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| UIT. El artista. 2026 |
Por El Perrochinelo
En la colonia todos conocían a Sculpey Dog, aunque nadie se ponía de acuerdo sobre quién le había puesto el nombre. Los chavos de la esquina decían que era por un material para hacer figuras, porque el perro, un mestizo color miel, tenía alma de escultor y cagaba con una intención artística que ya quisieran muchos que exponían en las galerías de la Roma. El Güicho, que no había terminado la carrera de artes y se aventaba unas teorías sobre el arte contemporáneo después de dos caguamas, aseguraba que el animal era un adelantado a su tiempo.
—Ese perro, banda, está haciendo land art, instalación y performance, todo en una sola sentada. Y sin necesidad de apoyos, güey. Sin beca del Fonca, sin patrocinadores y sin andar mamando con que su obra cuestiona los límites de la representación.
—¡Cállate, pinche Güicho! —le decía el Benja—. Tu perro artista acaba de dejar un chistesito afuera de la recaudería y la jefecita esa casi se va de hocico. Si eso es arte, yo soy Picasso.
—Pues Picasso también hacía sus cosas raras, carnal.
Sculpey Dog no se metía en discusiones. Era un profesional. Llegaba temprano, antes que empezara el movimiento cotidiano y el señor de los tamales todavía tenía la vaporera echando humo. Caminaba con la seriedad de un funcionario que va a inaugurar una obra pública, olfateaba la banqueta, daba dos o tres vueltas sobre sí mismo y finalmente encontraba el sitio adecuado.
Entonces se concentraba.
Los vecinos que madrugaban y que ya conocían el ritual procuraban no interrumpirlo. Había aprendido a trabajar sobre superficies difíciles: el cemento agrietado, las coladeras, los rincones junto a los postes y hasta las banquetas recién pintadas por algún comité vecinal que pretendía demostrar que la colonia estaba progresando.
Sus primeras obras fueron modestas. Un montoncito aquí, una curva allá, quizá una composición circular que parecía representar el eterno retorno de la materia. Pero con los años desarrolló una técnica propia. A veces trazaba tótems, otras veces elaboraba espirales que se abrían como galaxias miserables sobre el pavimento. En una ocasión dejó una especie de mural frente a una sucursal bancaria, justo donde un guardia de seguridad acostumbraba correr a los vendedores ambulantes.
—¡No mames! —exclamó el Güicho—. ¡Ésta es su obra maestra! ¡Una crítica al capital financiero!
—Es una cagada, güey —respondió el Benja.
—¡Pues claro que es una cagada! ¡Ahí está precisamente la genialidad!
La discusión habría seguido hasta el anochecer, pero una señora que salía del banco pisó la pieza con sus zapatos blancos y lanzó una mentada de madre que hizo voltear hasta al de los jugos.
Sculpey Dog, mientras tanto, ya se había alejado unos metros. Se volvió lentamente, contempló su creación y ladeó la cabeza. Parecía evaluar la composición, el equilibrio de los volúmenes, la relación entre la obra y el espacio urbano. Después siguió su camino, satisfecho o decepcionado, quién sabe. Los artistas tienen esas cosas.
La colonia, por supuesto, no era precisamente un museo. Había cables colgando como lianas eléctricas, bolsas de basura reventadas por los perros, baches donde cabía el presupuesto de una alcaldía y automóviles estacionados sobre las rampas para sillas de ruedas. En la pared de la tortillería alguien había escrito EL AMOR ES ETERNO; abajo, otro había agregado PERO LA RENTA NO PERDONA. En ese escenario, las esculturas de Sculpey Dog parecían pertenecer a una tradición estética tan antigua como la propia humanidad: transformar los desechos en una forma de expresión.
O quizá los vecinos necesitaban encontrarle sentido a algo que, sencillamente, les complicaba el camino.
Porque una cosa era admirar la obra y otra muy distinta tener que rasparla de la suela con un palito de paleta.
—¡Pinche perro mugroso! —gritaba el señor de la farmacia—. ¡Ya me tiene hasta la madre! ¿Quién es el dueño de este animal?
Nadie contestaba.
