
Parroquia de Santa María Tepepan. FA. 2026
Por MFTX
Hay pueblos que parecen haber sido alcanzados por la ciudad y otros que, con una paciencia antigua, han aprendido a dejar que la ciudad pase de largo. Santa María Tepepan pertenece a estos últimos. Basta abandonar por unos minutos el ritmo acelerado de las avenidas para descubrir un lugar donde las calles todavía conservan la escala de la conversación, donde las campanas continúan marcando el paso del día y donde la memoria parece haberse instalado en cada esquina sin hacer demasiado ruido.
Su nombre proviene del náhuatl Tepepan, "sobre el cerro" o "en la colina", una referencia tan sencilla como precisa. El pueblo se asentó en una elevación natural desde la que era posible contemplar buena parte del antiguo paisaje lacustre de Xochimilco. Aquella posición privilegiada no solo ofrecía resguardo, sino también un punto de observación desde el cual el agua, las chinampas y las montañas formaban un mismo horizonte.
Mucho antes de que se levantara el templo que hoy domina la plaza, este sitio ya poseía un profundo significado ceremonial. Diversas investigaciones señalan que en Tepepan existió un santuario dedicado a Tonantzin, la antigua deidad madre venerada por los pueblos nahuas. Su presencia confirma que el lugar ocupaba una posición relevante dentro de la geografía sagrada del sur del Valle de México, enlazando las montañas con los caminos del agua y el calendario agrícola. Incluso se ha observado que el templo colonial mantiene una alineación visual con el volcán Teuhtli durante los solsticios, una continuidad que sugiere la permanencia de antiguas formas de comprender el territorio.
La llegada de los franciscanos, apenas unos años después de la conquista, transformó el paisaje sin borrar del todo su memoria. La iglesia de Santa María comenzó a levantar sus muros durante el siglo XVI, convirtiéndose en el nuevo corazón espiritual de la comunidad. Como ocurrió en muchos pueblos originarios de Xochimilco, la evangelización no eliminó las antiguas formas de convivencia; más bien las reorganizó alrededor del atrio, las campanas y el calendario cristiano. Bajo una nueva advocación sobrevivieron costumbres, formas de organización comunal y celebraciones cuyo origen era mucho más antiguo que las piedras del propio templo.
Existe un episodio que ilustra con claridad el fuerte arraigo de sus habitantes. Durante el siglo XVI, cuando el virrey Luis de Velasco concedió aquellas tierras para el establecimiento de un sitio de ganado mayor, los xochimilcas temieron perder terrenos agrícolas y ver afectadas las aguas que alimentaban sus cultivos. La tradición histórica refiere que, para impedirlo, poblaron el lugar prácticamente de un día para otro, levantando viviendas, sembradíos e incluso una pequeña ermita con campana. Más allá del tono casi legendario del relato, el episodio revela la determinación de una comunidad que entendía que defender la tierra significaba defender su propia forma de vida.
Ese vínculo con el territorio continúa siendo una de las señas de identidad de Tepepan. Aunque la expansión urbana ha modificado profundamente su entorno, el pueblo conserva una intensa vida comunitaria. Sus fiestas patronales, celebradas cada mes de agosto en honor a Santa María de la Asunción, transforman las calles en un espacio de encuentro donde confluyen procesiones, música, danzas, ferias populares, fuegos artificiales y la hospitalidad característica de los pueblos originarios de Xochimilco. Durante esos días, la celebración no pertenece únicamente al templo; ocupa la plaza, las casas y las conversaciones, recordando que la fiesta sigue siendo una manera de fortalecer la comunidad.
Caminar por Tepepan es descubrir que la historia no siempre necesita grandes monumentos para hacerse visible. A veces basta un atrio sombreado por árboles antiguos, una calle que aún conserva su antiguo trazo o el sonido de una campana que parece repetirse desde hace siglos. En este pueblo, el tiempo no avanza en línea recta: se pliega sobre sí mismo. La memoria prehispánica dialoga con la arquitectura virreinal; las antiguas ceremonias agrícolas encuentran eco en las festividades religiosas; y el paisaje, aunque rodeado por la metrópoli, continúa recordando que Xochimilco fue, antes que cualquier otra cosa, una civilización construida entre el agua, la tierra y los cerros.
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