El códice lluviense. Diseñado por FA, usando Seedream 5.0. 2026 |
Por El Perrochinelo
Hay cosas que nomás pasan en esta ciudad porque la Ciudad de México es una señora de carácter bipolar. En la mañana amanece con un sol que parece querer cobrarse todas las deudas pendientes desde Moctezuma II; al mediodía uno ya trae las patas bien tatemadas sobre el pavimento, y para las cinco de la tarde cae un aguacero de esos que hacen pensar que Noé era de Iztapalapa y que la famosa arca, en realidad, era un RTP.
Les habla su cuaderno el Perro Chinelo, ciudadano chilango sin acta de nacimiento, pero con domicilio fiscal debajo del puesto de quesadillas de Doña Cuca y años de experiencia sobreviviendo a las temporadas de lluvia, calor y esas combinaciones diabólicas que sólo esta capirucha sabe cocinar. Porque no manchen... primero nos asa el perro calor y luego nos avienta una cubetada de agua como si Tlaloc allá arriba estuviera jugando.
El verano chilango ya no tiene clima; tiene cambios de humor. Salen bien valientes con playerita porque el sol anda presumiendo músculo y media hora después andas abrazando un paraguas prestado mientras el agua te llega a media pantorrilla y ves pasar una bolsa de basura navegando rumbo a Chalco como si fuera crucero del Caribe.
Yo, que soy perro de barrio y no influencer de parque canino, ya conozco las señales. Si las hormigas empiezan a correr como godines a la hora de salida; si los vendedores de paraguas aparecen de la nada como si brotaran del pavimento; si el cielo se pone color licuado de tamarindo echado a perder... mejor búsquenle techo porque en diez minutos la ciudad se convierte en parque acuático sin mantenimiento.
Y luego está el calor, ese calor gandalla que ya ni respeto le tiene a la altitud. Antes uno decía: "Bueno, vivimos a más de dos mil metros, aquí no pega tan feo." ¡Ja! Eso era cuando las tortillas costaban dos pesos y los microbuses todavía traían estampitas de Capulina. Ahora el pavimento echa vapor, las banquetas parecen comales y hasta los perros buscamos la sombrita de un coche estacionado, aunque sepamos que nos van a correr con un "¡shuuu, mendigo perro mugroso!".
Lo más chistoso es ver a los chilangos enfrentando el clima con una lógica que desafía cualquier tratado de meteorología. Sale el sol y todos: "Ya se compuso." Empieza a lloviznar: "No es nada." Cinco minutos después ya están pidiendo auxilio porque el agua les llegó al asiento del coche y el Waze nomás les dice "ruta no disponible". Pero ahí siguen, aferrados, porque el chilango podrá llegar tarde, empapado y mentándole la madre al universo, pero nunca deja de intentar pasar por la calle inundada pensando que "sí la libra". Y casi nunca la libra.
Eso sí, la lluvia también tiene su lado romántico... si uno no vive en la realidad. Porque desde un café con ventanal se ve preciosa. Ya cuando te toca esperar el camión con los calcetines empapados, el romance se convierte en demanda colectiva contra Tláloc.
Yo nomás veo cómo la ciudad cambia de aroma. Antes del aguacero huele a polvo caliente, gasolina y fritanga recién salida del comal. Después, huele a tierra mojada y coladera en crisis existencial.
Y mientras tanto, las jacarandas ya descansaron, los fresnos se sacuden el agua y las banquetas se vuelven pistas de patinaje para el que sus tenis están más lisos que el mármol de Bellas Artes. Ahí andamos todos haciendo el pasito del "no me vaya a romper la madre", una danza urbana que ya debería ser patrimonio cultural de esta ciudad.
Pero les voy a decir una cosa, banda. A pesar del calor que derrite hasta el carácter y de las lluvias que convierten las avenidas en sucursales del Golfo de México, esta ciudad tiene una manera muy rara de seguir cayéndonos bien. Porque cuando escampa, sale un rayito de sol entre las nubes, el vendedor de esquites vuelve a prender su anafre, el bolero seca su cajón, el organillero le sopla otra vez al cilindro y la vida continúa como si nada hubiera pasado.
Así somos los chilangos... y los perros que ya nos creemos chilangos de nacimiento. Vivimos renegando del clima, pero si un día dejara de sorprendernos, seguro hasta lo extrañaríamos. Porque esta ciudad será un horno al mediodía, un diluvio por la tarde y un lodazal al anochecer, pero nunca deja que uno se aburra.
Comentarios