Por Félix Ayurnamat
Desde 1986, el Día de Muertos ha sido para nuestra familia mucho más que una celebración. Cada primero de noviembre, el Panteón de Xilotepec se convirtió en un lugar de encuentro, un espacio donde el recuerdo adquiere forma, color y presencia. Durante cuarenta años, entre ausencias, regresos y distintas maneras de participar, hubo tres personas que mantuvieron viva esta tradición con una constancia admirable: mi madre, mi padre, José Luis, y mi hermana Inés. Muchos hemos ido y venido. No siempre pudimos estar. Ellos tres, sin embargo, estuvieron ahí, año tras año, haciendo de la velación un momento para reunirnos con quienes se fueron y con quienes todavía estamos aquí, en este plano.
Para Inés, el Día de Muertos fue siempre una celebración especial, era su festejo favorito. Desde muy pequeña participó con entusiasmo en la decoración de la cripta familiar y en la preparación de la ofrenda. No era únicamente adornar un espacio, sino de transformarlo para recibir a nuestros muertos, de hacerles saber que seguían teniendo un lugar entre nosotros. Flores, luces, colores, objetos y pequeños detalles componían una escenografía afectiva en la que cada elemento tenía un sentido. La tumba dejaba de ser un sitio inmóvil para convertirse, por unas horas, en un espacio habitado por el recuerdo.
Inés llevó ese entusiasmo más allá. A través de sus caracterizaciones y de sus recorridos contando leyendas a medianoche en el panteón, hizo del Día de Muertos una experiencia distinta. Ella mezclaba su gusto por la celebración, la creatividad y una sensibilidad para reconocer que los muertos no sólo pertenecen al pasado: también forman parte de las historias que contamos, de los lugares que visitamos y de los vínculos que nos unen.
Durante muchos años, la velación fue una de las formas más significativas de reunir a la familia. En 2010 yo volví a incorporarme a los preparativos y pude observar de cerca la dedicación que mi madre, mi padre e Inés ponían en cada ofrenda. Entonces recorde, que detrás de aquella decoración había mucho más que trabajo y entusiasmo. Había una voluntad de ellos de cuidar la memoria, de mantener un vínculo con quienes ya no estaban y de mantener una tradición que sólo permanece viva cuando alguien decide continuarla.
De los primeros años, entre 1986 y 2007, no contamos con un registro fotográfico. Existe un vacío que ninguna imagen podrá llenar por completo. Pero permanecen los recuerdos, las anécdotas y las escenas que cada integrante de la familia conserva a su manera. La ausencia de fotografías no significa que aquellos años carezcan de memoria; nos permite, más bien, recordar que toda historia familiar está hecha también de momentos que no fueron registrados, pero que siguen formando parte de quienes somos.
La selección de fotografías que se presenta en la exposición, fueron realizadas de 2008 a 2025, y nos permite ver una parte de esa historia. Encontramos algunas de las caracterizaciones con las que Inés realizaba sus recorridos de leyendas, momentos de aquellos recorridos, imágenes de la cripta decorada y registros del proceso de preparación de la ofrenda.
Estas fotografías no son únicamente registros de un trabajo. En ellas podemos reconocer los detalles que hacen posible una tradición: las manos que acomodan las flores, la atención puesta en cada detalle, el espacio que poco a poco se transforma y las personas que, año tras año, regresan para compartir una noche. La cámara conservó algo de ese trabajo silencioso. Las fotografías nos ayudan a mirar lo que sucedía, pero también a sentir el afecto que lo sostenía.
Fotografiar el Día de Muertos en el Panteón de Xilotepec significó registrar una tradición mientras ésta ocurría, sin separar la mirada de quien observa de la experiencia de quien participa. Inés no era una visitante distante. Formaba parte de la tradición. Conocía los preparativos, las historias, los personajes y los pequeños rituales que daban sentido a la velación. Por eso, estas imágenes tienen una intimidad particular: no documentan simplemente una costumbre, sino una forma de vivirla.
Hoy, de las tres personas que durante tantos años mantuvieron esta tradición, sólo queda mi madre. Mi hermana Inés y mi padre, José Luis, ya no están físicamente con nosotros. Nombrarlos en esta exposición es reconocer que su ausencia ha transformado nuestra manera de encontrarnos con el panteón, con las fotografías y con la celebración misma. Sin embargo, también es reconocer que algo de ellos permanece en los gestos que aprendimos a compartir, en las imágenes que Inés dejó y en la posibilidad de volver cada primero de noviembre para decorar la tumba y acompañarlos un rato.
Ese es uno de los sentidos más profundos del Día de Muertos: entender que recordar no consiste únicamente en mirar hacia atrás. Recordar también es hacer algo en el presente para que quienes amamos continúen teniendo un lugar en nuestra vida. Una ofrenda no devuelve a los ausentes, pero nos ayuda a acercarnos a ellos de otra manera. Una fotografía no detiene la pérdida, pero conserva una presencia, una mirada, un instante que el tiempo no consigue llevarse del todo.
Cuarenta años de recordar no significa que hayamos estado juntos todos los días, ni que la tradición haya permanecido intacta. Significa que, a pesar de los cambios, las distancias y las ausencias, hemos encontrado una razón para volver. Que hubo quienes cuidaron esta costumbre durante décadas y que hoy nos corresponde mantener ese legado.
Esta exposición es un homenaje a Inés y a mi padre, José Luis; a mi madre, que continúa entre nosotros, y a todos aquellos que han formado parte de esta historia familiar. Es también un agradecimiento a quienes han acompañado la velación, han contribuido a preparar la cripta o han compartido con nosotros el significado de esta noche.
Al ver las fotografías, no sólo vemos cómo vivimos el Día de Muertos. Vemos a Inés haciendo lo que le gustaba, a mi padre participando en una tradición que ayudó a mantener viva durante tantos años y a mi madre manteniendo vivo un espacio de encuentro.
Y mientras alguien regrese, coloque una flor, encienda una vela y pronuncie sus nombres, su memoria permanecerá.
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