Por MFTX
El primero de noviembre, cuando la tarde se retira y las últimas luces abandonan los tejados, el panteón de Xilotepec comienza a encenderse. Primero aparece una llama aislada, luego otra, después decenas, cientos de pequeñas luces que se extienden entre las tumbas hasta formar un paisaje resplandeciente. Las flores pierden sus colores en la oscuridad; las velas, en cambio, los devuelven de otra manera. El aire se llena de cera caliente, copal, cempasúchil y humedad. La noche ha comenzado su oficio de recordar.
La Alumbrada, también llamada lumbrada, es una de las expresiones más significativas de la celebración de los muertos en Xochimilco. No consiste únicamente en adornar las sepulturas ni en acudir al cementerio para cumplir con una fecha del calendario. Es, ante todo, una forma de acompañamiento. Las familias regresan al lugar donde descansan sus muertos, limpian las tumbas, colocan flores, encienden veladoras y permanecen junto a ellas. La luz señala el camino de regreso, pero también mantiene abierta, durante unas horas, la conversación entre quienes se fueron y quienes todavía tienen historias que contarles.
Esta práctica ha sido documentada por investigaciones antropológicas sobre las tradiciones funerarias de Xochimilco, entre ellas el estudio de Janet Valverde Montaño, publicado en la revista Vita Brevis del Instituto Nacional de Antropología e Historia. En esos trabajos se observa cómo las creencias de raíz nahua conviven con el catolicismo y con las formas particulares en que cada familia entiende la muerte. No hay una sola manera de alumbrar: cada tumba, cada plegaria y cada ofrenda expresan una relación distinta con la ausencia.
El cementerio donde la noche tiene memoria
El panteón de Xilotepec, uno de los más importantes de la alcaldia, tiene una historia relativamente reciente si se compara con la antigüedad de los pueblos que lo rodean. Sus orígenes se remontan a finales del siglo XIX, en el contexto de las transformaciones civiles y religiosas que modificaron las prácticas funerarias del país. La primera sepultura se sitúa, según la información histórica disponible, alrededor de 1893. Desde entonces, el cementerio ha crecido junto con Xochimilco y ha recibido a generaciones de familias que han depositado allí a sus padres, abuelos, hijos, hermanos y amigos.
Con el tiempo, Xilotepec se convirtió en algo más que un lugar de entierro. Es un territorio de parentescos, un archivo de nombres y fechas, una geografía afectiva en la que las familias reconocen su propia historia. Hay sepulturas cuidadas con esmero y otras que el tiempo ha ido cubriendo de hierba; lápidas recientes junto a monumentos ennegrecidos por la lluvia; fotografías que conservan intacta la sonrisa de alguien cuya voz ya casi nadie recuerda. Cada tumba guarda una biografía, pero también una parte de la historia de Xochimilco.
Durante la Alumbrada, esa memoria individual se convierte en una experiencia colectiva. Los pasillos se llenan de personas que llegan con cubetas, escobas, ramos de flores, veladoras y bolsas con alimentos. Los niños preguntan por los familiares que nunca conocieron; los mayores cuentan anécdotas que quizá ya habían relatado muchas veces, aunque esa noche adquieren una importancia nueva. Se recuerda al abuelo que tenía un carácter imposible, a la madre que cocinaba para toda la familia, al hermano que murió demasiado pronto. Entre las lágrimas también aparecen las risas. La muerte, en Xochimilco, no siempre exige silencio.
Una noche de rezos y desvelos
En la memoria de los habitantes permanece una Alumbrada distinta de la que muchos visitantes conocen hoy. El libro La fiesta de los muertos en Xochimilco, publicado por el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, recupera testimonios que describen una celebración más recogida, dominada por las oraciones y la vigilia.
Rosalba Mendoza, vecina del barrio de La Santísima, recuerda que antiguamente se instalaba un templete en el panteón para celebrar una misa a medianoche. Al terminar, las familias se dirigían a las tumbas para encender las velas y esperar el paso del sacerdote, quien bendecía las sepulturas desde los caminos del cementerio. Ni el frío ni la lluvia interrumpían aquella permanencia nocturna. La gente se quedaba junto a sus muertos, rezando por su descanso y acompañándolos durante las horas de la celebración.
Otro testimonio, el de Isabel Bastida Gómez, originaria de Xaltocán, evoca las visitas al panteón durante su infancia. Su madre la llevaba con sus hermanos a las tumbas de sus abuelos. Antes de comenzar a rezar, les pedía persignarse. Si alguno se quedaba dormido durante la larga vigilia, lo despertaba para que continuara con las oraciones.
En estos recuerdos hay algo que no aparece en los recorridos turísticos: la tradición no se transmite solamente mediante ceremonias públicas. Se aprende en familia, a través de gestos sencillos, de las palabras de los mayores, de las noches pasadas junto a una lápida y de la obligación, entendida como cariño, de no dejar solos a los difuntos.
