
Leopoldo Méndez
"Las antorchas"
1947
Por Félix Ayurnamat
Antes de hablar de su significado político o de su relación con la película Río Escondido, vale la pena detenernos simplemente a mirar el grabado. Es un buen ejercicio porque Leopoldo Méndez construye sus imágenes de una manera muy distinta a la pintura. Aquí casi todo depende de la relación entre el blanco y el negro, del peso de las formas y de la dirección de las líneas.
Lo primero que llama la atención es una figura monumental que avanza inclinándose hacia adelante mientras sostiene una antorcha encendida. Detrás de ella aparece una multitud más pequeña, también portando antorchas. La diferencia de tamaño entre el personaje principal y el resto de las figuras no responde a una perspectiva realista; es una decisión compositiva. Méndez convierte al primer personaje en el eje visual de toda la imagen.
Una composición construida para avanzar
La composición prácticamente obliga al ojo a desplazarse de izquierda a derecha.
No es casual que el personaje principal aparezca inclinado hacia el frente. Todo en su cuerpo señala esa dirección: la espalda, las piernas, el brazo que sostiene la antorcha y hasta el ala del sombrero.
Si trazáramos una línea imaginaria siguiendo la antorcha, el brazo y el torso, obtendríamos una diagonal muy pronunciada. Esa diagonal transmite movimiento incluso antes de analizar el tema.
Las diagonales suelen producir sensación de acción porque rompen la estabilidad de las líneas horizontales y verticales. Aquí prácticamente toda la energía visual depende de ellas.
Mientras tanto, la multitud del fondo funciona como una segunda masa visual mucho más compacta. No compite con el protagonista; lo respalda.
Es interesante notar que la composición tiene un equilibrio asimétrico. A la izquierda domina el enorme cuerpo del campesino; a la derecha se abre el espacio hacia el que avanza. Ese espacio vacío es tan importante como las figuras, porque representa el lugar hacia donde se dirige la acción.
Si observamos con cuidado, el hombre del primer plano es desproporcionadamente grande.
No parece un individuo específico. Se convierte en un símbolo colectivo.
La multitud aparece reducida de tamaño no sólo porque esté más lejos, sino porque Méndez quiere establecer
Hay grabados que parecen construidos para ser leídos, casi como una página ilustrada. Este no. Las antorchas pide primero ser recorrido con la mirada antes de intentar interpretarlo. Lo digo porque, al observarlo unos segundos, uno descubre que la imagen no se organiza alrededor de una escena narrativa compleja, sino alrededor de una fuerza que avanza. Todo parece estar moviéndose en una misma dirección.
Lo primero que percibo es una figura enorme en primer plano, inclinada hacia adelante mientras sostiene una antorcha encendida. Detrás de ella, bastante más pequeñas, aparecen varias personas que también cargan antorchas. La diferencia de escala es tan evidente que resulta imposible pensar que responde a una perspectiva naturalista. Méndez está utilizando el tamaño para establecer una jerarquía visual: la figura principal concentra casi toda la energía del grabado.
Y aquí aparece una primera herramienta útil para analizar cualquier obra: preguntarse qué elemento ocupa más espacio. Generalmente aquello que domina la superficie también domina el significado.
La composición
La composición está organizada mediante una gran diagonal.
Si seguimos el cuerpo del personaje principal, vemos que nace en la esquina inferior izquierda, asciende por la espalda, continúa por el brazo extendido y termina en la llama de la antorcha, ubicada cerca del extremo superior derecho.
Nuestro ojo recorre exactamente ese camino.
Es una composición muy sencilla en apariencia, pero extraordinariamente eficaz. No necesitamos conocer el contexto histórico para sentir que algo está ocurriendo. La dirección del cuerpo basta para transmitir impulso.
La multitud del fondo acompaña ese mismo movimiento. Ninguna figura mira hacia otro lado. Ninguna rompe el flujo visual. Todos los cuerpos parecen empujados por la misma corriente.
Incluso el humo de las antorchas y las líneas del cielo siguen esa dirección. Es como si el viento también participara del desplazamiento colectivo.
Cuando una composición consigue que casi todos sus elementos apunten hacia un mismo sitio, la sensación de movimiento aumenta enormemente.
El peso de las formas
Leopoldo construye la imagen mediante grandes masas negras.
La capa del personaje ocupa una enorme superficie oscura que contrasta con el cielo lleno de líneas más ligeras. Ese contraste hace que la figura parezca todavía más sólida.
Observemos el sombrero.
No está dibujado con detalle minucioso. Más bien aparece como una forma triangular muy marcada, cuya silueta rompe el horizonte del cielo y ayuda a identificar inmediatamente al personaje.
Lo mismo ocurre con el brazo.
No depende del modelado anatómico para parecer fuerte. Su fuerza proviene de la amplitud de la forma y de la tensión de su posición.
En realidad, muchas partes del cuerpo están simplificadas. Sin embargo, la figura transmite una enorme potencia física.
Esto nos recuerda que una imagen puede ser muy expresiva sin ser excesivamente descriptiva.
La línea: el verdadero lenguaje del grabado
Si vemos cualquier fragmento del grabado. Prácticamente no existen superficies lisas.
