Por El Perrochinelo
¡Ora sí, banda, se acabó el recreo!
Lo supe desde temprano porque la ciudad amaneció haciendo un escándalo de aquellos. Todavía ni salía bien el sol y ya se escuchaban portazos, claxonazos, mentadas de madre y el clásico grito de una mamá: “¡Ya levántate, se te va a hacer tarde!”. Yo soy el Perrochinelo, perro callejero, filósofo de banqueta y testigo oficial de los dramas de esta capirucha, y puedo afirmar que no hay señal más clara de que terminaron las vacaciones que ver a los chamacos caminar como zombies rumbo a la primaria o la secundaria.
Ahí vienen, uniformados, peinados a la fuerza y cargando mochilas que parecen cargar los pecados del mundo. Algunos todavía traen la cara de quien no acepta que el despertador volvió a convertirse en enemigo público. Otros van brincando, saludando a sus cuates, estrenando tenis y presumiendo lonchera como si fueran a desfilar en la Semana de la Moda de Milán.
Pero los verdaderos protagonistas son los jefes.
¡Ah, esos sí regresan con ganas!
Van arrastrando chamacos, cargando útiles, botellas de agua, suéteres, loncheras y la paciencia que todavía les queda. La señora que lleva tres hijos parece pulpo. Uno se le quiere ir por la derecha, otro se detiene porque “se le olvidó algo” y el más pequeño ya está llorando porque no quiere entrar. Ella nomás respira profundo y dice:
—¡Órale, porque ya llegamos tarde!
Yo la veo y pienso: señora, usted no necesita vacaciones; necesita una estatua.
Y qué espectáculo afuera de las escuelas. Los puestos de jugos, tamales, tortas, tacos de canasta y dulces reaparecen como si hubieran estado esperando detrás de una cortina. El señor de los jugos ya conoce a todos por nombre. La señora de los tamales sabe quién quiere de dulce, verde o de rajas, quién no y quién todavía no debería estar comiendo chile a las siete de la mañana.
—¡Échame uno de rajas, pero que no pique!
¡Pos claro! Porque si algo necesita un estudiante antes de entrar a matemáticas es enfrentarse a un tamal que le respete los derechos humanos y de su intestino.
Y ahí va la banda entrando a la escuela. Los de primaria todavía con la ilusión intacta. Los de secundaria, en cambio, ya caminan con esa actitud de “a mí nadie me va a enseñar nada”, aunque cinco minutos después anden preguntando que materia les toca.
Los de primer ingreso de la secundaria llegan despistados, viendo el edificio como quien llega por primera vez al aeropuerto. Los de tercero se sienten dueños del inmueble. Ésos ya conocen cada rincón, cada maestro, cada prefecto y, sobre todo, cada lugar donde se puede echar el relajo sin que los cachen.
Porque la escuela es eso: aprendizaje, sí; pero también territorio, jerarquías, amistades, pleitos, romances de quince días, secretos que duran hasta la salida y un montón de historias que empiezan con un inocente “¿ya hiciste la tarea?”.
Yo me quedo afuera mirando por entre los barrotes. Y me da risa porque los adultos dicen que los niños regresan a clases para aprender. ¡Mentira! También regresan para reencontrarse con la banda, intercambiar chismes, presumir quién viajó, quién cambió de celular y quién llegó con corte de cabello nuevo.
La ciudad vuelve a agarrar ritmo. Más tráfico. Más camiones llenos. Más papás corriendo. Más mochilas atoradas en las puertas del Metro. Más estudiantes comprando papitas a escondidas. Más maestros diciendo “guarden silencio” mientras nadie guarda silencio.
Y luego está la parte bonita: los primeros días todavía huele a cuaderno nuevo, lápiz recién afilado y esperanza. Bueno, eso dura como una semana. Después aparecen los trabajos en equipo, las tareas olvidadas, el “mañana lo hago”, el examen sorpresa y aquella frase que todo estudiante aprende desde tiempos inmemoriales:
“Profe, es que no sabía que había tarea.”
¡Ajá!
Yo tampoco sabía que los perros podían escribir y mírenme, aquí ando contandoles chismes.
Así comienza otro ciclo escolar en esta ciudad que nunca duerme, aunque los chamacos quisieran. Las escuelas vuelven a llenarse, las banquetas recuperan sus gritos, los puestos de comida hacen su agosto y los padres de familia vuelven a convertirse en atletas olímpicos de la puntualidad.
Desde mi esquina, nomás pienso una cosa: qué bonito es ver regresar a la chamacada.
Porque entre uniformes arrugados, mochilas pesadas, loncheras perdidas y madres gritando “¡No vamos a llegar, apurate!”, también regresa algo que esta ciudad necesita mucho: el ruido de la vida.
Y si algún chamaco me comparte su torta a la salida, pues mucho mejor.

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