La Alumbrada contemporánea puede ser más bulliciosa. Hay reuniones familiares, conversaciones entre vecinos de tumbas y momentos de convivencia que prolongan la celebración hasta entrada la noche. Sin embargo, el carácter festivo no anula necesariamente su dimensión espiritual. Reír junto a una tumba no significa olvidar al muerto; a veces es la manera más íntima de devolverlo a la vida cotidiana.
La luz como ofrenda
En la oscuridad de Xilotepec, las velas tienen una presencia que no está presente durante el día. Su luz recorre los bordes de las lápidas, ilumina los nombres grabados en la piedra y hace temblar las sombras de las flores. El resplandor no es uniforme: algunas sepulturas parecen pequeños altares encendidos; otras conservan apenas una llama que el viento amenaza con apagar.
Cada familia construye su propio espacio de recuerdo. Las flores de cempasúchil, las veladoras, las fotografías y los objetos colocados sobre las tumbas componen una ofrenda dirigida a una persona concreta. No se trata de una decoración intercambiable. El altar habla de quien está enterrado allí, de sus gustos, de las costumbres familiares y de la manera en que sus seres queridos han aprendido a vivir con su ausencia.
Las investigaciones antropológicas sobre Xochimilco han señalado precisamente esta convivencia entre las creencias católicas y las concepciones nahuas sobre el destino de los muertos. Para algunas personas, las oraciones acompañan el camino del alma hacia el cielo; otras conservan referencias al Mictlán, el mundo de los muertos en la tradición mesoamericana. Estas interpretaciones no siempre se excluyen de manera tajante. Pueden coexistir en una misma comunidad e incluso dentro de una familia.
Sería un error buscar en la Alumbrada una supervivencia intacta del mundo prehispánico o considerarla una ceremonia exclusivamente católica. Su riqueza está, justamente, en las capas de historia que la han formado. Las prácticas se han transformado, los significados se han reinterpretado y las nuevas generaciones han incorporado sus propias maneras de recordar. La tradición permanece viva porque no ha dejado de cambiar.
Xochimilco: celebrar a los que se fueron
La noche del primero de noviembre, Xilotepec reúne dos dimensiones de Xochimilco que a menudo se contemplan por separado: la solemnidad de sus costumbres religiosas y la fuerza de su vida comunitaria. Los pueblos y barrios de la demarcación conservan una extensa tradición de fiestas, mayordomías, procesiones y celebraciones familiares. En ese universo, la muerte no constituye un asunto exclusivamente privado. Convoca a los parientes, compromete a los vecinos y renueva vínculos que se extienden más allá de una sola generación.
Por eso, la Alumbrada no pertenece únicamente a quienes tienen una tumba que visitar. También habla de una comunidad que reconoce en sus muertos una parte de su identidad. Cada nombre inscrito en las lápidas remite a una historia familiar, pero también a un tiempo compartido: a los oficios que dieron sustento a los hogares, a los barrios que crecieron alrededor de una iglesia, a las calles que cambiaron de aspecto y a los canales que poco a poco fueron perdiendo terreno ante la ciudad.
En Xilotepec, el pasado no aparece como una lección escrita en los libros. Tiene rostros, apellidos, flores marchitas y fechas que se repiten cada año. La gente acude al panteón porque allí siguen estando quienes hicieron posible su presente. Limpiar una tumba es cuidar un vínculo; encender una vela es concederle un lugar a la memoria; quedarse durante horas es decir, sin necesidad de pronunciarlo, que la muerte no ha borrado el parentesco.
Cuando la noche avanza, el cementerio se transforma en una ciudad diminuta. Las llamas dibujan sus calles y las familias, reunidas alrededor de las sepulturas, parecen habitar por unas horas un territorio donde el tiempo transcurre de otra manera. Afuera, la ciudad continúa con su ruido y sus prisas. Adentro, alguien acomoda una flor, otro enciende una vela y una voz comienza un rosario.
Ahí está la fuerza de la Alumbrada: en que no pretende vencer a la muerte ni convertirla en espectáculo. Se limita a acompañarla. Durante unas horas, los ausentes vuelven a ocupar un lugar entre los suyos, no porque abandonen sus sepulturas, sino porque alguien pronuncia sus nombres, cuenta sus historias y mantiene encendida una pequeña luz frente a la oscuridad.
Fuentes
Janet Valverde Montaño, “Entre el cielo y el Mictlán. Imaginarios de la muerte en el Panteón Xilotepec”, Vita Brevis, revista del INAH, 2022. Consultar el artículo académico.
Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, La fiesta de los muertos en Xochimilco. Estudio que reúne testimonios sobre las prácticas funerarias y las Alumbradas. Consultar la publicación.
Mexico City, Secretaría de Turismo, información histórica y cultural del panteón de Xilotepec. Consultar la ficha del panteón.
Comentarios