Por Félix Ayurnamat
Cuando explico qué es el arte para mí, casi siempre termino regresando a un ejemplo sencillo: las manos de un niño haciendo cosas sin saber todavía que está creando.
Yo recuerdo dibujar sin preocuparme demasiado por si aquello se parecía a algo. Hacer una casa que ocupaba casi toda la hoja, inventar árboles que no existían, llenar los márgenes con garabatos, mezclar colores solamente para ver qué sucedía. A veces recortaba un pedazo de papel, lo pegaba donde no correspondía y de pronto aquello se convertía en otra cosa. No había una teoría detrás. Tampoco estaba pensando en la historia del arte. Había curiosidad.
¿Qué pasa si hago esto?
¿Y si lo hago de otra manera?
¿Y si desarmo esto y lo vuelvo a juntar?
Para mí ahí comienza todo.
No en la intención de producir una obra sublime e inmortal, sino en esa necesidad tan humana de intervenir sobre lo que tenemos enfrente. Tomar un pedazo de plastilina y apretarlo. Golpear una superficie para producir un sonido. Mover el cuerpo siguiendo un ritmo. Juntar unas palabras que antes estaban separadas. Dibujar una línea sobre una pared. Hacer una máscara. Inventar una historia. Encender una fogata y descubrir que alrededor de ella también puede aparecer una conversación, una canción, una danza.
Antes de preguntarnos qué significa una obra, tuvimos que descubrir que podíamos transformar la materia.
Por eso me gusta la idea del arte como una actividad lúdica. No como entretenimiento, que es otra cosa, sino como ese espacio en el que podemos experimentar con el mundo sin conocer de antemano el resultado. Jugar supone aceptar cierta incertidumbre. Uno empieza un juego sin saber exactamente cómo va a terminar. Lo mismo sucede muchas veces cuando iniciamos un proyecto.
Cuando tengo una hoja enfrente, por ejemplo, hay momentos en los que no sé qué voy a hacer. Tengo algunas ideas, ciertos recuerdos, una preocupación, quizá una imagen dando vueltas en la cabeza. Pero nada de eso es todavía una obra. El dibujo empieza a existir cuando esas cosas entran en contacto con el material. Entonces las líneas responden, la superficie se resiste, una línea conduce a otra, algo que parecía un error abre una posibilidad.
Ahí aprendo.
Y esa palabra me parece fundamental: aprender.
A veces se piensa que el artista es alguien que ya sabe cómo hacer las cosas y simplemente las ejecuta. Yo cada vez creo menos en esa idea. Hacer arte consiste, en buena medida, en aprender las posibilidades de aquello con lo que estamos trabajando.
La arcilla me enseña de una manera distinta a la madera. La madera tiene una dirección, una resistencia, una memoria. El papel se comporta de otra manera. La piedra obliga a pensar distinto. La fotografía depende de la luz y del tiempo. En la música, el silencio también forma parte del material. En la arquitectura, el vacío tiene peso. En la poesía, una palabra puede modificar completamente el espacio que dejan las demás.
Por eso no entiendo el material como algo pasivo.
El artista no llega simplemente a imponerle una idea.
Hay una conversación con él.
El arte no puede separarse de la experiencia y la creación artística implica una relación activa entre hacer y padecer, entre intervenir sobre algo y dejarse afectar por aquello que responde. No existe una separación rígida entre arte y vida cotidiana. La experiencia estética tiene sus raíces en experiencias ordinarias y no constituye un privilegio reservado a unos cuantos iniciados.
Esto me parece importante porque muchas veces nos hacen creer que el arte es una especie de territorio aparte.
Un lugar al que había que entrar con cierta educación, cierto vocabulario y hasta cierta actitud corporal. Recuerden sus primeras visitas a museos. Uno caminaba más despacio, hablaba bajito y trataba de parecer que entendía. Había obras frente a las cuales yo no sentía absolutamente nada, pero me daba pena admitirlo. Miraba la cédula, leía unas cuantas palabras y esperaba que apareciera la emoción.
