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EXPOSICIONES. FRAGMENTOS/ MOMENTOS

https://4.taexvi.org/

Por Félix Ayurnamat

En memoria de Inés

 

Hay ausencias que no terminan de ocurrir. La muerte llega, el tiempo sigue su curso y las cosas parecen ocupar el mismo lugar de siempre, pero algo ha cambiado de manera definitiva. Quienes permanecemos tenemos que aprender a vivir en una realidad que no elegimos, a reconocer los espacios vacíos y a entender que la persona que queríamos ya no estará para compartir con nosotros las pequeñas cosas que, sin saberlo, daban sentido a nuestros días.

 

Cuando alguien a quien queremos muere por enfermedad, el dolor suele venir acompañado de preguntas. Nos preguntamos si hicimos lo suficiente, si debimos actuar de otra manera, si hubo alguna decisión que pudo cambiar el desenlace. Buscamos errores en el pasado, repasamos conversaciones, recordamos los días difíciles y volvemos una y otra vez sobre aquello que imaginamos que pudimos haber hecho mejor. A veces culpamos a la vida por su injusticia, a las circunstancias por sus obstáculos, incluso a nosotros mismos por no haber conseguido aquello que tanto deseábamos: que nuestra persona querida permaneciera a nuestro lado.

 

Es difícil aceptar que el amor, por inmenso que sea, no siempre puede modificar el curso de las cosas. Hay en nosotros una necesidad de intervenir, de encontrar una solución, de convertir el sufrimiento en un problema que pueda resolverse mediante la voluntad, el esfuerzo o una decisión acertada. Quizá sea una forma de defendernos de nuestra propia fragilidad. Nos cuesta reconocer que no todo depende de nosotros, que la naturaleza tiene sus propios procesos y que la vida no responde necesariamente a nuestros deseos, por legítimos que sean. Hay también algo de soberbia en esa resistencia: la creencia de que, si hubiéramos hecho lo correcto, el resultado tendría que haber sido distinto.

 

Pero ¿qué ocurre cuando miramos la enfermedad únicamente desde aquello que no pudimos cambiar? ¿Qué lugar le damos entonces a la persona que ya no está y que estuvo ahí, viviendo sus días, compartiendo su tiempo, encontrando motivos para reír, viendo películas, conversando con sus amigas y recibiendo el cariño de quienes se acercaron a acompañarla?

 

A veces durante mucho tiempo, el dolor puede hacernos mirar hacia atrás buscando lo que faltó. Sin embargo, también podemos ver a ese pasado para reconocer lo que sí ocurrió. No para negar nuestra tristeza ni para convertir la pérdida en una lección de vida, sino para recuperar la experiencia completa de quien se fue. Porque una vida no puede reducirse a su enfermedad, del mismo modo que el amor de quienes acompañaron a una persona no debería medirse únicamente por el desenlace.

 

Inés vivió 371 días su enfermedad. Fueron días difíciles, especialmente para quienes la vimos atravesar las molestias, la operación, su mes en el hospital, los tratamientos, los estudios y la incertidumbre. Para mi madre, para mi otra hermana y para mí, cada jornada tuvo sus propias preocupaciones, sus cansancios y sus temores.

 

Pero Inés también vivió muchos de esos días con tranquilidad, disfrutando de ver películas o videos, de las conversaciones, de las risas y de la compañía de las personas que la quisieron. En medio de las dificultades, pudo reconocer los afectos verdaderos. Pudo saber, sentir y comprobar que era importante para muchos.

 

Eso también forma parte de su historia. No es algo pequeño frente a la enfermedad ni una manera de suavizar lo ocurrido. Es, quizá, una de las verdades más importantes que nos dejó: incluso cuando la vida se vuelve incierta, todavía hay tiempo para compartir, para escuchar, para reír y para hacerle saber a alguien que su presencia importa.

 

Para mí, esos 371 días han sido los mejor invertidos de mi vida, cada uno de ellos.

 

No porque hayan sido fáciles, ni porque el dolor pueda justificarse a partir de lo aprendido, sino porque durante ese tiempo cada acción tuvo un sentido concreto.

 

Acompañarla a sus quimioterapias, pensar qué debía comprarle de comer, buscar algo que le gustara, preparar una sorpresa o encontrar la manera de sacarle una sonrisa.

 

Decisiones pequeñas, quizá insignificantes para cualquiera que las mirara desde fuera, pero fundamentales para nosotros. Cada día había una razón real para hacer las cosas. Cada acción tenía un peso distinto porque estaba dirigido a alguien a quien amábamos.

 

La enfermedad modificó nuestra manera de medir el tiempo. Las horas dejaron de ser solamente horas y comenzaron a llenarse de propósitos. Estar presente, acompañar, resolver lo necesario, escuchar, compartir el silencio. Aprendí que el cuidado no siempre se expresa en grandes acciones; muchas veces consiste en prestar atención, en reconocer lo que la otra persona necesita y en encontrar, dentro de nuestras posibilidades, una forma de hacerle más llevadero el día.

 

Ahora entiendo que no quiero recordar aquellos meses únicamente desde la tristeza de lo que perdimos. Quiero recordarlos también desde los momentos en que Inés fue feliz, desde las cosas que compartimos, desde los fragmentos de una vida que la enfermedad no consiguió borrar ni definir por completo. No puedo cambiar el desenlace, pero puedo elegir qué lugar darle a lo vivido. Puedo mirar esos días sin convertirlos en una cuenta pendiente, sin exigirle al pasado una respuesta que no tiene.

