Por TPS
Hay personas que todavía prenden la televisión con la misma esperanza con la que uno abre el refrigerador cinco minutos después de haberlo cerrado: nomás por si, de puro milagro, apareció algo bueno. Yo hago lo mismo con el teléfono. Despierto, agarro el celular, veo las noticias y antes de que termine de despabilarme ya me enteré de que el país se cayó tres veces, que el comunismo regresó disfrazado de ajolote y que Trump descubrió que los extraterrestres votan en las elecciones. Uno, que apenas anda buscando dónde dejó los lentes, ya tiene encima tres apocalipsis antes del café.
Lo más preocupante es que siempre hay alguien que dice: "Lo vi en un medio serio". Ah, caray. ¿Serio? Antes la seriedad consistía en verificar los datos. Ahora consiste en fruncir el ceño frente a la cámara, hablar muy rápido y poner una tipografía tan agresiva que parece que también cobra derecho de piso.
Ahí es donde aparecen esos medios que entienden el periodismo como si fuera un buffet de rumores: mientras más odio lleve la mentira, mejor se vende. Y luego están personajes como Javier Negre, que parecen haber encontrado el modelo de negocio perfecto: fabricar indignación en serie. No importa si la noticia dura menos que un bolillo caliente. Lo importante es que alcance a correr más rápido que el desmentido. Porque la mentira ya descubrió un transporte público que siempre soñamos: el que nunca llega tarde.
Y por supuesto está Derecha Diario, que tiene una habilidad extraordinaria: logra que la realidad parezca un estorbo para la noticia. Uno pensaría que los hechos son la materia prima del periodismo. Pero no. Ahí los hechos parecen esos muebles que sobran cuando uno cambia de casa: si no caben en la narrativa, se quedan en la banqueta.
Lo admirable, si uno pudiera admirar estas cosas sin que le diera gastritis, es la disciplina. Hay gente que estudia medicina diez años para salvar una vida. Estos cuates despiertan y, antes del desayuno, ya inventaron tres noticias fake, cuatro enemigos de la patria y un escándalo internacional que desaparece antes de la hora de la comida. Ni las enchiladas salen tan rápido.
Pero tampoco nos hagamos los sorprendidos. Nosotros cooperamos con entusiasmo. Compartimos cualquier cosa con el mismo entusiasmo con la que una army grita. Si el encabezado dice que el mundo se acabó, lo reenviamos antes de preguntar en qué horario. Somos capaces de desconfiar de un médico, de un maestro, de un científico... pero confiar ciegamente en una imagen borrosa con letras mayúsculas y tres signos de exclamación. El internet democratizó la palabra; nosotros democratizamos la flojera de pensar.
Yo mismo he caído. Claro que sí. Uno abre una nota escandalosa y durante quince segundos siente esa emoción infantil de haber descubierto un secreto gigantesco. Luego resulta que era falsa. Pero ya la compartí. Entonces me convierto en esa tía que juraba que el bicarbonato curaba todo menos la envidia. El problema no es equivocarse. El problema es que ahora equivocarse da más vistas que corregirse.
Y así, entre clic y clic, la mentira empezó a independizarse. Ya no necesita que nadie la escriba. Camina sola. Toca puertas. Se mete al desayuno familiar. Se sienta en la sobremesa. La invitan a los grupos de WhatsApp. Hasta desarrolla personalidad. La mentira ya no parece mentira; parece influencer. Vive de los algoritmos, desayuna indignación y cena patrocinadores. Tiene más seguidores que un equipo de futbol y menos escrúpulos que un vendedor de tiempos compartidos.
Lo verdaderamente cómico (si uno todavía conserva el humor como mecanismo de supervivencia) es que esos medios como Derecha Diario, dicen defender la libertad. Claro. La libertad de que los hechos no estorben. La libertad de publicar primero y pensar después. La libertad de convertir cualquier ocurrencia en una exclusiva. Es una libertad tan generosa que hasta libera a la realidad de la obligación de existir.
Mientras tanto, el ciudadano común sigue pagando la renta, esperando que no suba el kilo de tortilla y preguntándose por qué la discusión pública parece una pelea entre dos bocinas descompuestas. Porque el ruido también es un negocio. Cuando todo mundo grita, nadie escucha. Y cuando nadie escucha, cualquier disparate puede disfrazarse de verdad con solo ponerse un saco y hablar frente a una cámara.
A veces imagino que la desinformación es como un vendedor ambulante. Se sube al vagón del Metro con una seguridad envidiable: "¡Llévele su conspiración recién hecha! ¡Dos enemigos imaginarios por uno! ¡Si compra hoy, le regalamos un pánico moral completamente nuevo!". Y nosotros, que llevamos años entrenándonos para sobrevivir al caos cotidiano, terminamos comprándole porque viene envuelto en la ilusión más barata y más cara de todas: la de tener siempre la razón.
Quizá por eso el verdadero peligro de estos aparatos de propaganda de la derecha no es que mientan. Mentiras ha habido desde que alguien aseguró que mañana iba a ser un mejor día. El peligro es que convierten la mentira en costumbre. Y cuando la costumbre se instala, la verdad empieza a parecer una exageración.
Al final, uno guarda el celular, sale a la calle y descubre algo desconcertante: la señora de la tienda sigue peleándose con el repartidor, el del pesero sigue tardando una eternidad y el vecino sigue barriendo únicamente la basura hacia la casa de a lado. La realidad, con todas sus tragedias y ridiculeces, continúa siendo mucho más compleja que cualquier encabezado escandaloso. Lástima que esa realidad no genere tantos clics. Si los produjera, habría quienes inventarían noticias falsas para defenderla.
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