PEQUEÑA GUÍA ILUSTRADA PARA (NO) SER UN ARTISTA CONCEPTUAL. Aros efímeros: Una oda desayunística a la estética contemporánea.
| Aros efímeros: Una oda desayunística a la estética contemporánea. Técnica: pereza, oportunismo y choro intelectualoso 2024 |
Por Félix Ayurnamat
Nunca he considerado que desayunar sea una necesidad fisiológica. Sería una lectura excesivamente positivista del asunto. Prefiero entenderlo como una práctica estética de resistencia frente a la aceleración del mundo contemporáneo; un acontecimiento performativo donde el cuerpo negocia, desde la primera cucharada, su frágil permanencia en el tiempo. Mi obra no consiste en comer cereal. Consiste en problematizar el desayuno.
La pieza comienza antes de cualquier acción visible. Todo inicia cuando deposito la caja de Fruty Loopis sobre la mesa. Ese volumen de cartón impreso, saturado de promesas cromáticas y optimismo industrial, comparece como un ready-made involuntario, heredero lejano de Duchamp, aunque infinitamente menos nutritivo. Abrir la caja es romper un sello ontológico. Introducir la mano en su interior equivale a explorar una arqueología doméstica donde cada aro de cereal aparece como un pequeño fósil del capitalismo afectivo.
No elijo los aros.
Ellos me eligen a mí.
Al menos esa es la ficción metodológica que sostiene toda la investigación.
Desde Merleau-Ponty sabemos que el cuerpo piensa antes de formular conceptos; desde Heidegger, que habitar el mundo implica una relación íntima con los objetos cotidianos. Yo decidí llevar ambas intuiciones hasta una consecuencia inevitable: observar un tazón de cereal con la misma gravedad con la que otros contemplan una instalación en la Bienal de Venecia. Si la filosofía occidental pudo dedicar siglos a la pregunta por el Ser, ¿por qué no conceder unos minutos al problema mucho más urgente de decidir si el aro verde debe colocarse junto al morado o al naranja?
Ese instante contiene una ética.
Y también una composición.
Selecciono cuidadosamente cada círculo con la concentración de un restaurador renacentista. Los dispongo en el recipiente siguiendo una lógica que solo parece azarosa para quien aún cree que el desayuno pertenece exclusivamente al ámbito de la nutrición. Después llega el momento decisivo: el descenso de la leche.
No la vierto.
La inauguro.
El líquido blanco invade lentamente la geometría multicolor mientras los pigmentos artificiales amenazan con disolverse en una especie de acuarela posindustrial. Durante unos segundos irrepetibles, la obra alcanza un equilibrio perfecto entre la permanencia y el desastre. Inmediatamente después comienza su inevitable desaparición. Los aros absorben el tiempo convertido en humedad. La textura cede. La estructura colapsa. La entropía hace su trabajo con una elegancia admirable.
Toda gran obra merece un final digno.
La mía se desintegra en aproximadamente siete minutos.
Hay quienes consideran que utilizo Fruty Loopis por nostalgia. Es una interpretación respetable, aunque insuficiente. La infancia nunca me interesó tanto como la estética con la que el mercado decidió representarla. Esos colores imposibles, esas formas repetidas hasta el infinito, esa promesa ingenua de felicidad encapsulada en un desayuno constituyen, en realidad, una extraordinaria alegoría del deseo contemporáneo: consumir experiencias empaquetadas mientras hablamos apasionadamente sobre autenticidad.
El recipiente tampoco es inocente. Cada objeto ocupa un lugar determinado según una cartografía visual cuidadosamente calculada para producir la ilusión de espontaneidad. Porque no existe gesto más elaborado que aquel que pretende parecer completamente natural. La cuchara, el tazón, la caja ligeramente inclinada, la servilleta distraídamente abandonada sobre la mesa: todo responde a una rigurosa coreografía donde incluso el accidente ha sido previamente ensayado.
Confieso que me interesa profundamente esa contradicción.
Vivimos en una época que convierte cualquier acto cotidiano en una experiencia curada. El café ya no se bebe: se conceptualiza. El pan artesanal posee un manifiesto. El tomate orgánico tiene una genealogía política. El desayuno exige una narrativa. En consecuencia, resultaba inevitable que alguien asumiera la responsabilidad histórica de teorizar un plato de cereal con absoluta solemnidad.
Acepté ese compromiso.
No por vanidad.
Por responsabilidad estética.
Al final, la verdadera obra no reside en los Fruty Loopis, ni en la leche, ni siquiera en el desayuno. Habita en el discurso desproporcionado que insiste en convertir una acción doméstica en un acontecimiento filosófico de escala civilizatoria. Sospecho que el espectador advierte, tarde o temprano, que toda esta arquitectura conceptual ha sido levantada para justificar el sencillo acto de servirse un tazón de cereal.
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