 

De esa necesidad nace FRAGMENTOS / MOMENTOS.

 

Las obras que integran esta exposición parten de momentos y objetos que adquirieron un significado particular durante aquellos meses. Objetos que estuvieron cerca de Inés, que acompañaron ciertas horas, que formaron parte de nuestras rutinas o que quedaron vinculados a una experiencia compartida. En sí mismos, quizá no tengan nada extraordinario. Su importancia proviene de lo que guardan para los que estuvimos con ella: una conversación, una risa, una película, una visita de un familiar o amistad, una espera, un gesto de cariño. Son rastros de algo que ya no puede repetirse, pero que tampoco ha desaparecido por completo.

 

Al trabajar con esos momentos y esos objetos, ellos dejan de ser únicamente cosas y se convierten en puntos de encuentro entre la memoria y el presente. Las obras no devuelve a Inés ni pretende sustituir su ausencia. Tampoco busca reconstruir aquellos días como si fuera posible ordenarlos en una narración definitiva. Su propósito es otro: detenerse en aquello que permanece, explorar las sensaciones que sobreviven a la experiencia y reconocer que, a veces, un objeto puede contener una historia que no se ve a simple vista. 

 

Crear a partir de esos fragmentos ha sido una manera de volver a mirar. También de comprender que la memoria no conserva las cosas intactas: las transforma, las relaciona, les concede sentidos que antes no tenían. Lo cotidiano se vuelve significativo cuando descubrimos que estuvo unido a alguien. Un momento un objeto puede recordarnos la enfermedad, pero también la vida que transcurrió alrededor de ella. Puede devolvernos el dolor de una ausencia y, al mismo tiempo, la alegría de haber compartido un momento.

 

Aquí las obras no hablan solamente de la muerte. Hablan del tiempo que tuvimos, del cariño que se hizo presente y de la huella que una persona deja en quienes la acompañaron. Hablan también de la posibilidad de transformar una experiencia íntima en una forma de creación, no para encontrar una explicación al dolor, sino para darle un lugar dentro de nuestra propia historia.

 

Quiero agradecer a las amigas de Inés por el cariño que le demostraron; a los familiares y conocidos que la visitaron, a las y los que estuvieron pendientes de ella y pidieron por su salud; a Aby, por uno de los regalos que más amó; a la señora Timo que le daba paz con sus palabras; a la señora Elena por su ayuda; a Elizabeth, por estar ahí en los momentos más dificiles; a Ingrid, por su generosidad y por ser su “otra” hermana; a nuestra prima Adriana, por su apoyo invaluable, incluso mientras atravesaba sus propias dificultades; a Ale, por todo su conocimiento, su ayuda, su compañía y el afecto que nos brindó durante ese año; a mi hermana Silvia, por hacer todo lo posible para ayudar a Inés; y a mi madre, por estar siempre a su lado, incluso frente a la dificultad de ver enferma a una persona que se ama tanto.

 

Cada una de esas presencias forma parte de estos 371 días. Ninguna pudo controlar el desenlace, pero todas contribuyeron a que Inés estuviera acompañada, cuidada y querida. A veces pensamos que ayudar significa conseguir que las cosas terminen como deseamos. Hoy entiendo que también significa estar ahí, ofrecer lo que tenemos, compartir el tiempo y hacerle sentir a alguien que no está solo.

 

La vida es extraña. Nos permite encontrarnos, compartir una historia y construir afectos sin advertirnos cuánto significarán después. Nos hace creer que todavía habrá otras conversaciones, otras visitas, otras oportunidades para decir algo que dejamos pendiente. Y, de pronto, nos obliga a aprender una forma distinta de estar en el mundo, una en la que el amor permanece, pero ya no encuentra el cuerpo, la voz ni la presencia cotidiana de la persona querida.

 

Agradezco a la vida que Inés se fuera tranquila, mientras dormía, sin dolor. No encuentro en eso una explicación para su muerte ni una compensación por su ausencia. Encuentro, sencillamente, un poco de paz dentro de algo que todavía cuesta entender.

 

Esta exposición es mi manera de agradecer lo vivido. De reconocer que, junto al sufrimiento, hubo risas; que, junto a la incertidumbre, hubo encuentros; que, mientras nosotros temíamos perderla, Inés seguía viviendo sus días. Y que esos días, con todo lo que tuvieron de difícil y de luminoso, forman parte de una historia que no quiero recordar solamente por su final.

 

FRAGMENTOS / MOMENTOS es una exposición en memoria de mi hermana, pero también es el resultado de pensar sobre aquello que hacemos con el tiempo que compartimos y con el que nos queda después de una pérdida. Sobre la necesidad de dejar de medir el amor por aquello que no conseguimos evitar y comenzar a reconocerlo en lo que sí pudimos ofrecer. Sobre los pequeños actos que, sin modificar el destino, hicieron más habitable el presente.

 

No sé si el dolor desaparece o si aprendemos a llevarlo de otra manera. Por ahora, prefiero volver a esos momentos, a esos objetos y a las sensaciones que todavía me acercan a ella. Quedarme con las veces que pude acompañarla, con las sonrisas que conseguimos compartir y con todo aquello que aprendí durante ese año.

 

Gracias, Inés, por lo que aprendí de mí mismo, por lo que descubrí a tu lado y por todo lo que compartimos.

 

Estos fragmentos son parte de tu ausencia, pero también son parte de la vida que vivimos contigo.

 

Y esa vida, mientras la recordemos, seguirá teniendo un lugar entre nosotros.


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