| Destinos. FA. Mokulito. 2019 |
Por Félix Ayurnamat
A esa hora San Juan de Letrán ya no era una avenida.
Era otra cosa.
Los tranvías habían dejado de pasar hacía rato y las cortinas de los comercios estaban abajo. Quedaban algunos focos encendidos sobre las puertas, amarillos, cansados. De una cantina salía un hombre que caminaba sin saber para dónde.
Yo iba hacia el sur.
No tenía prisa.
Nunca la tuve.
Mi madre decía que un hombre que camina de noche anda buscando algo que perdió de día.
Yo nunca le pregunté qué creía que había perdido.
Ella murió antes de que pudiera preguntarle.
En la esquina había una mujer sentada sobre un cajón de madera.
Tenía un abrigo negro y unos zapatos de hombre puestos uno junto al otro frente a ella.
—¿Ya cerraron? —me preguntó.
—¿Qué cosa?
Miró hacia la calle.
—Todo.
No supe qué responder.
Me senté a su lado.
Pasó un automóvil.
Luego otro.
—Antes había más gente —dijo.
—¿Cuándo?
—Antes.
Se quedó mirando los rieles del tranvía.
No había nada que mirar.
Más adelante encontré a un muchacho recargado contra una pared.
Tendría unos veinte años.
O cuarenta.
En la madrugada las edades se parecen.
Tenía un periódico doblado bajo el brazo.
—¿Qué hora es?
—Las dos.
—Todavía falta.
—¿Para qué?
Me miró.
—Para que amanezca.
Después se puso a fumar.
Le pregunté si esperaba a alguien.
Dijo que sí.
No le pregunté a quién.
Hay personas que esperan toda la vida a alguien que no viene.
Uno termina por respetarles la espera.
Caminé hasta la Alameda.
Los árboles parecían más grandes de noche.
Había un hombre dormido en una banca, abrazado a un saco.
Me acerqué porque pensé que estaba muerto.
Abrió los ojos.
—¿Trae cambio?
—No.
—Entonces déjeme dormir.
Me alejé.
A los pocos pasos escuché:
—Se le va a hacer tarde.
Volteé.
Ya tenía los ojos cerrados.
En una puerta encontré a un viejo vendiendo estampitas.
San Judas.
La Virgen.
Un Cristo pequeño con los brazos abiertos.
Las acomodaba sobre una caja.
—¿No tiene sueño?
—No.
—¿Nunca?
—Ya se me acabó.
Escogí una estampita.
La de un santo que no conocía.
—¿Cuánto?
—Lo que guste.
Le dejé una moneda.
El viejo la miró.
—Eso alcanza para otra noche.
—¿De qué?
—De cualquiera.
Guardó la moneda.
No me dio la estampita.
Tampoco se la pedí.
Seguí caminando.
San Juan de Letrán se estiraba hacia el sur como una calle que hubiera olvidado dónde terminaba.
De las ventanas cerradas llegaban ruidos de radios.
Boleros.
Voces de locutores.
Una canción que conocía desde niño.
Me quedé parado frente a un edificio.
La canción venía de algún departamento del tercer piso.
Mi padre la cantaba cuando bebía.
Siempre se equivocaba en la misma parte.
Yo esperaba que desde aquella ventana alguien volviera a equivocarse.
No pasó.
En una esquina había dos hombres discutiendo.
—Te dije que no.
—No dijiste nada.
—Te lo dije con los ojos.
—Tus ojos no dicen nada.
Se quedaron callados.
Uno de ellos sacó un pañuelo.
El otro miró hacia la avenida.
Después se fueron por calles distintas.
Ninguno parecía haber ganado.
Más adelante vi a una muchacha parada bajo un anuncio de refrescos.
Llevaba un vestido claro.
Tenía frío.
—¿Está esperando taxi?
—No.
—¿Entonces?
—A que pase.
—¿Qué cosa?
Se encogió de hombros.
—Lo que tenga que pasar.
Me quedé junto a ella.
Esperamos.
Pasaron tres coches.
Un policía.
Un perro.
Nada más.
—Ya pasó —dijo ella.
—¿Qué?
—No sé.
Se fue caminando hacia Garibaldi.
Yo seguí hacia el centro.
A las cuatro encontré a un hombre sentado en la banqueta.
Tenía una botella envuelta en papel.
Me hizo una seña.
—Siéntese.
Me senté.
—¿Conoce la ciudad?
—Un poco.
—Yo antes la conocía toda.
—¿Y ahora?
Miró las calles.
—Ahora no conozco ni mi casa.
Le pregunté dónde vivía.
Se rio.
—Ahí.
Señaló una puerta.
Era una casa vieja con las ventanas cerradas.
—¿Y por qué está afuera?
—Porque adentro estoy yo.
No entendí.
Él tampoco explicó.
Cuando comenzó a clarear, la avenida empezó a llenarse.
Primero aparecieron los barrenderos.
Luego los tranvías.
Después los hombres con periódicos bajo el brazo.
Las mujeres que iban al mercado.
Los obreros.
Los estudiantes.
La ciudad se puso su cara de todos los días.
El hombre de la botella ya no estaba.
La muchacha tampoco.
La mujer del cajón había dejado sus zapatos.
El muchacho del periódico seguía contra la pared.
Parecía no haber pasado una hora.
Me acerqué.
—Ya amaneció.
Abrió los ojos.
—¿Sí?
—Sí.
Miró hacia el cielo.
—Entonces todavía falta.
—¿Qué?
No contestó.
Echó a andar hacia el norte.
Yo continué hacia el sur.
Por un momento pensé que quizá todos caminábamos así, sin saber por qué, esperando que alguna calle nos llevara de regreso a un lugar donde ya nadie nos esperaba.
Llegué a la esquina donde San Juan de Letrán cambiaba de nombre.
Me detuve.
No sabía si volver a casa.
Tampoco recordaba exactamente dónde estaba.
Miré hacia atrás.
La avenida estaba llena de gente.
Ninguno de aquellos que había encontrado durante la noche parecía estar ahí.
Sólo quedaban sus lugares.
El cajón vacío.
La moneda en mi bolsillo.
La puerta cerrada.
Los zapatos de la mujer.
Y la canción de mi padre, que ya no se escuchaba.
Seguí caminando.
El día había comenzado.
Pero algo de la noche continuaba detrás de mí.
No me atreví a voltear.
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