Hay momentos que no terminan.
No importa cuántos inviernos
hayan pasado sobre ellos,
cuántas ciudades hayamos cruzado,
cuántos nombres nuevos
hayamos aprendido a pronunciar.
Algunos instantes
se niegan a morir.
Se quedan viviendo
en una habitación secreta de la memoria,
sentados junto a la ventana,
fumando lentamente
el último cigarro de nuestra juventud.
Yo regreso allí.
Siempre regreso.
A ese pequeño reino
donde el mundo, por una vez,
parecía obedecerme.
Mis caprichos tenían la delicadeza
de los milagros.
Lo que deseaba
aparecía.
Una voz.
Una mirada.
Una noche demasiado larga.
La mano de alguien
que entonces parecía eterna
descansando sobre la mía.
Y yo, sin saberlo,
era un dios de provincia:
bastaba con desear algo
para que el universo
se inclinara ligeramente
a concedérmelo.
Qué cruel es la memoria.
No recuerda:
selecciona.
Elige las rosas
y esconde las espinas.
Lava las copas,
enciende las lámparas,
abre las ventanas
y devuelve a los muertos
su juventud.
Después me invita a entrar.
Y yo entro.
Siempre entro.
Aunque sé que aquella puerta
conduce a un lugar
que ya no existe.
He pasado años
intentando repetir aquel instante,
como un hombre que golpea
la misma puerta de una casa incendiada
esperando que alguien responda.
He buscado el mismo perfume
en otras habitaciones.
La misma música
en otras noches.
La misma embriaguez
en otros cuerpos,
en otras ciudades,
en otros comienzos.
Pero nada.
Porque el pasado
es un animal caprichoso:
sólo se deja acariciar
cuando ya no puede regresar.
A veces pienso
que no extraño lo que ocurrió.
Extraño al hombre
que fui cuando aquello ocurrió.
Ese hombre
todavía cree que el deseo
es una forma de destino.
Todavía mira las estrellas
como si fueran botones
que alguien colocó en el cielo
para que pudiera escoger
cuál encender.
Todavía no sabe
que todo privilegio
contiene una futura nostalgia.
Por eso vuelvo.
No porque aquel momento
haya sido perfecto,
sino porque durante unos minutos
la vida tuvo la cortesía
de parecerlo.
Y quizá eso sea la obsesión:
no querer recuperar el pasado,
sino exigirle al presente
que vuelva a concedernos
el mismo milagro.
Pero el presente
es un animal sobrio.
No concede caprichos.
Sólo ofrece minutos
y espera que sepamos reconocerlos.
Así que algunas noches
cierro los ojos
y regreso a aquella habitación.
Todo está intacto.
La luz.
La música.
El deseo.
La promesa.
Incluso mi antigua arrogancia
sigue allí,
bebiendo de una copa
que jamás se vacía.
Me observa.
Sonríe.
Y entonces comprendo
la verdadera tragedia:
yo no quiero volver a ese momento.
Quiero volver
a la última vez
en que todavía ignoraba
que iba a perderlo.
Por OA

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