PEQUEÑA GUÍA ILUSTRADA PARA (NO) SER UN ARTISTA CONCEPTUAL. Amarres sintéticos: dialéctica de la opresión invisible en las relaciones tóxicas
Por Félix Ayurnamat
No elegí un cincho plástico. Elegí, en realidad, una tecnología de dominación.
La diferencia puede parecer mínima, incluso pedante y probablemente lo sea, pero es precisamente en esa distancia donde comienza mi obra. Porque un objeto tan elemental como un cincho, ese pequeño artefacto que suele aparecer en las cajas de herramientas, empaques industriales y soluciones domésticas de dudoso refinamiento, contiene una violencia silenciosa que rara vez nos detenemos a contemplar. Su apariencia es insignificante. Su lógica, no.
En Amarres sintéticos parto de un gesto sencillo: sujetar.
Nada más.
Y, sin embargo, ¿qué es sujetar sino una de las formas más antiguas de ejercer poder sobre aquello que deseamos conservar? Desde la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo hasta las tecnologías disciplinarias descritas por Foucault, el cuerpo humano ha sido históricamente atravesado por dispositivos que delimitan, contienen, corrigen y administran su posibilidad de movimiento. Yo decidí llevar esa genealogía hasta el terreno de lo doméstico. Hasta el plástico.
Porque el cincho no necesita gritar.
Aprieta.
Su poder reside precisamente en esa economía del gesto. No golpea, no amenaza, no argumenta. Simplemente reduce el espacio disponible hasta que aquello que estaba libre comienza a experimentar la libertad como un recuerdo. En ese sentido, encuentro en su mecanismo una extraordinaria correspondencia con las relaciones afectivas tóxicas: primero aparece como una solución práctica; después como una costumbre; finalmente, como una estructura de la que ya no sabemos cómo salir.
La opresión rara vez comienza como opresión.
A menudo comienza como cuidado, como protección, como un inocente “yo solo quiero lo mejor para ti”. Pero ahí reside, para mí, el núcleo político de la pieza.
El cincho representa una forma de poder particularmente contemporánea: aquella que no necesita mostrarse como violencia porque ha aprendido a presentarse como vínculo. Se aprieta poco a poco. Un milímetro más. Después otro. Hasta que la sujeción deja de sentirse como una acción externa y comienza a confundirse con la propia identidad.
Me interesa esa transformación.
El objeto deja de sujetar algo y comienza a definirlo.
El cuerpo, entonces, ya no ocupa un espacio: ocupa el espacio que le ha sido concedido.
Aquí el plástico adquiere una dimensión que rebasa su condición material. No escogí este material por ser barato, accesible y prácticamente imposible de ignorar (aunque, paradójicamente, esas cualidades resultan bastante convenientes), sino porque representa con una precisión casi obscena la lógica industrial de nuestro presente. El plástico es flexible, frágil, reproducible y desechable. Exactamente como muchas de nuestras formas contemporáneas de relacionarnos.
Nos vinculamos, consumimos, desechamos y volvemos a vincularnos.
El cincho participa de esa misma economía afectiva. Puede producirse en serie, tiene una función específica, cuesta poco y, una vez cerrado, parece definitivo. Sin embargo, su resistencia contiene una paradoja: para liberar aquello que aprisiona es necesario destruir el mecanismo que lo mantiene unido.
No existe una salida elegante.
Hay que cortar.
Y ahí está la dimensión más incómoda de la obra.
Porque las relaciones tóxicas suelen presentarse bajo la fantasía de que todavía pueden repararse indefinidamente. Un ajuste más. Una promesa más. Otra oportunidad. Otra conversación a las tres de la mañana. El cincho, en cambio, no negocia. Su estructura es brutalmente honesta: una vez que ha alcanzado determinado grado de tensión, solo existen dos posibilidades; continuar soportando la presión o intervenir sobre la propia estructura de la sujeción.
En términos hegelianos, podría hablarse de una contradicción.
En términos psicológicos, de dependencia.
En términos cotidianos, de estar hasta la madre.
Prefiero conservar las tres interpretaciones.
También me interesa el carácter sintético del objeto. Sintético no solo en el sentido material, sino como condición cultural. Vivimos rodeados de experiencias prefabricadas, emociones empaquetadas y formas de afecto que parecen espontáneas hasta que uno observa con detenimiento sus mecanismos de producción. La intimidad tampoco ha escapado de la lógica del ensamblaje. Hemos aprendido a construir relaciones como quien arma un mueble siguiendo instrucciones que nadie leyó completamente.
El cincho es, en ese sentido, una pequeña máquina de afectividad contemporánea.
Una máquina bastante fea.
Y precisamente por eso me interesa.
No busco embellecerlo. Sería traicionar su potencia. Su austeridad industrial me permite desplazar la atención desde la belleza hacia la estructura. El objeto no pretende seducir. Pretende incomodar. Aunque, debo admitir, si además consigue verse bien iluminado dentro de una vitrina blanca, tampoco voy a oponerme.
Toda obra tiene sus pequeñas contradicciones.
Amarres sintéticos propone así una reflexión sobre la manera en que el poder penetra en nuestras relaciones más íntimas hasta convertirse en algo casi invisible. Ya no necesitamos cadenas. Tenemos expectativas. Ya no necesitamos barrotes. Tenemos culpa. Ya no necesitamos vigilancia permanente. Tenemos teléfonos, mensajes, contraseñas compartidas y esa pregunta aparentemente inocente que puede contener todo un régimen de control: “¿Dónde estás?”
El cincho apenas materializa aquello que ya estaba ahí.
Mi intervención consiste en hacerlo visible.
O, mejor dicho, en hacer visible lo que todos preferiríamos seguir llamando normalidad.
Porque quizá la verdadera violencia de las relaciones tóxicas no consiste únicamente en que alguien apriete el cincho, sino en que ambos terminemos creyendo que esa presión forma parte natural del objeto.
Y entonces surge la pregunta inevitable:
¿Quién sostiene a quién?
¿Quién aprieta?
¿Quién permanece?
¿Quién podría cortar?
No pretendo responder.
Sería demasiado autoritario.
Prefiero dejar el cincho cerrado, suspendido en ese instante de tensión en el que todavía no sabemos si estamos ante una metáfora de la opresión, una crítica al capitalismo tardío o, sencillamente, ante un cincho que alguien compró en una ferretería.
La obra existe precisamente en esa incertidumbre.
Y si al final el espectador descubre que ha estado contemplando durante varios minutos un objeto cuyo precio probablemente no supera unas cuantas monedas, entonces considero que la pieza ha cumplido su propósito.
Después de todo, pocas cosas resultan tan contemporáneas como pagar una fortuna por una explicación sofisticada de algo que siempre estuvo frente a nuestros ojos.

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