Por Félix Ayurnamat
Los recuerdos no vuelven. Somos nosotros quienes caminamos otra vez hasta el sitio donde los dejamos enterrados. Ellos permanecen quietos, como piedras calientes bajo la tierra, esperando que un paso en falso los haga sonar. Uno cree que recuerda porque tiene buena memoria, pero la verdad es otra: recuerda porque hay cosas que nunca terminaron de morirse.
En la vida, el tiempo no pasa; se va acumulando. Cada objeto guarda las voces de quienes ya no lo usan. Cada árbol conserva la sombra de alguien que descansó bajo sus ramas. Lo mismo ocurre con uno mismo. El cuerpo sigue envejeciendo, pero por dentro continúa viviendo un muchacho que todavía espera una respuesta, un padre que nunca dijo adiós, una mujer cuyo perfume persiste en la ropa mucho después de que el viento la borró del camino.
Dicen que el olvido es una bendición. Yo sospecho que es apenas un cansancio. Las cosas olvidadas no desaparecen; sólo dejan de hacer ruido por un tiempo. Permanecen debajo de los días, respirando despacio, hasta que una tarde cualquiera el olor de la tierra mojada, una canción lejana o el crujido de una puerta las despierta. Entonces regresan completas, con la misma claridad con la que llegan las lluvias después de una larga sequía.
Hay recuerdos que alimentan y otros que se comen la vida. Los primeros son como el fuego que queda encendido en un fogón: calientan sin quemar. Los otros se parecen a esas brasas ocultas bajo la ceniza que parecen extinguidas hasta que uno las pisa. Basta un instante para descubrir que nunca dejaron de arder.
Quizá por eso la gente vieja habla tan despacio. No es porque le sobren los años, sino porque cada palabra tiene que abrirse paso entre un monte de recuerdos. Cada frase carga muertos, promesas incumplidas,oportunidades perdidas, risas que nadie más escuchó. Cuando al fin dicen algo, uno no oye solamente una voz: oye el peso de una vida entera.
Y, sin embargo, seguimos recordando. No por nostalgia, sino porque el recuerdo es la única tierra donde todavía podemos encontrarnos con quienes el tiempo nos quitó. Allí nadie envejece. Los padres siguen siendo fuertes, los amigos continúan riendo, los perros aún nos esperan junto a la puerta y las casas conservan el olor de lo que llamamos hogar.
Tal vez esa sea la condena más silenciosa del hombre: comprender que el pasado es el único lugar al que siempre regresa, aunque sepa que nunca podrá volver a vivir en él. Porque la memoria no es un camino de regreso. Es un pueblo fantasma donde las puertas siguen abiertas, pero ya nadie puede quedarse.
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