Por Félix Ayurnamat
Siempre he pensado que nosotros los mexicanos tenemos una manera particular de acercarnos a la muerte. No necesariamente porque le tengamos menos miedo, ni porque sepamos aceptarla mejor que otros pueblos, sino porque hemos encontrado formas de hablar con ella sin tener que nombrarla todo el tiempo. A veces lo hacemos mediante el humor, otras a través de las historias familiares, las canciones, las calaveritas literarias o las visitas al panteón. Y, quizá de una manera especialmente conmovedora, lo hacemos construyendo ofrendas.
Me agrada observarlas. No solamente por sus colores, por la disposición de los objetos o por el aroma del copal, también porque detrás de cada una hay una historia que no siempre conocemos. Una fotografía puede representar toda una vida. Un plato de comida puede contener la memoria de una madre. Un vaso de agua puede ser un gesto de bienvenida. Las flores de cempasúchil, con ese amarillo y naranja que parecen encenderse cuando cae la tarde, trazan un camino entre el recuerdo y la esperanza.
A veces solo basta ver una ofrenda para entender que el duelo también necesita de las manos. Hay cosas que no sabemos decir cuando alguien muere. Nos quedamos con palabras pendientes, con recuerdos que regresan a destiempo, con la sensación de que todavía tendríamos algo que preguntarle a esa persona. Entonces hacemos algo: colocamos su retrato, preparamos su comida, acomodamos las flores. No podemos deshacer la muerte, pero podemos construir un espacio para seguir relacionándonos con quien se ha ido.
Quizá por eso considero que las ofrendas son mucho más que una tradición pintoresca. Son una manera colectiva de darle forma a nuestros afectos, de convertir la memoria en algo que podemos mirar, tocar y compartir.
Una obra de arte que hacemos entre todos
Como artista, me interesa pensar en las ofrendas desde la estética. No porque quiera convertirlas en objetos de contemplación separados de su función ritual, sino porque creo que su dimensión artística merece ser reconocida en toda su complejidad.
Pensemos por un momento en lo que implica construir una.
Hay que elegir los colores, distribuir los objetos, organizar las alturas, combinar texturas, equilibrar los volúmenes y decidir dónde colocar cada elemento. El papel picado introduce movimiento; las veladoras construyen pequeños focos de luz; las flores establecen caminos y ritmos; las frutas, el pan y los recipientes aportan formas, superficies y aromas. Las fotografías, casi siempre situadas en un lugar significativo, organizan la mirada y nos recuerda a quienes está dedicada la ofrenda.
Todo eso construye una composición. Pero no una composición que exista únicamente para ser vista. La ofrenda también se huele, se recorre, se prepara, se comparte y, llegado el momento, se desarma. Su belleza está vinculada con lo que sucede alrededor de ella.
Aquí encontramos una diferencia importante entre la ofrenda y una obra de arte concebida para ser exhibida. En la primera, la experiencia estética forma parte de una práctica comunitaria. No necesita que alguien la explique mediante un texto de sala para adquirir sentido. Sus significados se transmiten en familia, mediante los recuerdos, las costumbres y los pequeños rituales que se repiten año tras año.
La ofrenda es, un lenguaje que aprendemos desde la infancia, incluso antes de saber que existe una disciplina llamada estética.
Y no hay una sola manera de hablarlo.
Una ofrenda doméstica en la Ciudad de México puede ser muy distinta de las ceremonias que se realizan en las comunidades purépechas de Michoacán o de las prácticas funerarias de los pueblos mayas. Cada región tiene sus formas, sus tiempos y sus creencias.
Me gusta esa variedad porque nos recuerda que la cultura no es una receta que todos debamos seguir al pie de la letra. Es una experiencia viva, construida por personas concretas, en lugares concretos.
La memoria no debería convertirse en mercancía
Hay algo, sin embargo, que me preocupa.
Cada año, cuando se acerca noviembre, la celebración aparece en escaparates, campañas publicitarias, restaurantes, hoteles y productos que utilizan calaveras, flores y papel picado como signos de una mexicanidad fácilmente reconocible. Las imágenes viajan por el mundo y despiertan curiosidad. No tengo nada en contra de que otras personas conozcan y aprecien nuestra cultura. Tampoco creo que una tradición deba permanecer encerrada para conservar su autenticidad.
Pero sí me pregunto qué sucede cuando nos quedamos únicamente con la apariencia.
Cuando el Día de Muertos se convierte en una imagen bonita para promocionar una marca, ¿qué ocurre con las historias familiares, con las prácticas comunitarias y con las personas que mantienen viva la celebración? ¿Qué queda de una tradición cuando sus símbolos circulan por todas partes, pero sus significados dejan de importar?
La contradicción es evidente. Podemos encontrar flores de cempasúchil en todas partes y, al mismo tiempo, ignorar el trabajo de quienes las cultivan. Podemos admirar un altar monumental y no preguntarnos quién lo preparó, cuánto tiempo invirtió, de dónde vienen sus materiales o qué comunidad sostiene esa práctica. Podemos celebrar el supuesto carácter mexicano de una ofrenda sin reconocer la diversidad de los pueblos que han contribuido a darle forma.
Me parece que preservar una tradición exige algo más que reproducir sus imágenes.
