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| Nunca estamos solos FA 2026 |
Por Terrornauta
La primera vez que la muchacha me vio, yo estaba detrás de ella.
Eso es lo normal.
Uno aparece detrás de las personas. No sé quién estableció esa regla, pero funciona. Detrás de una puerta entreabierta, al fondo de un pasillo, reflejado en una ventana cuando ya es de noche. A veces debajo de una cama, aunque debo admitir que eso es bastante incómodo y está muy sobrevalorado.
Pero aquella muchacha no gritó.
Eso me pareció extraño.
Ella tenía diecisiete años y estaba sentada frente a una computadora enorme, de esas que parecían peceras vacías. En la pantalla había una conversación de Messenger. El año era 2008.
Yo estaba detrás de ella.
Ella me vio en el reflejo de la pantalla.
Se quedó quieta.
Yo también.
Esperé el grito.
No llegó.
La muchacha ladeó la cabeza.
—¿Eres tú?
No respondí.
Nunca respondo la primera vez.
Es parte del procedimiento.
Ella giró lentamente.
Yo estaba allí.
Alto, pálido, con la cara demasiado larga y los ojos hundidos. Llevaba siglos perfeccionando aquella expresión.
Ella me miró durante unos segundos.
Después preguntó:
—¿Quieres platicar?
No supe qué contestar.
Había estado muerto durante muchísimo tiempo y, sin embargo, nunca nadie me había preguntado eso.
Así que hice lo que hace cualquier aparición sobrenatural con cierta dignidad.
Desaparecí.
Al día siguiente regresé.
Ella estaba en la sala hablando por teléfono.
—No, güey, te juro que no me gusta estar sola.
Escuché la voz de una de sus amigas desde el aparato.
—¡Por eso te decimos! Nunca estamos solas…
La muchacha soltó una risita.
—Sí, pero ustedes lo dicen como si fuera algo de terror.
—Pues sí.
—¿Y si solo es un fantasma?
—Pues qué miedo.
—¿Y si está aquí?
—¡No digas eso!
La muchacha miró hacia el pasillo.
Yo estaba allí.
Esperaba que les platicara.
No lo hizo.
—Además —dijo—, si hay un fantasma, mínimo tengo con quién platicar.
Aquello me ofendió.
Yo era una entidad del inframundo.
Había pasado décadas cultivando mi presencia.
Había aprendido a apagar luces, hacer crujir muebles, respirar junto a los oídos de los vivos y mover objetos pequeños con una eficacia bastante aceptable.
No era un compañero de conversación.
Esa noche decidí asustarla.
Apagué la televisión.
La muchacha levantó la cabeza.
Volví a encenderla.
Ella sonrió.
—Ay, ya empezaste.
Me quedé inmóvil.
Apagué la televisión otra vez.
—Si vas a hacer eso —dijo—, por lo menos cambia el canal.
La encendí.
Estaba pasando un programa aburridísimo.
—No manches, ese no.
Cambié de canal.
Ella sonrió.
—Gracias.
No estaba funcionando.
Entonces hice aparecer mi rostro en la ventana.
Ella me miró.
—Ah, eres tú.
Se levantó y caminó hacia mí.
Retrocedí.
Ella abrió la ventana.
—¿Qué quieres?
Yo no dije nada.
—¿Quieres que te deje abierta?
Asentí.
—Ah.
La cerró.
—Porque hace frío.
Aquella noche comprendí que tenía un problema.
La muchacha no me tenía miedo.
La muchacha me estaba probando.
Durante los días siguientes intenté intensificar mi presencia.
Moví sus libros.
Ella los acomodó.
Hice sonar pasos en el techo.
Ella pensó que era el gato gordo del vecino.
Le susurré su nombre.
Ella respondió:
—¿Qué?
Volví a susurrarlo.
—¿Qué?
Lo hice más fuerte.
—¡¿Qué?!
Finalmente aparecí sentado al pie de su cama.
Ella me miró.
—¿No puedes hablar?
Negué con la cabeza.
—Qué raro.
Se acostó.
—Bueno, no importa.
Y comenzó a contarme su día.
Me habló durante cuarenta minutos.
De sus amigas.
De un muchacho de su escuela.
De una maestra que odiaba.
De que su mamá no la dejaba salir.
De que Messenger estaba lleno de gente que aparecía conectada y nunca contestaba.
Yo permanecí sentado.
No entendía qué estaba ocurriendo.
Nunca había sido tratado así.
Los vivos suelen rezar cuando me ven.