Con el tiempo comprendí que empezaba por el lado equivocado.
Primero hay que mirar.
Después podemos preguntar.
¿Qué me está pasando frente a esto? ¿Qué veo? ¿Qué siento? ¿Qué recuerdo? ¿Por qué esta imagen me incomoda? ¿Por qué esta otra me produce alegría? ¿Qué decisiones tomó quien la hizo? ¿Qué materiales utilizó? ¿Qué quiso provocar? Y solamente después, si hace falta, podemos acudir a la historia, a la teoría, al contexto.
El conocimiento no debería cerrar la puerta de la experiencia. Debería abrirla.
Por eso tampoco creo que el arte sea únicamente comunicación en el sentido de transmitir un mensaje como quien entrega un recado. Una obra puede comunicar una idea, desde luego, pero también puede transmitir una sensación que todavía no sabemos nombrar. Puede producir incomodidad, silencio, nostalgia, extrañeza. Puede hacernos recordar a alguien. Puede modificar nuestra manera de mirar una calle que hemos recorrido mil veces.
A veces una obra no me explica nada y, sin embargo, me cambia algo.
Pienso en Las Meninas de Velázquez. Puedo estudiar su composición, la relación entre los personajes, el espejo, la mirada, el espacio y las condiciones de representación de la corte española. Todo eso importa. Pero hay un momento en que la pintura deja de ser un problema histórico y se convierte en una experiencia: alguien me está mirando desde un lugar que no consigo determinar del todo. El cuadro me incluye y me vuelve parte de su juego.
Pienso también en Broadway Boogie Woogie de Piet Mondrian. Puedo hablar de abstracción, estructura, ritmo, geometría y modernidad. Pero basta mirarlo un rato para comprender que Mondrian no eliminó el mundo para llegar a la abstracción. Construyó otro ritmo para experimentarlo.
Y está Fountain de Marcel Duchamp. Un urinario convertido en objeto artístico. A primera vista puede parecer una provocación sencilla, pero la obra sigue siendo importante porque desplazó la pregunta. Ya no se trataba solamente de preguntar qué tan bien estaba hecho un objeto, sino quién decide qué puede entrar al territorio del arte y bajo qué condiciones.
Es ahí donde el juego vuelve a aparecer. Jugar también significa cambiar las reglas.
Eso no quiere decir que cualquier cosa sea arte simplemente porque alguien lo diga. Esa sería una respuesta demasiado sencilla. El arte requiere aprendizaje, sensibilidad, conocimiento, oficio, decisiones y una relación consciente con los materiales. La libertad artística no significa ausencia de reglas; muchas veces significa conocerlas lo suficiente para poder modificarlas.
Un músico necesita saber escuchar para poder romper un ritmo.
Un pintor necesita comprender el color para poder desobedecerlo.
Un escultor tiene que conocer el comportamiento de la materia para descubrir hasta dónde puede llevarla.
Un escritor necesita conocer el lenguaje para poder hacer que el silencio entre una palabra y otra también signifique.
Por eso hablo de una actividad lúdica a partir del aprendizaje.
El juego por sí solo no basta.
El conocimiento por sí solo tampoco.
El arte aparece, para mí, cuando ambos se encuentran.
Por qué sigo pensando que crear es una forma de aprender. Cada obra me obliga a enfrentar nuevamente algo que creía conocer. La pintura me enseña que el color tiene memoria. El dibujo me recuerda que una línea puede ser pensamiento. La escultura me hace comprender el peso. La fotografía me obliga a esperar. La música me enseña que el silencio también puede tener duración.
El artista transforma materia, pero también se transforma durante ese proceso.
Eso ocurre incluso cuando el material parece ser la ausencia de materia.
Un músico trabaja con sonidos, pero también con silencios.
Un bailarín trabaja con el cuerpo, pero también con el espacio que deja alrededor.
Un fotógrafo trabaja con luz, pero también con aquello que decide excluir del encuadre.
Un arquitecto trabaja construyendo, pero también dibujando vacíos.