Exige reconocer el trabajo, la creatividad y los conocimientos que la hacen posible. Exige valorar a quienes cultivan las flores, elaboran el papel picado, preparan los alimentos, fabrican las figuras de barro y transmiten sus costumbres a las nuevas generaciones. También significa respetar el derecho de las comunidades a decidir cómo compartir sus expresiones culturales y a beneficiarse de ellas.
No me refiero que las ofrendas se conviertan en piezas intocables, destinadas a repetirse eternamente de la misma manera. Eso sería condenarlas a convertirse en una escenografía. Quiero que sigan cambiando, que cada familia pueda hacerlas suyas, que los jóvenes encuentren nuevas formas de participar y que las comunidades mantengan la posibilidad de decidir qué conservar y qué transformar.
La UNESCO inscribió en 2008 las fiestas indígenas dedicadas a los muertos en México en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Ese reconocimiento destaca su importancia comunitaria y su carácter vivo.
Pero el patrimonio no se mantiene vivo por aparecer en una lista. Se mantiene porque hay personas que continúan practicándolo, enseñándolo y encontrando en él un sentido para sus vidas.
Lo que debo hacer.
Hay una razón personal por la que esta tradición me importa tanto.
Conforme pasan los años, uno comienza a entender que la muerte no es una idea abstracta. Tiene rostros. Tiene nombres. Está asociada con una voz que ya no escuchamos, una silla que permanece vacía, una llamada que no podemos hacer. La ausencia termina ocupando lugares que antes parecían insignificantes.
Así fue que comprendí la necesidad de poner una ofrenda.
Pienso en quienes colocan por primera vez la fotografía de una madre, de un padre, de un hermano o de una hija. En quienes todavía no saben cómo atravesar el duelo y encuentran en ese ritual una tarea concreta, algo que hacer con las manos cuando las palabras no alcanzan. Hay que conseguir las flores, preparar los alimentos, buscar una fotografía, limpiar el espacio. Mientras se hace todo eso, también se conversa. Alguien cuenta una anécdota. Otro recuerda una frase. Se discute sobre qué le gustaba comer al difunto. Aparece una risa inesperada y, de pronto, también las lágrimas.
La ofrenda reúne esas emociones sin obligarnos a elegir entre ellas.
Podemos estar tristes y reírnos. Podemos recordar con ternura y sentir dolor. Podemos aceptar que alguien ha muerto y, al mismo tiempo, seguir encontrando maneras de mantenerlo presente en nuestra vida.
Esa es una de las enseñanzas más humanas de esta tradición: recordar no significa negar la muerte. Significa reconocer que una vida no desaparece por completo de las relaciones que ayudó a construir.
Por eso me gusta pensar que, cuando ponemos una ofrenda, no estamos solamente preparando una mesa para nuestros muertos. Estamos reuniendo fragmentos de nuestra propia historia. Los alimentos nos hablan de la casa donde crecimos; las fotografías nos devuelven rostros y momentos; las flores transforman el espacio; los objetos personales nos recuerdan gestos que creíamos olvidados. Cada elemento adquiere sentido porque está unido a una experiencia.
Y eso, desde mi manera de entender el arte, tiene una enorme importancia. Los seres humanos necesitamos formas para expresar aquello que no podemos resolver únicamente con palabras. Creamos imágenes, objetos, canciones, rituales y espacios para compartir nuestros temores, nuestras preguntas y nuestros afectos. La ofrenda es una de esas formas: una creación colectiva en la que la sensibilidad estética está unida a la memoria, la identidad y la vida social.
No necesitamos idealizar nuestras tradiciones ni afirmar que todos los mexicanos vivimos la muerte de la misma manera. Basta con reconocer lo que estas prácticas nos permiten hacer juntos.
Por eso quisiera que las nuevas generaciones no conocieran las ofrendas solamente a través de fotografías en internet o de los altares monumentales que aparecen cada año en los espacios públicos. Me gustaría que aprendieran a construirlas, que preguntaran a sus abuelos por las historias familiares, que descubrieran el origen de los materiales, que conocieran las diferencias entre las celebraciones de cada región y que entendieran por qué algunas familias colocan determinados objetos y otras no.
Que no se limiten a mirar. Que participen.
Porque una tradición que solamente se contempla termina alejándose de quienes le dieron sentido.
Las ofrendas del Día de Muertos, no las veo únicamente como flores, veladoras, papel picado y fotografías. Veo ahí una sociedad que, frente a la muerte, se niega a renunciar al vínculo con sus seres queridos. Veo una manera de transformar el dolor en una forma compartida, de convertir la memoria en color y de hacer del espacio doméstico un lugar donde el pasado todavía tiene cabida.
Y es por eso me gustaría que nunca perdiéramos la costumbre de preparar una ofrenda, por pequeña que sea.
No por obligación, ni para demostrar que somos mexicanos, ni para cumplir con una imagen de nuestra identidad. Sino porque llegará un momento en que todos tendremos a alguien a quien recordar. Alguien cuyo nombre querremos pronunciar una vez más, cuya comida favorita nos hará sonreír o cuya fotografía nos obligará a detenernos un instante.
Ese día, tal vez, comprenderemos que poner flores, encender una vela y reservar un lugar en la mesa son maneras de decir algo que nos cuesta trabajo expresar de otra forma:
Te fuiste, pero tu vida sigue teniendo un lugar entre nosotros.
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