Por Félix Ayurnamat
El tiempo que escapa a nuestra voluntad. Transcurre mientras vivimos, se lleva consigo aquello que creíamos permanente y transforma, casi sin advertirlo, nuestra manera de mirar el mundo. La vida avanza entre comienzos y despedidas. En ese movimiento, la muerte aparece como una presencia inevitable, pero también como una pregunta permanente en nuestra existencia: ¿qué permanece cuando todo termina?
Tempus fugit, el tiempo huye. La expresión no habla solamente de la velocidad con que pasan los días, sino de nuestra condición frente a ellos. Somos seres temporales, habitamos un cuerpo que se transforma, construimos recuerdos y dejamos huellas que, tarde o temprano, también comienzan a desvanecerse. Sin embargo, la conciencia de nuestra finitud no conduce únicamente al silencio o a la resignación. Puede convertirse en una forma de conocimiento, en una experiencia que nos permite reconocer el valor de aquello que existe precisamente porque no durará para siempre.
En esta exposición, el arte se aproxima a esa frontera donde la vida y la desaparición se encuentran. Las obras reunidas no buscan ofrecer una respuesta definitiva ante lo efímero de la existencia. Se acercan a ella desde distintas sensibilidades, mediante el dibujo, la pintura y la escultura, lenguajes que permiten transformar una inquietud íntima en una experiencia compartida. Cada artista establece una relación particular con el tiempo: lo observa, lo recuerda, lo representa o intenta detenerlo por un instante.
El dibujo de Carlos y Henry poseen una condición especialmente cercana a esta reflexión. Su línea puede ser el registro de un gesto, la huella de una presencia o el contorno de aquello que ya no está. En la fragilidad del trazo se reconoce una tensión entre permanencia y desaparición. La mano dibuja sobre una superficie, pero también deja constancia de un momento irrepetible. Incluso cuando la imagen permanece, conserva algo de su origen efímero: nació de una acción que sucedió una sola vez.
La pintura de Ruth, por su parte, construye espacios donde el tiempo parece adquirir otra densidad. Una figura, un paisaje, una sombra o una materia de color pueden contener la memoria de una experiencia. En sus imágenes, lo cotidiano puede adquirir una dimensión distinta; aquello que parecía insignificante se vuelve digno de contemplación. La pintura no detiene el tiempo, pero modifica nuestra percepción de su paso. Nos invita a permanecer frente a una imagen, a reconocer en ella aquello que la vida cotidiana suele llevarse sin que lo advirtamos.
La escultura de Juan Luis introduce otra relación con la finitud. Su presencia física ocupa un lugar, establece una distancia con el espectador y comparte con nosotros la condición material de las cosas. El metal puede conservar las marcas de su transformación. La superficie revela procesos, resistencias, accidentes. En esa materia reconocemos una paradoja: el objeto artístico puede aspirar a permanecer, pero también está expuesto al desgaste, al deterioro y a las circunstancias que modifican su existencia. Su permanencia nunca es absoluta.
El fotocollage de Silvia reúne fragmentos para construir una nueva realidad visual. En esta técnica, las fotografías dejan de ser únicamente registros de lo vivido y se convierten en elementos capaces de dialogar, contradecirse y transformarse. Cada parte conserva una huella de su origen, pero al integrarse en otra composición adquiere un sentido distinto.
El arte participa de este proceso de extinción desde una posición particular. No sustituye la vida ni devuelve aquello que se ha perdido. Su capacidad consiste en elaborar una experiencia, darle forma y hacerla visible. Una imagen puede reunir emociones contradictorias: tristeza y serenidad, temor y aceptación, ausencia y deseo de permanencia. En esa convivencia de sentidos, la obra deja de ser solamente un objeto para convertirse en un espacio de reflexión.
Las obras de esta exposición pueden leerse como aproximaciones a una experiencia que nos concierne a todos, aunque cada persona la viva de manera distinta. No existe una sola forma de representar la finitud. Hay quienes encuentran en ella una inquietud; otros, una posibilidad de reconciliación con el presente. Algunos artistas se acercan desde la memoria, otros desde la imaginación, la materia o la transformación de las formas. Esa diversidad no busca resolver el misterio, sino ampliar nuestra capacidad de pensarlo.
Tempus fugit nos habla de que el tiempo no es únicamente aquello que perdemos. Es también el espacio donde sucede nuestra existencia, donde encontramos a otros, donde hacemos, sentimos y recordamos. La conciencia de su fugacidad puede volver más profunda nuestra relación con el presente. Mirar una obra, detenernos ante una forma o reconocer una huella se convierte entonces en un acto de atención: una manera de conceder tiempo a aquello que merece ser visto.
Quizá el arte no pueda decirnos qué existe después de la vida, pero puede ayudarnos a comprender lo que significa estar vivos. En sus imágenes encontramos una posibilidad de mirar de frente nuestra fragilidad, sin convertirla necesariamente en derrota. La finitud deja de ser solamente una amenaza y se revela también como parte de aquello que da sentido a nuestra experiencia.
TEMPUS FUGIT propone habitar esa pausa. Mirar lo que permanece, reconocer lo que se ha ido y descubrir, en la fragilidad de la existencia, la necesidad de crear. Porque quizá una de las formas más hondas de enfrentar lo efímero sea darle una imagen, compartirla y permitir que continúe viviendo en la mirada de otros.

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