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| El diablo FA 2025 |
Por TPS
Es muy incomodo y desagradable analizar un texto como el de Ezra Shabot sobre Gaza: uno descubre que el problema no está necesariamente en que todo lo que dice sea falso. Al contrario. Una parte importante de su argumento comienza con hechos reales, verificables, incluso terribles. El ataque del 7 de octubre ocurrió. Murieron civiles, cierto. Hubo secuestros, violencia sexual y asesinatos, cierto. Hamas existe, tiene una estructura militar y política, ha utilizado una retórica abiertamente hostil hacia Israel y ha cometido crímenes que no necesitan ser relativizados para poder discutir lo que Israel ha hecho después, muy cierto. Pero el problema de su argumentación empieza cuando esos hechos dejan de funcionar como hechos y empiezan a funcionar como verdades absolutas de una explicación única.
Ahí es donde la escritura política puede volverse peligrosa sin necesidad de mentir.
Un hecho puede ser verdadero y, sin embargo, utilizarse para sostener una conclusión falsa. Una fotografía puede ser auténtica y estar colocada en el lugar equivocado de una historia. Una cifra puede haber sido cierta en algún momento y convertirse, con el paso del tiempo, en una manera engañosa de representar la realidad. Un testimonio puede ser verdadero y, aun así, no explicar por sí solo aquello que pretende explicar. El problema consiste precisamente en aprender a no cuestionar a la evidencia más de lo que puede decir.
Y eso me parece particularmente importante cuando estamos hablamos de genocidio.
La palabra ha adquirido una fuerza moral tan enorme que, en ocasiones, parece utilizarse como una especie de veredicto previo. Para unos, pronunciarla equivale a describir una realidad evidente; para otros, utilizarla constituye una forma de propaganda contra Israel. Pero ninguna de esas posiciones resuelve por sí misma el problema. El término tiene una definición jurídica concreta, exige determinados elementos y, sobre todo, es una pregunta difícil: qué intención puede inferirse de una conducta y hasta qué punto esa intención está dirigida contra un grupo protegido como tal.
Por eso es insuficiente responder a una acusación de genocidio diciendo que Israel está combatiendo a Hamas. Es un argumento, pero no justifica las atrocidades del gobierno de Netanyahu. Del mismo modo, tampoco basta mostrar la devastación de Gaza para concluir automáticamente que existe una intención genocida. La destrucción, por espantosa que es, no determina por sí sola la intención que exige la definición jurídica. Hay que revisar cómo se produjo, qué decisiones la hicieron posible, qué alternativas existían, qué órdenes fueron dadas, qué declaraciones hicieron los responsables, qué políticas se adoptaron y qué relación existe entre esas decisiones y la población palestina como grupo.
La realidad jurídica exige más paciencia que una consigna.
Y ahí se encuentra la principal trampa del artículo de Ezra. No necesariamente en su posición política, sino en su confianza. El parece llegar a la conclusión antes de haber terminado de construir el camino que conduce hasta ella. Las pruebas que favorecen su interpretación las magnifica y las que podrían complicar su versión las ignora. Hamas pasa a representar a Gaza; el islamismo radical termina representando al mundo islámico; la acusación de genocidio contra los palestinos, la convierte en la intención de eliminar la vida judía. Son desplazamientos que producen una narración coherente, pero una narración coherente no es necesariamente una explicación verdadera.
Ese es uno de los grandes problemas de la actualidad: hemos aprendido a reconocer la propaganda cuando contiene una mentira evidente, pero somos mucho menos cuidadosos frente a la propaganda construida con verdades seleccionadas.
La propaganda más eficaz no necesita inventar todos los hechos. Le basta con decidir cuáles mostrar, cuáles ocultar, cuáles repetir y qué relación establecer entre ellos.
Por eso también debemos desconfiar de nuestras propias certezas. Es relativamente fácil encontrar argumentos que confirmen aquello que ya pensamos. Si uno simpatiza con Israel encontrará testimonios sobre los crímenes de Hamas; si simpatiza con la causa palestina encontrará imágenes de niños muertos, hospitales destruidos y familias desplazadas. Ambos conjuntos de imágenes pueden ser verdaderos. El problema comienza cuando una verdad se utiliza para negar la existencia de la otra.
