatro, recién bañado y con la camisa blanca que reservaba para las ocasiones importantes. Llevaba semanas trabajando horas extras para pagar la música, las flores, la comida y el vestido. Cuando vio a su hija, se quedó mirándola con una expresión que ella no supo interpretar.
—Estás muy bonita.
Verónica bajó la mirada.
—Gracias, papá.
Él le acomodó un mechón detrás de la oreja. Fue un gesto breve, familiar, pero ella sintió una incomodidad que la hizo apartarse apenas.
Su padre retiró la mano.
No dijo nada.
Aquello le produjo más culpa que si la hubiera reprendido.
Recordó cuando era pequeña y él la llevaba sobre los hombros durante las fiestas del pueblo. Recordó sus manos grandes sujetándole las piernas, el olor a jabón de su cuello, la seguridad con que la levantaba para que pudiera ver por encima de la gente. Entonces el cuerpo de su padre era una casa. Ahora empezaba a ser una frontera.
Él se fue a revisar el sonido.
Verónica permaneció junto a la mesa, preguntándose en qué momento los gestos más inocentes comenzaban a necesitar explicaciones.
A las cinco llegaron las primeras invitadas. Su madre corrió de un lado a otro, recibiéndolas con besos y mostrando el vestido de su hija como si presentara una adquisición extraordinaria. La tela color vino se ajustaba a la cintura y se abría en una falda abundante. Verónica había pedido uno azul, pero su madre insistió en que el vino le favorecía más.
—El azul te hace ver muy niña.
Como si aquello fuera una enfermedad.
La maquillaron en el dormitorio. Una prima le delineó los ojos, otra le puso rubor en las mejillas. Su madre supervisaba cada movimiento frente al espejo.
—No cierres tanto los ojos.
—Levanta la barbilla.
—Sonríe un poquito.
Verónica obedecía.
En el espejo apareció una muchacha desconocida, con los labios más rojos de lo habitual y una expresión de cansancio que el maquillaje no conseguía ocultar.
Pensó en los compañeros de la escuela que llegarían esa noche. En sus miradas, en los comentarios que harían cuando ella pasara entre las mesas. Había uno, Daniel, que le gustaba desde hacía meses. Recientemente cuando él le sonreía, ella sentía una agitación que no sabía que era
Pero aquella tarde, al imaginarlo mirándola con el vestido, sintió miedo.
No de él.
De que su mirada cambiara algo que ya no pudiera recuperar.
La fiesta comenzó con un vals.
Su padre la tomó del brazo y la condujo al centro del patio. Los invitados formaron un círculo. Los teléfonos se levantaron como pequeñas ventanas luminosas.
Verónica apoyó una mano sobre el hombro de su padre.
La música era lenta. Él la sujetaba con cuidado, procurando no pisarle el vestido. Durante unos segundos, mientras giraban bajo las luces, ella volvió a tener ocho años. Quiso apoyar la cabeza en su pecho y pedirle que la sacara de allí, que se fueran los dos, que la llevara a comprar una nieve y la dejara sentarse en la banqueta con las piernas descubiertas.
Pero tenía quince años y todos estaban mirando.
—Estás creciendo muy rápido —le dijo él.
Verónica sintió que la garganta se le cerraba.
—Yo no quiero.
Su padre creyó no haber escuchado.
—¿Qué dijiste?
Ella negó con la cabeza.
La canción terminó. Los invitados aplaudieron y su madre se secó una lágrima con la punta de los dedos. Verónica vio que su padre sonreía para las fotografías, aunque tenía los ojos húmedos.
Sintió ternura por ambos.
También resentimiento.
No entendía cómo podían amarla tanto y, al mismo tiempo, no escucharla.
Daniel llegó después de las nueve.
Llevaba una camisa negra y el cabello peinado con demasiado gel. Verónica lo reconoció desde la puerta y sintió que el corazón le daba un golpe seco. Él se acercó, la felicitó y le entregó una pequeña caja envuelta en papel plateado.
Adentro había una pulsera.
—No tenías que comprarme nada —dijo ella.
—Quería hacerlo.
Daniel la miró de una manera distinta a como la miraba en la escuela. Allí, entre la música y los invitados, parecía haber descubierto algo que antes no se atrevía a reconocer.
Verónica sintió placer ante aquella mirada.
No quería admitirlo, pero le gustaba sentirse deseada. Le gustaba imaginar que alguien la elegía por encima de todas las demás, que la encontraba hermosa sin necesidad de que su madre lo confirmara. Había algo embriagador en descubrir que podía despertar el deseo de otro.
Y, sin embargo, cuando Daniel le pidió bailar, ella vaciló.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
—Nada.
Bailaron una canción. Después otra.
Daniel le tomó la mano y la condujo hacia un rincón del patio, cerca de las macetas que su madre había colocado para disimular una pared sin pintar. La música llegaba amortiguada hasta allí.
—Te ves preciosa —dijo él.
Verónica sonrió.
Daniel le acarició los dedos.
Ella no retiró la mano.
