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INVENTARIOS DEL VACÍO. El primer dragón nació del bosque.

 


El dragón. Diseñado por FA, usando  Seedream 5.0.  2026

Por Luis B.

Nadie en la aldea supo verlo. Los hombres hablaban del viento seco que había llegado desde el sur; las mujeres culpaban a los pecados de los gobernante; los monjes hablaban en sus sermones con frases del Apocalipsis mientras la ceniza se acumulaba sobre los caminos. Sólo Alda, una niña de nueve años, levantó la vista y comprendió que el cielo estaba aprendiendo a fabricar criaturas.

El incendio llevaba ardiendo siete días.

Los robles exhalaban un olor dulce, casi parecido a la leña de la cocina, antes de deshacerse en una lluvia de brasas. La resina explotaba dentro de los troncos con un sonido semejante a huesos quebrándose. El aire sabía a hierro caliente. Respirar era beber humo.

Entonces apareció.

Sobre la columna inmensa de fuego comenzó a elevarse una nube que no obedecía al resto del cielo. Crecía alimentándose de su propio incendio, blanca en el vientre y negra en las alturas, con bordes iluminados por relámpagos de un naranja imposible. 

Alda la llamó dragón.

Veía el cuello inmenso arqueándose entre las corrientes de aire; las alas desplegadas sobre los montes; la respiración convertida en tormenta de brasas. Cada vez que la criatura batía sus alas invisibles, el viento cambiaba de dirección y nacían nuevos incendios más allá de las colinas.

Los adultos sólo veían humo.

La niña contemplaba animales celestes alimentándose de los bosques.

Con el paso de los meses comenzaron a llegar viajeros desde tierras lejanas. Hablaban de Francia, donde los viñedos eran ahora esqueletos negros; de los bosques germánicos convertidos en mares de carbón; de ciudades donde las campanas seguían doblando sobre iglesias vacías mientras el calor derretía los vitrales como si fueran cera.

Nadie pronunciaba las palabras "cambio climático". Aún faltaban muchos siglos para inventarlas.

Sin embargo, el mundo ya conocía la consecuencia antes que la explicación.

Los inviernos se habían vuelto breves y caprichosos. Las personas jovenes recordaban apenas el frío. Los pantanos desaparecían bajo una costra resquebrajada. 

Los monjes escribían que Dios retiraba lentamente su sombra de la Tierra.

Los mercaderes aseguraban que el Sol estaba enfermo.

Los campesinos callaban.

Ellos sabían que la tierra nunca se venga de pronto; primero advierte durante generaciones. Después deja de hablar.

Alda comenzó a seguir a los dragones.

Subía sola hasta las colinas donde el humo dibujaba figuras cambiantes. Allí descubrió que las criaturas nunca permanecían inmóviles. Nacían del fuego, ascendían kilómetros hacia el cielo y luego se deshacían lentamente en nubes oscuras que sembraban rayos secos sobre bosques todavía intactos.

Era como si el incendio soñara consigo mismo.

Cada dragón engendraba otro.

Una respiración interminable.

Una tarde encontró un lago donde aún sobrevivía el reflejo del cielo. Miró hacia abajo y observó que los dragones también habitaban el agua. Pero aquellos no ardían. Parecían antiguos, inmóviles, dormidos desde antes del nacimiento de los hombres.

Al extender la mano para tocarlos, la superficie tembló.

Las criaturas desaparecieron.

Entonces comprendió que los espejos sólo conservan aquello que está a punto de perderse.

Los meses siguieron ardiendo.

Europa comenzó a parecer un mapa dibujado con carbón. Los peregrinos ya no buscaban reliquias sino manantiales. Los castillos encendían hogueras durante el día para poder ver entre el humo de los incendios lejanos. Los animales emigraban hacia el norte con una paciencia que ningún ejército había conseguido enseñarles.

Los dragones seguían.

Alda los contaba.

Con el tiempo dejó de contarlos.

Había demasiados.

Una noche, mientras contemplaba el horizonte convertido en una línea continua de fuego, creyó distinguir algo imposible.

Los dragones no estaban atacando la Tierra.

La estaban abandonando.

Ascendían lentamente hasta confundirse con las estrellas, como si cada incendio fuese apenas la muda de una piel demasiado vieja.

Sintió entonces una tristeza sin nombre.

Quizá los monstruos nunca habían vivido en el cielo.

Quizá habían dormido durante milenios bajo los bosques, aguardando la estación en que los hombres terminaran de secar el mundo para despertar.

Muchos siglos después, otros ojos mirarían fotografías satelitales de inmensas columnas de humo elevándose sobre continentes abrasados. Les pondrían nombres científicos. Medirían temperaturas, partículas suspendidas, corrientes atmosféricas y concentraciones de carbono. Comprenderían el mecanismo con una precisión admirable.

Pero tal vez ninguna explicación alcanzaría la verdad que había conocido una niña medieval.


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