Sculpey Dog no tenía dueño conocido. Dormía bajo los puestos cuando llovía, recibía sobras de los comerciantes y acompañaba a los borrachos que regresaban de madrugada. Era de todos y de nadie, como esas cosas de la colonia que todo mundo utiliza pero nadie quiere mantener: la jardinera seca, el teléfono público que ya no sirve, el niño que cruza la calle sin mirar.
Una mañana, el Güicho apareció con una idea que, según él, iba a cambiar el destino del arte mexicano.
—Hay que hacerle una exposición, cabrones. Juntamos sus popos, las ponemos todas en una calle y lo documentamos todo con el celular, les ponemos títulos mamalones y las subimos a internet. Imagínense: Cartografías del residuo: una poética de la marginalidad urbana.
—¿Y quién va a limpiar después? —preguntó la Chabela, que vendía quesadillas a unos metros.
—Pues la alcaldia, ¿no?
—¡Ay, qué pendejo estás! Si no recogen la basura de la esquina, ¿tú crees que van a venir a limpiar las obras de tu pinche perro?
La Chabela tenía razón, como casi siempre. En la colonia abundaban los borrachos, pero escaseaban los servicios públicos. Había murales que celebraban la identidad barrial junto a montones de desperdicios, discursos sobre la dignidad de los pueblos originarios junto a banquetas intransitables, campañas para rescatar los espacios públicos y funcionarios que llegaban en camionetas con los vidrios arriba.
Sculpey Dog no sabía nada de eso. O tal vez lo sabía de otra manera.
Él continuó con su trabajo.
Hasta que un lunes desapareció.
Pasaron tres días sin que nadie encontrara una de sus composiciones. El Benja dijo que seguramente se había ido al cielo de los perritos. La Chabela sospechaba que algún vecino lo había adoptado. El Güicho, más dramático, afirmó que los artistas verdaderos siempre desaparecen antes de que el mundo comprenda su obra.
—No digas mamadas —le respondió el Benja—. Ya se murió, güey.
La ausencia se sintió más de lo que cualquiera habría admitido. Los comerciantes preguntaban por él, los niños lo buscaban al salir de la escuela y hasta el señor de la farmacia reconoció que la esquina estaba rara sin el animal.
Una semana después, Sculpey Dog regresó.
Venía flaco, pero con la misma expresión solemne de siempre. Cruzó la calle, olfateó el poste de la esquina y se instaló junto a la cortina metálica de la recaudería. Los chavos dejaron de platicar. El Güicho guardó silencio. Hasta el Benja, que jamás se quedaba callado, se quedo mirando solamente.
Sculpey Dog comenzó su labor.
Cuando terminó, retrocedió unos pasos y observó su creación.
Nadie se rio.
No porque la obra fuera extraordinaria, sino porque durante unos segundos todos comprendieron que aquel perro estaba ahí, ocupando un pedazo de mundo que no le pedía credenciales, domicilio, permiso ni comprobante de ingresos. Un animal callejero que, con los materiales más humildes, insistía en dejar una marca antes de seguir andando.
Entonces apareció un repartidor distraído, mirando el celular, y pisó la escultura con toda la suela.
—¡Chinga tu madre! —gritó, sacudiendo el pie.
El Güicho se río en silencio. La Chabela también. Luego el Benja soltó la carcajada.
Sculpey Dog miró al hombre, miró el desastre y volvió a ladear la cabeza.
Quizá estaba evaluando la recepción crítica de su obra.
Quizá pensaba que el público era una mierda.
O quizá, simplemente, ya estaba buscando el siguiente lugar donde trabajar.
En la colonia, mientras tanto, la vida siguió su curso: el banco cobró comisiones, el camión pasó lleno, la basura permaneció en la esquina y alguien volvió a escribir en la pared de la tortillería.
EL ARTE NO CAMBIA EL MUNDO.
Debajo, con letra más pequeña, otro añadió:
PERO A VECES TE HACE MIRAR DÓNDE PISAS.
Y por la banqueta, con su trotecito de perro sin patria, Sculpey Dog se alejó rumbo al mercado, donde seguramente lo esperaba un lienzo nuevo.

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