Entonces él se inclinó para besarla.
El beso fue breve, torpe, un poco húmedo. Verónica había imaginado muchas veces aquel momento, pero en su imaginación siempre había sabido qué hacer. En la realidad, permaneció inmóvil, sintiendo los labios de Daniel y el ruido de la fiesta al otro lado de la pared.
Cuando él se apartó, ella quiso volver a besarlo.
Quiso también salir corriendo.
Ambas cosas eran ciertas, y aquella contradicción la asustó más que el beso.
—¿Te gustó? —preguntó Daniel.
Verónica tardó en responder.
—No sé.
Él se rio, quizá por nervios.
—¿Cómo que no sabes?
Ella se apartó.
—Pues no sé.
Daniel perdió la sonrisa. Por un instante, Verónica sintió que debía disculparse, tranquilizarlo, darle una respuesta que lo hiciera sentirse mejor. Conocía esa obligación. La había visto en su madre, en sus tías, en las mujeres que convertían la incomodidad de los hombres en una tarea propia.
Pero no dijo nada.
Daniel se marchó poco después, alegando que tenía que saludar a unos amigos.
Verónica lo vio cruzar el patio. Sintió la punzada del rechazo y, junto a ella, un alivio vergonzoso.
Se quedó sola entre las macetas.
Por primera vez en toda la noche, pudo respirar.
Cerca de las once, su madre descubrió que faltaba agua de jamaica.
—¿Quién estuvo tomando de la olla grande? —preguntó, irritada—. Todavía falta servir a los de la mesa del fondo.
Una tía sugirió que los muchachos habían estado llenando vasos sin medida. Otra dijo que seguramente algún niño había derramado parte.
Verónica escuchaba desde la cocina.
Tenía una jarra a su lado, estaba casi vacía. En el fondo quedaban unos centímetros de líquido oscuro, con los restos de las flores que habían pasado por el colador.
Su madre la vio.
—¿Tú tomaste?
—Sí.
—¿Cuánto?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes? ¿No ves que es para todos?
Verónica miró la jarra.
—Es agua de jamaica, mamá.
—No me contestes así.
La frase cayó con una fuerza desproporcionada. Su madre apretó los labios, consciente de que varias personas habían escuchado.
—Una se mata para que tengas tu fiesta y tú ni siquiera eres capaz de pensar en los demás.
Verónica sintió que algo dentro de ella se endurecía.
Quiso decirle que no había pedido la fiesta. Que nunca había pedido el vestido, ni el vals, ni las fotografías, ni aquella exhibición de su cuerpo ante parientes que apenas conocía. Quiso decirle que estaba cansada de agradecer por cosas que la obligaban a convertirse en alguien que no era.
Pero su madre parecía tan agotada que las palabras se le quedaron en la boca.
Durante un instante, la vio como nunca antes: una mujer de cuarenta y tantos años, con los pies hinchados, el cabello desprendido del peinado y una mancha de salsa en el vestido. Una mujer que había trabajado durante meses para ofrecerle a su hija algo que ella misma jamás había tenido.
Verónica comprendió que su madre también había sido una niña.
Y que quizá nadie le había preguntado qué deseaba.
Aquella comprensión no borró el enojo. Lo hizo más doloroso.
—Perdón —dijo.
Su madre tomó la jarra y salió de la cocina.
Verónica se quedó mirando el fregadero.
Había aprendido a pedir perdón antes de saber por qué.
Poco antes de la medianoche, cuando los invitados empezaban a despedirse, Verónica salió al patio trasero.
La música seguía sonando, pero más lejos, como si la fiesta ocurriera en otra casa. Se sentó en el escalón junto al lavadero y se quitó los zapatos. Los pies le dolían. Tenía una ampolla en el talón y una pequeña mancha de maquillaje en el borde del vestido.
Desde allí alcanzaba a ver la mesa principal.
Su madre recogía los platos. Su padre ayudaba a desmontar las bocinas. Unos primos peleaban por las sobras del pastel. La noche ideal se deshacía en bolsas de basura, vasos desechables y servilletas húmedas.
Verónica pensó que la felicidad debía de ser algo parecido a eso: una cosa que los adultos preparaban con mucho esfuerzo y que después no sabían cómo conservar.
Apareció su prima Lucía, de diecinueve años, con dos vasos de agua.
Le entregó uno y se sentó a su lado.
—¿Te divertiste?
Verónica bebió.
—No sé.
Lucía sonrió.
—Esa respuesta te va a meter en problemas toda la vida.
—¿Y qué debería decir?
—Lo que quieras.
Verónica la miró con incredulidad.
—No puedo decir lo que quiero.
—Claro que puedes.
—Mi mamá se enoja. Mi papá se pone triste. Daniel cree que no me gusta. Las tías dicen que soy malagradecida.
Lucía observó la fiesta.
—La gente se acostumbra a una versión de ti. Cuando intentas cambiarla, creen que les estás quitando algo.
Verónica bajó la mirada hacia el vaso.
—¿Y si tienen razón?
