Por TPS
En un valle donde los relojes eran considerados una grosería y los calendarios una forma de opresión, vivía un burro llamado Anselmo, célebre por una habilidad que pocos poseen con semejante constancia: jamás llegaba a tiempo.
No era fácil.
Muchos llegan tarde por accidente.
Anselmo lo hacía por convicción.
Cuando el sol salía, él todavía estaba decidiendo si era prudente levantarse. Cuando el mercado abría, él apenas discutía consigo mismo qué camino tomar. Cuando todos regresaban a casa, aparecía con la satisfacción de quien cree haber evitado las multitudes gracias a una estrategia cuidadosamente planeada.
—La prisa es enemiga de la reflexión —decía mientras los demás terminaban la jornada.
Aquella frase le otorgaba una apariencia de filósofo que la realidad se empeñaba en desmentir.
Un día, el León convocó a todos los animales para decidir cómo enfrentar una gran sequía.
—Quien falte —advirtió— aceptará lo que los demás resuelvan.
Todos acudieron.
El castor llevó planos.
Las hormigas, provisiones.
El búho, ideas.
Hasta la tortuga llegó antes de comenzar la reunión, lo cual fue celebrado como un milagro menor.
Solo Anselmo faltó.
La asamblea deliberó durante horas, distribuyó tareas y salvó el valle de la escasez.
Tres días después apareció el burro.
Entró con paso solemne, como quien concede una audiencia.
—Bueno... ¿por dónde empezamos?
Los animales lo miraron en silencio.
—Terminamos hace tres días —respondió el León.
—¡Qué mala costumbre tienen de decidir las cosas sin esperarme!
—Esperamos cuatro horas.
—Precisamente. Esa desesperación por vivir es lo que los hace precipitados.
Desde entonces ocurrió un fenómeno curioso.
Cada vez que Anselmo prometía asistir a algo, los demás comenzaban sin él.
Si anunciaba que ayudaría a construir un puente, levantaban dos.
Si decía que participaría en la cosecha, ya estaban moliendo el grano.
Si aseguraba que llegaría a un banquete, solo dejaban la cuenta.
Con el tiempo dejó de recibir invitaciones.
Aquello lo indignó profundamente.
—¡Me están excluyendo!
El viejo búho respondió:
—No. Simplemente decidimos reunirnos a la hora en que dices que vas a llegar.
Anselmo, satisfecho por semejante muestra de consideración, sonrió orgulloso.
Y, por supuesto, también llegó tarde a esa explicación.
Moraleja
Quien hace esperar a todos termina descubriendo que el mundo aprendió a seguir sin él. Porque la puntualidad no consiste en mirar el reloj, sino en respetar el tiempo ajeno; y no hay retraso más largo que el de quien cree que el tiempo de los demás fue creado para esperarlo.
Comentarios