Por TPS
En el Reino de las Calificaciones, donde los alumnos acudían a la escuela para aprender y los maestros para comprobarlo, vivía una estudiante llamada Frida, quien profesaba una devoción casi religiosa por el número diez.
No le interesaba particularmente la literatura, salvo cuando podía demostrar que el profesor no había comprendido a un autor; la filosofía le parecía admirable siempre que confirmara sus opiniones, y las matemáticas constituían una disciplina injusta, pues tenían la insolencia de producir resultados que no dependían de la voluntad de quien los resolvía.
Frida no estudiaba para saber. Estudiaba para obtener diez, que es una actividad enteramente distinta, aunque ambas suelen confundirse en los discursos escolares.
Su cuaderno estaba lleno de apuntes, subrayados y frases de colores. Si alguien lo examinaba con detenimiento, podía descubrir que contenía abundante información y escasas señales de pensamiento. Pero Frida tenía una ventaja sobre sus compañeros: sabía exactamente cuánto valía una décima y estaba dispuesta a luchar hasta la última gota de tinta por conseguirla.
—¡Es mi derecho! —declaraba.
Nadie sabía dónde estaba escrito semejante derecho, pero Frida lo invocaba con la seguridad de un abogado que acaba de descubrir que el juez es su pariente.
Cuando un maestro le otorgaba un nueve, comenzaba el procedimiento.
Primero acudía a revisar el examen, no para comprender sus errores, sino para descubrir alguna irregularidad que justificara su ascenso al diez. Si el profesor le explicaba sus equivocaciones, Frida lo acusaba de no haber entendido sus respuestas. Si le mostraba las respuestas correctas, ella sostenía que la pregunta era ambigua. Si la pregunta era inequívoca, denunciaba que el examen no evaluaba verdaderamente su capacidad.
—Pero, Frida, tu respuesta es incorrecta.
—Eso es una interpretación suya.
—El resultado de la operación está mal.
—Usted está privilegiando una visión rígida de las matemáticas.
—Es aritmética.
—Precisamente. Le falta una perspectiva crítica.
El maestro, se quedó callado.
Frida salió del salón convencida de haber ganado el debate, aunque el nueve permaneció intacto en la lista.
Fue entonces cuando descubrió que existía una solución más eficaz que podía hacer: conseguir otro maestro.
Comenzó por quejarse con el coordinador académico. Después escribió una carta a la dirección. Más tarde reunió firmas entre sus compañeros, algunos por solidaridad, otros por miedo y unos cuantos porque Frida les había prometido ayudarlos cuando llegara su turno de necesitar algo.
En su denuncia explicó que el maestro ejercía una tiranía pedagógica, atentaba contra su autoestima y obstaculizaba su desarrollo intelectual al negarle una calificación que ella consideraba merecida.
No mencionó que había confundido tres conceptos, omitido dos respuestas y entregado un trabajo que parecía escrito durante un terremoto.
La dirección, deseosa de conservar la paz institucional, convocó una reunión.
—¿Qué solicita exactamente, señorita Frida? —preguntó el director.
—Justicia.
—¿Y en qué consiste la justicia?
—En que me pongan diez.
—¿Y si su trabajo no lo merece?
Frida lo miró con la expresión de quien acaba de descubrir una conspiración internacional.
—Entonces habrá que revisar al maestro.
La propuesta fue considerada con seriedad, pues en aquella escuela se había establecido una curiosa costumbre: cuando un problema resultaba difícil de resolver, se cambiaba a la persona que lo señalaba; cuando resultaba demasiado costoso, se cambiaba a la persona responsable; y cuando amenazaba con producir un escándalo, se cambiaba al maestro.
El profesor fue trasladado a otro grupo.
Frida celebró la victoria como si hubiera conquistado un imperio enemigo. Sus compañeros la felicitaron, y ella explicó que había defendido la dignidad estudiantil frente a un sistema opresor.
El nuevo maestro, informado de los antecedentes, decidió actuar con prudencia. Durante las primeras semanas fue generoso con las calificaciones. Frida obtuvo dieces en tareas, ejercicios y exposiciones, algunas de las cuales consistían en leer diapositivas que otros habían preparado.
La alumna estaba encantada.
Por fin había encontrado un educador que reconocía su talento.
Al terminar el semestre, sin embargo, llegó el examen final. Frida respondió con la misma confianza de siempre y con los mismos errores de antes.
Recibió un ocho.
Aquello fue demasiado.
Presentó una queja formal, exigió una revisión, convocó a sus aliados y anunció que llevaría el caso hasta las últimas consecuencias. El maestro, que había aprendido de su antecesor, solicitó que un comité independiente evaluará el examen.
El comité examinó las respuestas, consultó los criterios de evaluación y confirmó la calificación.
Frida pidió entonces que se revisará la composición del comité.
Cuando le informaron que sus integrantes eran especialistas en la materia, respondió que precisamente por eso podían estar predispuestos a favorecer los conocimientos establecidos.
—¿Y qué propone usted? —preguntó el director, ya sin esperanza.
—Que se nombre un comité imparcial.
—¿Quiénes lo integrarían?
—Personas que comprendan mi situación.
—¿Y cómo sabremos que son imparciales?
—Porque estarán de acuerdo conmigo.
El director anotó la propuesta en el expediente. No porque la considerara razonable, sino porque había descubierto que escribir una tontería en un documento oficial suele ser menos agotador que discutirla.
Al cabo de los años, Frida terminó sus estudios. Obtuvo certificados, diplomas y reconocimientos que guardaba con esmero. En las reuniones familiares hablaba de su brillante trayectoria académica y recordaba las injusticias que había superado para alcanzar la excelencia.
Jamás mencionaba los conocimientos que había olvidado, las preguntas que nunca se hizo o las veces que un compañero tuvo que explicarle aquello que ella había defendido con tanta vehemencia.
Un día consiguió empleo y su jefe le pidió elaborar un informe.
Frida lo entregó con errores.
El jefe se los señaló.
Ella solicitó una reunión con Recursos Humanos.
Y así continuó su educación, que nunca había terminado: siempre habría alguien a quien culpar por no reconocerle un diez.
Moraleja: Hay alumnos que buscan una buena calificación para demostrar lo que saben y otros que exigen una buena calificación para no tener que demostrarlo. Los primeros pueden llegar a ser sabios; los segundos, con suficiente perseverancia, pueden llegar a ser un problema administrativo.
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