Todo está construido mediante incisiones paralelas, curvas, diagonales y entrecruzadas.
El cielo, por ejemplo, está formado por cientos de líneas cortas que cambian constantemente de dirección.
No describen nubes de manera realista.
Describen movimiento.
Algo parecido sucede con el gaban. En lugar de representar la tela mediante sombras suaves, Méndez utiliza grupos de líneas blancas que recorren el cuerpo como si el viento estuviera recorriendo la superficie.
La madera grabada obliga al artista a pensar de esta manera.
Cada línea blanca que vemos corresponde a una incisión realizada sobre la matriz. Las zonas negras son la superficie que permaneció intacta y recibió la tinta durante la impresión.
Cuando uno entiende este proceso técnico, comienza a mirar el grabado de otra forma. Ya no observa únicamente una figura humana; empieza a ver también el trabajo físico del grabador.
El color
Uno podría pensar que trabajar únicamente con blanco y negro limita las posibilidades expresivas. En realidad sucede lo contrario.
Aquí el contraste se convierte en el principal recurso dramático.
La llama de la antorcha resalta porque está rodeada por negros profundos.
El rostro emerge gracias a pequeños planos iluminados.
Las manos destacan porque aparecen aisladas entre zonas oscuras.
No existe una iluminación naturalista. No sabemos exactamente de dónde proviene la luz.
Más bien cada contraste está colocado donde resulta visualmente necesario.
Es un manejo muy consciente del claroscuro, no para crear ilusión espacial sino para dirigir nuestra atención.
La textura
Aunque las figuras puedan permanecer inmóviles, la superficie nunca deja de vibrar.
Si observamos el cielo, vemos una enorme cantidad de pequeñas líneas onduladas.
Si descendemos hacia el suelo, aparecen otras direcciones.
Las capas tienen un ritmo diferente.
Los rostros otro más.
Cada textura cumple una función distinta.
No son simples adornos.
Sirven para diferenciar materiales, para organizar la luz y para mantener viva la superficie del papel.
Es una lección muy interesante para aprender a mirar grabados: muchas veces la expresividad no depende únicamente del dibujo, sino del tipo de textura que el artista decide construir.
El espacio
Aunque existe cierta profundidad, Leopoldo no utiliza una perspectiva rigurosa.
La distancia se construye principalmente mediante tres recursos.
Primero, la escala: las figuras del fondo son mucho más pequeñas.
Segundo, la superposición: unas figuras tapan parcialmente a otras.
Y tercero, la pérdida de detalle: conforme los personajes se alejan, sus formas se simplifican.
No hacen falta edificios, caminos o líneas de fuga para entender que existe un espacio.
El grabado utiliza recursos mucho más directos.
El ritmo visual
Si algo caracteriza esta imagen es su ritmo.
No encontramos grandes pausas.
Las líneas del cielo conducen hacia la antorcha.
Las capas producen ondulaciones.
Las llamas generan pequeños puntos luminosos que se repiten.
La multitud crea un patrón de siluetas similares.
Todo parece construido mediante repeticiones que mantienen la mirada en constante desplazamiento.
Es casi una música visual hecha de líneas.
Lo que el proceso técnico nos deja ver
Aunque únicamente observamos la impresión final, el propio grabado deja entrever su proceso de producción.
Podemos imaginar que Méndez planificó primero las grandes masas negras y posteriormente fue "abriendo" las luces mediante cortes con gubias de distintos grosores.
No todas las líneas tienen la misma anchura.
Algunas son muy finas y otras bastante amplias.
Eso indica un uso muy controlado de las herramientas de talla.
También es evidente que el artista sabía exactamente dónde quería concentrar el contraste. No hay zonas trabajadas al azar.
Cada incisión parece responder a una intención compositiva.
Una posible interpretación nacida de la forma
Lo interesante de esta obra es que muchas de sus ideas pueden deducirse antes de conocer su contexto histórico.
La figura principal aparece exageradamente grande.
No parece un retrato individual.
Representa una presencia colectiva.
El hecho de que avance delante de un grupo y sostenga una antorcha hace pensar en alguien que guía, ilumina o encabeza un movimiento.
Las demás figuras, aunque mucho más pequeñas, repiten el mismo gesto. Esa repetición transforma una acción individual en una acción compartida.
La antorcha, por supuesto, tiene una larga tradición simbólica asociada a la luz, el conocimiento, la resistencia o la esperanza. Sin embargo, incluso sin recurrir a esos significados culturales, basta observar cómo Méndez la coloca en el punto de mayor tensión visual para comprender que funciona como el verdadero foco de la imagen.
Hay otro detalle que me parece especialmente sugerente. El personaje principal no levanta la antorcha de manera triunfal hacia el cielo. La extiende hacia adelante, casi a la altura de la mirada. Ese gesto cambia por completo el tono de la escena. No parece celebrar una victoria; parece abrir camino.
Quizá esa sea una de las mayores virtudes del grabado. Su mensaje no depende únicamente del tema representado, sino de la manera en que los elementos formales trabajan juntos. La diagonal del cuerpo, la repetición de las figuras, la fuerza de las masas negras, el ritmo de las incisiones y el resplandor de las llamas construyen una imagen donde la idea de avance colectivo se percibe antes de ser comprendida racionalmente.
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