Por Terrornauta
Cuando heredé la vieja granja de mi abuelo, nadie en el pueblo vino a felicitarme.
Vinieron a despedirse.
No de mí.
De la última persona que todavía tendría el infortunio de dormir bajo aquel techo.
La propiedad llevaba abandonada un par de meses. Se extendía sobre una loma donde el viento parecía haber olvidado toda estación favorable. Los campos estaban cubiertos por zacates amarillos y ortigas; el pozo respiraba un olor desagradable, como si bajo la tierra se descompusiera lentamente un animal inmenso. Los corrales apenas conservaban la geometría de la madera: las tablas se arqueaban bajo el peso de la humedad, y los clavos, convertidos en flores de óxido, apenas sostenían el recuerdo de las cercas.
La casa resistía con una dignidad que sólo poseen las cosas destinadas a morir lentamente.
El techo goteaba incluso cuando no llovía.
Las paredes estaban cubiertas por manchas oscuras cuya forma cambiaba según la luz de la tarde. Había habitaciones donde el aire permanecía inmóvil, como si el tiempo hubiera decidido detenerse allí antes de continuar su camino.
Encontré las cosas exactamente donde mi abuelo los había dejado.
Su silla frente a la ventana.
Su lámpara de petróleo.
Su reloj detenido a las tres y diecisiete.
Y una libreta.
Era apenas un cuaderno de tapas negras, húmedo por los años.
Las primeras páginas hablaban de cosechas, cuentas y nacimientos de animales.
Después, la escritura comenzó a deformarse.
"No debe quedarse sola."
"Hoy volvió a hacerlo."
"No tiene hambre."
"Nunca ha tenido hambre."
Pensé que la vejez había comenzado a desordenar la razón del anciano.
Entonces conocí a la gallina.
Vivía sola en el corral del fondo.
Era completamente blanca.
No la blancura cálida de las aves domésticas, sino una palidez casi espectral, semejante a la de los huesos lavados por la lluvia.
Era vieja.
Increíblemente vieja.
Las espuelas estaban desgastadas como piedras de río.
Las patas parecían raíces secas.
Los ojos...
Nunca olvidaré aquellos ojos.
No tenían el movimiento nervioso propio de las gallinas.
Permanecían inmóviles.
Observaban.
No buscaban alimento.
Parecían calcular.
Los vecinos aseguraban que llevaba allí desde antes de mi nacimiento.
Algunos juraban haberla visto cuando eran niños.
Otros decían que ya estaba ahí cuando mi abuelo compró aquellas tierras.
Nadie recordaba haber visto otra igual.
Tampoco recordaban haberla visto poner un huevo.
Simplemente...
Existía.
Las primeras noches escuché un sonido extraño.
No era el cacareo habitual.
Era un golpeteo húmedo.
Persistente.
Como si alguien desgarrara lentamente una tela mojada.
Provenía del corral.
Al salir con la lámpara sólo encontraba a la gallina inmóvil.
Dormía sobre un tronco podrido.
O fingía dormir.
Porque al acercarme abría apenas un ojo.
Nunca los dos.
Uno bastaba.
Una mañana descubrí el origen del ruido.
Una de las pocas gallinas jóvenes que había comprado para repoblar el corral apareció abierta desde el cuello hasta el pecho.
No había huellas de zorros.
Ni perros.
Ni coyotes.
Sólo el cuerpo.
Y alrededor, pequeñas plumas blancas.
Pensé en alguna comadreja.
Reforcé el corral.
La noche siguiente atacaron a otra.
La tercera amaneció viva.
Respiraba.
Pero le habían arrancado cuidadosamente ambos ojos.
No había violencia.
Había precisión.
Como si quien lo hubiera hecho conociera perfectamente la anatomía del ave.
Desde entonces permanecí despierto.
Esperé con la escopeta apoyada sobre las rodillas.
La luna apenas iluminaba el corral.
Todo permaneció inmóvil durante horas.
Hasta que la vi bajar del tronco.
La gallina blanca caminó despacio entre las demás.
No picoteaba el suelo.
Las observaba.
Luego eligió una.
Saltó sobre ella.
No hubo desesperación.
Ni sonidos.
Las demás aves permanecieron inmóviles, formando un círculo silencioso.
La blanca abrió el cuello de la otra con una lentitud insoportable.
No devoró la carne.
Sólo arrancó pequeños fragmentos del corazón.
Después retrocedió.
Esperó.
Y contempló cómo el cuerpo terminaba de morir.
Jamás olvidaré aquella calma.
No era el hambre.
Era otra cosa.
Una ceremonia.
Disparé.
El estampido hizo vibrar los corrales.
Las aves huyeron.
Cuando el humo se disipó, la gallina seguía allí.
La carga había atravesado el tronco.
Ella permanecía ilesa.
Me miró.
Con esa inmovilidad imposible.
Y entonces comprendí el verdadero miedo.
No el que nace frente a una bestia.
Sino el que produce una inteligencia que no debería existir.
Durante los días siguientes fui sacrificando todas las demás gallinas.
Prefería perder el criadero antes que seguir viendo aquella carnicería.
Al terminar, sólo quedó ella.
Pensé que moriría de inanición.
Pero ocurrió lo contrario.
Pareció fortalecerse.
Su plumaje recuperó brillo.
Su cresta adquirió un rojo intenso.
Cada amanecer la encontraba más erguida.
Más grande.
Como si la ausencia de víctimas la alimentara igualmente.
Comencé a enfermar.
Soñaba con corrales interminables.
Miles de aves caminaban en silencio bajo un cielo gris.
En medio de todas avanzaba la gallina blanca.
Jamás corría.
No necesitaba hacerlo.
Las demás terminaban acercándose a ella por voluntad propia.
Despertaba siempre con el sabor del hierro en la boca.
Y con la impresión insoportable de haber estado observando el sueño desde los ojos del animal.
Decidí incendiar el corral.
Esperé una tarde seca.
Rocié la madera con petróleo.
Prendí un fósforo.
Las llamas crecieron rápidamente.
El techo colapsó.
Los postes comenzaron a caer.
Vi a la gallina entre el fuego.
No intentó escapar.
Simplemente permaneció inmóvil mientras todo ardía.
Cuando el incendio terminó no encontré un solo hueso.
Ni una pluma.
Ni cenizas.
Nada.
Vendí la propiedad pocos meses después.
Nunca regresé.
Comentarios