Un poeta trabaja con palabras, aunque muchas veces lo más importante se encuentre precisamente entre ellas.
El silencio puede convertirse en lenguaje.
El espacio puede convertirse en lenguaje.
Una superficie puede convertirse en lenguaje.
Un cuerpo puede convertirse en lenguaje.
Y cuando digo lenguaje no me refiero únicamente a que una obra tenga algo que "decir". Me refiero a que establece una relación. Produce una experiencia compartida entre quien hace y quien observa, escucha, recorre o toca.
El arte tiene una función que me interesa mucho: hace visible, audible o sensible aquello que quizá no encontrábamos otra manera de expresar.
Una persona puede decir "estoy triste". Pero también puede pintar una habitación vacía.
Puede escribir un poema.
Puede tocar una canción.
Puede fotografiar una silla donde alguien ya no está.
Puede hacer una pequeña figura de barro y colocarla sobre una mesa.
No siempre necesitamos explicar lo que sentimos para hacerlo existir.
Aquí es donde la palabra estética adquiere para mí un significado más amplio. No la debemos entender como una colección de reglas para determinar qué es bonito. La debemos entender como una manera particular de organizar la experiencia sensible. La forma, el ritmo, la textura, el color, el sonido, el equilibrio, la tensión y el espacio no son adornos añadidos a una idea que ya estaba completa. Son parte de aquello que la obra piensa y comunica.
No debemos separar de manera rígida forma y materia, ni creación y recepción. Una obra no termina simplemente cuando el artista deja de trabajar; necesita ser experimentada, recorrida y reconstruida por quien la recibe.
Eso también me ha hecho cambiar mi manera de mirar.
Antes pensaba mucho en lo que el artista había querido decir.
Ahora me interesa también lo que sucede cuando la obra llega a otra persona.
Porque una obra nunca llega completamente vacía a quien la contempla. Cada uno lleva sus recuerdos, su educación, sus pérdidas, sus deseos, su lugar en el mundo. Una misma pintura puede provocar cosas completamente distintas en dos personas. Y eso no significa necesariamente que alguien la haya entendido mal.
El arte no es un examen.
No hay que encontrar siempre la respuesta correcta.
Una de las cosas que más me gustan del arte es precisamente esa posibilidad de equivocarnos frente a él.
En la actualidad donde casi todo parece tener que ser útil, medible y rentable, hacer algo solamente para explorar qué puede suceder me parece un acto de libertad. No una libertad ingenua, porque sabemos que vivimos dentro de condiciones sociales, económicas e históricas muy concretas. Pero sí una pequeña interrupción de esa lógica que nos pide justificar permanentemente nuestro tiempo.
¿Para qué sirve?, ¿Cuánto cuesta?, ¿Qué produce?, ¿Quién lo va a comprar?, ¿Quién lo va a reconocer?. El arte puede responder esas preguntas, pero no tiene por qué comenzar con ellas. Puede comenzar con algo mucho más sencillo:
"Quiero ver qué pasa si hago esto."
Esa frase, que parece muy sencilla, contiene para mí una de las ideas más importantes de la creación. Porque ahí todavía existe curiosidad, todavía hay posibilidad, todavía no sabemos el resultado.
Y es por eso, que después de tantos años, sigo creyendo que el arte comienza jugando. No porque sea una actividad menor, sino porque jugar nos devuelve una facultad que la vida adulta suele ir quitándonos poco a poco: la capacidad de acercarnos a las cosas sin exigirles de inmediato una utilidad.
Tomar el mundo entre las manos, moverlo un poco. Escucharlo, dejar que se resista, volver a intentarlo y finalmente encontrar una forma. Una forma que antes no estaba ahí, una forma capaz de guardar una sensación, una pregunta, una memoria o una idea y ponerla frente a otra persona.
Eso es, para mí, el arte: aprender a transformar lo que tenemos (materia, luz, sonido, silencio, espacio, cuerpo, palabra, etc.) hasta convertirlo en una experiencia que pueda ser compartida.

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