—A veces la tienen.
Aquella respuesta la sorprendió.
Lucía continuó:
—Pero no por eso tienen derecho a decidirlo todo.
Permanecieron calladas.
Verónica sintió ganas de llorar, pero no quería arruinar el maquillaje que ya estaba arruinado. Se rio de aquella preocupación y luego empezó a llorar de verdad.
Lucía no la abrazó inmediatamente. Esperó a que Verónica se inclinara hacia ella.
Ese pequeño gesto, la espera, le pareció más íntimo que el beso con Daniel.
A la mañana siguiente, la casa olía a comida recalentada, flores marchitas y alcohol derramado. El vestido estaba colgado en una percha, dentro de una funda transparente. Su madre dormía todavía. Su padre había salido a devolver unas sillas.
Verónica encontró la jarra de jamaica en el refrigerador.
Quedaba un poco.
La sacó y sirvió el líquido en un vaso. El color era menos intenso que la noche anterior. Las flores habían dejado una mancha en el fondo del recipiente.
Bebió despacio.
La bebida estaba demasiado dulce.
Por primera vez, comprendió que su madre había añadido azúcar después de que ella la probara.
No sabía por qué aquel detalle le produjo tanta tristeza.
Quizá porque era una modificación pequeña, casi insignificante, y sin embargo contenía todo lo que había ocurrido la noche anterior: alguien había decidido que las cosas debían saber de otra manera.
Verónica se sentó junto a la ventana.
Afuera, el patio parecía más grande sin las mesas. En el suelo había restos de brillitos pegados a la humedad. Una cinta rosa se había enredado en una rama del limonero.
Pensó en Daniel y en el beso que no había sabido disfrutar.
Pensó en su madre, que seguramente despertaría arrepentida de haberle hablado golpeado, aunque quizá nunca lo admitiría.
Pensó en su padre, en la mano que había retirado de su cabello cuando ella se apartó.
Pensó en todas las cosas que aún no sabía de sí misma.
Tenía quince años. No era una mujer, aunque todos hubieran decidido celebrarla como tal. Tampoco era una niña, aunque una parte de ella deseaba volver a serlo.
Su cuerpo avanzaba hacia un territorio desconocido, mientras su conciencia permanecía aferrada a una casa que empezaba a quedarle pequeña.
No había nada puro en crecer. Había deseo, vergüenza, curiosidad, egoísmo, ternura. Había momentos en que uno quería ser visto y otros en que habría dado cualquier cosa por desaparecer. Había amores que lastimaban sin dejar de ser amores y cuidados que, por miedo, se convertían en vigilancia.
Verónica terminó el agua.
Enjuagó el vaso y lo dejó boca abajo sobre el escurridor.
Después fue al dormitorio de su madre.
La encontró despierta, sentada en la cama, con el cabello suelto y las manos sobre las rodillas.
—¿Ya te levantaste? —preguntó su madre.
Verónica asintió.
—¿Te gustó la fiesta?
La pregunta contenía una esperanza tan desnuda que Verónica sintió deseos de mentir.
Podía decir que sí. Podía regalarle a su madre el final que necesitaba, dejarla descansar en la certeza de que todo había valido la pena.
Se sentó a su lado.
—Hubo cosas que me gustaron.
Su madre esperó.
—Y otras que no.
La mujer bajó la cabeza.
Verónica temió haberla herido. Estuvo a punto de retirar sus palabras, de suavizarlas hasta volverlas inofensivas.
Pero su madre le tomó la mano.
—A mí tampoco me gustaban mis quince años —dijo.
Verónica la miró.
Nunca habían hablado de eso.
Su madre contó que su vestido había sido prestado, que su padre se había emborrachado antes del vals y que, durante la fiesta, había deseado escapar con un muchacho que nunca volvió a ver. Después se rio de su propio recuerdo, como si le diera vergüenza reconocer que alguna vez había sido joven y había querido una vida distinta.
Verónica escuchó.
Por primera vez, no trató de adivinar qué debía responder.
Cuando su madre terminó, se quedaron sentadas, tomadas de la mano. No se perdonaron de inmediato. No resolvieron sus diferencias. El mundo no se volvió más sencillo por el hecho de que ambas hubieran dicho una verdad.
Pero algo se había abierto entre ellas.
Una puerta pequeña.
Quizá suficiente.
Al mediodía, Verónica volvió a la cocina. Enjuagó la jarra y la dejó secar junto al fregadero.
El agua de jamaica había desaparecido.
En el fondo quedaba una línea rojiza, casi imperceptible, que no salió con el primer enjuague. Verónica pasó la esponja una vez más y observó cómo el color se diluía hasta desaparecer por el desagüe.
Pensó que crecer quizá consistía en eso: aprender a distinguir entre lo que uno debe limpiar y lo que necesita conservar.
Después cerró la llave.
Afuera, el sol caía sobre el patio vacío.
Y por primera vez desde que comenzaron los preparativos de la fiesta, Verónica no tuvo prisa por convertirse en alguien más.

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