Dr. Tiburcio Nicanor de los Ángeles Altaneros, sociólogo de la catástrofe cotidiana y experto en liturgias del desmadre mexicano.
La expresión “¿Por qué no te vas a ver la hora a Pachuca?” constituye una de las formas más refinadas de expulsión diplomática desarrolladas por el ingenio nacional.
Aparentemente parece una pregunta inocente.
No lo es.
En realidad, estamos ante una orden de desplazamiento geográfico disfrazada de curiosidad horológica.
El hablante no desea saber qué hora es en Pachuca. No necesita información sobre husos horarios, relojes públicos ni actividades turísticas. Lo que está comunicando, con una cortesía casi institucional, es:
“Ya me hartaste. Vete tantito. Pero como todavía tenemos educación, voy a fingir que tu partida responde a una necesidad científica.”
Y aquí aparece Pachuca, ciudad de Pachuca, cuya función dentro de esta construcción lingüística resulta fascinante. ¿Por qué Pachuca y no Cuernavaca, Toluca o Ciudad Valles?
Porque el ingenio mexicano comprendió algo fundamental: para mandar a alguien lejos no hace falta decirle que se vaya lejos. Basta con asignarle una misión completamente absurda que justifique su desplazamiento.
“Ve a ver la hora.”
¿Dónde?
“Pues a ver la hora en el reloj monumental de Pachuca.”
Es decir, la persona no está siendo expulsada: está siendo comisionada.
Este detalle es crucial. El mexicano tiene una profunda resistencia cultural a decir las cosas de frente. En lugar de:
“Ya lárgate.”
prefiere construir una pequeña ficción administrativa:
“¿Por qué no vas a Pachuca a realizar una investigación temporal?”
La violencia simbólica disminuye considerablemente.
Podríamos decir que esta expresión pertenece al vasto repertorio nacional de insultos con seguro contra daños. No contiene una grosería explícita. No hay mentada de madre, ni referencias anatómicas, ni amenazas. Incluso podría pronunciarse con una sonrisa.
Y ahí está su sofisticación.
Porque si alguien se ofende, todavía existe la posibilidad de fingir:
—¿Pero por qué te enojas? ¡Te pregunté la hora!
Esta es una característica fundamental de la comunicación mexicana: la posibilidad de negar la intención mientras todos los presentes entendieron perfectamente la intención.
En términos sociológicos, se trata de una forma de agresión pasivo-geográfica.
El territorio se convierte en mecanismo disciplinario.
Ya no se le pide al individuo que abandone la conversación: se le invita a realizar una peregrinación innecesaria. Y si además tiene que atravesar media ciudad, mejor.
La expresión también revela una verdad incómoda sobre nuestra cultura: el mexicano puede aguantar muchísimo antes de mandar a alguien a volar. Primero escucha. Luego asiente. Después sonríe. Posteriormente consulta el teléfono mientras el otro habla. Finalmente llega ese momento sublime en que la paciencia nacional alcanza su límite y surge, casi como un acto de misericordia:
“Oye, ¿por qué no te vas a ver la hora a Pachuca?”
No es exactamente una expulsión.
Es una jubilación anticipada de la conversación.
Y lo maravilloso es que el destinatario debería comprender inmediatamente el mensaje. Si no lo comprende, el problema se agrava, porque entonces probablemente tendremos que mandarlo todavía más lejos.
“¿Por qué no te vas a ver la hora a Pachuca?” representa una de las grandes aportaciones mexicanas a la diplomacia interpersonal: mandar a alguien muy lejos sin decirle que se vaya mucho a la chingada.
Es el equivalente lingüístico de cerrar suavemente la puerta… pero desde afuera.
Porque en México hasta para hartarnos de alguien procuramos conservar las formas.
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