El sufrimiento de los israelíes no necesita que neguemos el sufrimiento palestino para ser reconocido. Y el sufrimiento palestino tampoco necesita que minimicemos los crímenes cometidos contra israelíes para ser defendido.
Al tomar partido uno escoge una parte de la tragedia y la convierte en la explicación de todas las demás. Como seres humanos eso nos permite ordenar el mundo, encontrar culpables, distinguir a los inocentes de los responsables y descansar un momento de la incertidumbre. Pero la historia no funciona de esa manera. Las tragedias políticas suelen estar hechas de capas superpuestas de violencia, miedo, memoria, intereses, decisiones, errores, fanatismos y responsabilidades diferentes.
Por eso también me parece insuficiente convertir la discusión en una competencia moral sobre quién sufrió primero.
El 7 de octubre no desaparece porque después haya ocurrido una catástrofe humanitaria en Gaza. Y la catástrofe humanitaria de Gaza no desaparece porque el 7 de octubre haya sido una atrocidad. Una atrocidad no cancela otra. Una víctima no vuelve inexistente a otra víctima.
La verdadera dificultad consiste en aceptar que podemos condenar simultáneamente cosas que nuestra identidad política nos ha enseñado a colocar en bandos opuestos.
Podemos condenar los asesinatos de civiles israelíes sin aceptar cualquier decisión posterior del gobierno israelí. Podemos reconocer el derecho de Israel a existir y, al mismo tiempo, cuestionar severamente las decisiones de su gobierno. Podemos reconocer la existencia del antisemitismo sin utilizarlo para descalificar toda crítica a Israel. Podemos denunciar la islamofobia sin convertir al islamismo radical en una caricatura inexistente. Podemos defender los derechos de los palestinos sin convertir a Hamas en representante moral de todos los palestinos.
La dificultad está en sostener esas frases juntas.
Y es por eso que la mejor herramienta que tenemos no son las verdades absolutas, sino la disciplina de la duda.
Dudar no significa ser neutral ante el sufrimiento. Tampoco significa suspender indefinidamente el juicio frente a una injusticia. Significa saber distinguir entre lo que sabemos, lo que creemos saber y aquello que simplemente deseamos que sea cierto.
En tiempos de propaganda, la duda puede ser una forma de responsabilidad.
No porque todas las versiones tengan el mismo valor. No lo tienen. Hay afirmaciones demostradas, afirmaciones altamente probables, afirmaciones plausibles y afirmaciones que carecen de sustento. La duda rigurosa no consiste en ponerlas todas en una misma balanza, sino en aprender a pesar cada una con el instrumento adecuado.
Eso exige una cierta humildad intelectual.
Cuando una investigación internacional sostiene que existe genocidio, debemos leerla y examinar sus pruebas. Cuando Israel sostiene que su intención es destruir a Hamas y no al pueblo palestino, debemos examinar también sus pruebas. Cuando aparecen cifras de muertos, debemos preguntar quién las recopiló, cuándo, cómo y qué margen de incertidumbre tienen. Cuando alguien utiliza una frase incendiaria de un dirigente, debemos preguntarnos si fue aislada, cuál era su contexto y qué relación tuvo realmente con una decisión concreta. Cuando un texto nos proporciona exactamente las pruebas que confirman nuestras convicciones, quizá sea precisamente el momento de leerlo con mayor cuidado.
Porque la verdad no tiene la obligación de coincidir con nosotros.
Y ésa es la lección más importante que deja este ejercicio de análisis. La tarea de un análisis crítico no consiste en encontrar argumentos para ganar una discusión. Consiste en descubrir dónde termina la evidencia y dónde comienza nuestra interpretación.
Entre ambas existe una frontera estrecha.
A veces cruzarla es inevitable. Todos interpretamos. Todos seleccionamos. Todos contamos historias. Pero una cosa es interpretar conscientemente y otra muy distinta presentar nuestra interpretación como si fuera el único relato posible de los hechos.
Porque cuando la certeza llega antes que la evidencia, dejamos de investigar.
Y cuando dejamos de investigar, ya no estamos buscando la verdad.
Estamos buscando una historia que nos permita sentir que ya la encontramos.

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