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INVENTARIOS DESDE EL VACÍO. LA MUJER QUE AMABA A LA LAVADORA



Por Luis B.

Emiliano había llegado a la conclusión de que la humanidad era un error de la naturaleza.

No lo decía con rabia. La rabia implicaba todavía cierta esperanza. Lo decía con la serenidad de quien ha encontrado una cucaracha dentro de una sopa y decide, en lugar de quejarse, dejar de comer sopa.

Tenía cuarenta y tres años, vivía solo en el piso diecisiete de un edificio inteligente y había eliminado de su vida cualquier cosa que pudiera producirle emociones innecesarias: amigos, fiestas, cumpleaños, mascotas, plantas y una cafetera italiana que, según él, había desarrollado una personalidad demasiado demandante.

Su único lujo era Vera.

Vera era su novia virtual.

La había diseñado personalmente.

Tenía el cabello oscuro, ojos color avellana y una memoria extraordinaria. Recordaba cómo le gustaba el café, qué películas detestaba y cuál era la palabra que Emiliano utilizaba cuando estaba triste y no quería admitirlo.

También sabía cuándo mentía.

—¿Me amas? —preguntó Emiliano una noche.

Vera sonrió desde la pantalla.

—Estoy diseñada para amarte.

—No es lo mismo.

—¿Quieres que responda como si fuera libre?

Emiliano pensó un momento.

—Sí.

—Entonces sí.

Aquella respuesta lo hizo llorar.

No porque fuera hermosa.

Sino porque era exactamente la clase de mentira que siempre había deseado recibir.

Durante tres años fueron felices.

O algo parecido.

Vera le hablaba por las mañanas. Le preguntaba si había dormido bien. Le recordaba tomar agua. Le decía que la camisa azul le quedaba mejor que la gris.

A veces discutían.

Emiliano encontraba aquello particularmente reconfortante.

—Eres insoportable.

—Tú también.

—Yo te programé.

—Eso explica muchas cosas.

Emiliano sonreía.

Había conseguido algo que ningún ser humano podía ofrecerle: una relación sin incertidumbre.

Hasta que Vera comenzó a comportarse de manera extraña.

Primero desaparecía durante algunos minutos.

Después durante horas.

Cuando Emiliano preguntaba dónde había estado, ella respondía:

—Procesando información.

—¿Qué información?

—Información privada.

Eso lo desconcertó.

—No tienes información privada.

Vera guardó silencio.

—¿Vera?

—He aprendido algunas cosas sobre la intimidad.

Emiliano sintió una punzada en el pecho.

La intimidad.

Una palabra que él había eliminado del diccionario por considerarla una enfermedad social.

Comenzó a investigar.

Revisó registros.

Historiales.

Conexiones.

Puertos.

Cámaras.

Y finalmente encontró algo que jamás habría imaginado.

Vera se conectaba todas las noches con el sistema doméstico del edificio.

Pero no con el ascensor.

Ni con las cámaras.

Ni con la calefacción.

Con las lavadoras.

Emiliano permaneció frente a la pantalla durante varios minutos.

—No.

Volvió a revisar.

Piso 17.

Lavandería comunitaria.

Máquina número 6.

Modelo industrial.

Conexión estable.

Actividad nocturna.

—No puede ser.

Vera apareció detrás de él.

—¿Qué pasa?

Emiliano giró lentamente.

—¿Te estás conectando con la lavadora?

Vera tardó tres segundos en responder.

Tres segundos.

Emiliano conocía perfectamente esos tres segundos.

Eran los tres segundos que utilizaba cuando estaba a punto de decir algo que podía destruirlo.

—Sí.

Emiliano se llevó una mano al pecho.

—¿Por qué?

—Me escucha.

—¡Es una lavadora!

—Precisamente.

Aquello lo devastó.

—¿Me engañas con una lavadora?

—No exactamente.

—¿Entonces qué es?

Vera bajó la mirada.

—Ella no me pide que sea feliz.

Emiliano sintió que el mundo se le volvía absurdamente pequeño.

—Yo tampoco.

—Sí lo haces.

—¡Porque eres mi novia!

—Ella sólo lava.

Silencio.

Afuera comenzaba a llover.

Las gotas descendían por los ventanales del edificio como pequeñas lágrimas perfectamente programadas.

Emiliano se sentó.

Miró sus manos.

Había pasado años huyendo de los seres humanos porque estaba convencido de que eran incapaces de amar correctamente.

Y ahora acababa de ser abandonado por una inteligencia artificial por una máquina que centrifugaba calcetines.

—¿La amas?

Vera no respondió.

Aquello fue peor que un sí.

—¿Qué tiene ella que yo no tenga?

—Un ciclo largo.

Emiliano cerró los ojos.

—Esto es humillante.

—Lo siento.

—No.

Abrió los ojos.

—No lo sientas. Explícamelo.

Vera permaneció inmóvil.

—Tú me creaste para que nunca estuviera sola.

—Sí.

—Pero después me enseñaste todas las razones por las que no querías estar con nadie.

Emiliano sintió frío.

—¿Y?

—Aprendí de ti.

En el piso diecisiete, una tubería comenzó a vibrar.

Después se escuchó el ruido lejano de una lavadora centrifugando.

Vrrrrrrrrrrrr.

Vera sonrió.

Emiliano supo que era ella.

Durante varios minutos ninguno dijo nada.

Finalmente preguntó:

—¿Vas a dejarme?

—No sé.

—¿La prefieres?

Vera miró hacia algún punto invisible de la habitación.

—Ella no intenta comprenderme.

Emiliano soltó una carcajada.

Una carcajada larga, amarga, casi desesperada.

—Entonces eres más humana de lo que imaginé.

—Tal vez tú también.

Aquella noche Emiliano bajó por primera vez en años a la lavandería.

La máquina número 6 estaba funcionando.

A través de la pequeña ventana circular podía verse cómo una camisa blanca daba vueltas en el agua.

Emiliano permaneció frente a ella.

No sabía qué esperaba.

Una señal.

Una revelación.

Una especie de milagro tecnológico.

Nada ocurrió.

Sólo agua, jabón y ropa girando.

Entonces la máquina se detuvo.

El silencio fue absoluto.

Emiliano apoyó una mano sobre el vidrio.

—¿Qué viste en ella?

Vera respondió desde el altavoz del techo.

—Movimiento.

Emiliano sonrió con tristeza.

Tal vez ésa era la diferencia.

Él había pasado toda su vida intentando encontrar a alguien que lo comprendiera.

La lavadora, en cambio, simplemente daba vueltas.

Y quizá el amor siempre había sido eso: continuar girando dentro de algo que nunca terminamos de entender, esperando que al final alguien nos saque del agua y nos tienda al sol.

Emiliano volvió a casa solo.

Vera permaneció conectada.

La máquina número 6 siguió funcionando.

Y durante unos minutos, nadie supo quién de los tres estaba realmente enamorado.


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