O corren.
Ella me contaba chismes.
Una tarde llegaron sus amigas.
Tres muchachas entraron a la casa riéndose.
—A ver, guey — le dijo a una—, ¿ya viste al fantasma?
—Sí…
Las tres dejaron de reír.
—¿Qué?
—Sí. Está aquí.
Me quedé detrás de la puerta.
La amiga abrió los ojos.
—¡Te dije!
—¿Y qué hace?
La muchacha se encogió de hombros.
—Nada.
—¿Nada?
—Pues platica conmigo.
Las tres la miraron.
Ella las miró.
—Bueno, no platica. Yo platico y él escucha.
Hubo un silencio.
Después una de las amigas dijo:
—Eso está peor.
—¿Por qué?
—Porque significa que sí existe.
—Pues qué bueno.
—¿Qué?
—Ya no estoy sola.
Las otras tres se persignaron y salieron corriendo.
Yo también habría querido persignarme, pero no recuerdo cómo.
Desde entonces comenzaron a visitarme con frecuencia.
Al principio me tenían miedo.
Después se acostumbraron.
Una de ellas incluso me puso nombre.
“Gerardo”.
No sé por qué.
Nunca me llamé Gerardo.
Pero cuando protesté, la muchacha respondió:
—Pues tienes cara de Gerardo.
No tuve argumentos.
Así que me convertí en Gerardo.
La muchacha comenzó a dejarme mensajes escritos en papel cuando salía.
“Gerardo, no muevas mis cosas.”
“Gerardo, si vas a aparecer en el espejo, avisa.”
“Gerardo, hoy regreso tarde.”
Una noche escribió:
“Gerardo, no me dejes sola.”
Aquella frase me produjo algo que los humanos llaman ternura.
O indigestión.
No estoy seguro.
El verdadero problema llegó meses después.
La muchacha cumplió dieciocho.
Sus amigas organizaron una fiesta.
Yo permanecí en una esquina observando.
Había música, refrescos, papas, adolescentes besándose en lugares donde creían que nadie los veía y una cantidad considerable de botellas con alcohol.
En algún momento la muchacha se acercó a una amiga.
—Ya no tengo miedo.
—¿De qué?
—De estar sola.
La amiga sonrió.
—¿Por qué?
La muchacha señaló hacia mí.
—Porque él está aquí.
La amiga miró.
Yo hice lo posible por parecer aterrador.
La amiga se quedó pálida.
—¡Güey!
La muchacha soltó una carcajada.
—¡Te dije!
Y entonces ocurrió algo que todavía no logro explicar.
La amiga salió corriendo.
La muchacha se quedó conmigo.
Miró hacia la puerta.
Después hacia mí.
—¿Ves?
No respondí.
—Nunca estamos solos.
Yo debería haber sentido orgullo.
En cambio, sentí miedo.
Porque comprendí que durante todo ese tiempo había pensado que yo la perseguía.
Pero quizá era al revés.
Quizá ella me había encontrado.
Quizá su insistencia en no estar sola había sido una especie de llamado.
Y quizá yo no había aparecido ante ella.
Quizá ella había buscado verme.
Hoy han pasado dieciocho años desde aquella noche.
La muchacha ya no es una muchacha.
Yo sigo siendo Gerardo.
Ella vive sola.
O eso le dice a sus conocidos.
Tiene trabajo, un departamento y un teléfono que ya no se parece en nada a aquellos aparatos del 2008.
Pero todas las noches deja una silla vacía frente a ella.
Y habla.
Habla conmigo.
A veces pienso que todavía me necesita.
A veces creo que yo soy quien la necesita a ella.
Lo extraño es que últimamente ha comenzado a hacer algo diferente.
Ya no me habla.
Me escucha.
Anoche estaba sentada en la sala cuando dijo:
—Gerardo, ¿quién está detrás de mí?
Yo estaba frente a ella.
No había nadie detrás.
Por primera vez en muchos años sentí verdadero miedo.
Entonces escuché una respiración.
Justo detrás de mí.
Muy cerca.
Una voz susurró:
—Nunca estamos solos.
La mujer sonrió.
No hacia mí.
Hacia algo que estaba detrás de mi hombro.
—¿Ves? —dijo—. Te dije que podíamos platicar los tres.
Y yo, que llevo más de un siglo aterrorizando a los vivos, comprendí que quizá había cometido el peor error de mi existencia:
haberle hecho compañía.
Ahora hay alguien más en la casa.
Y, por alguna razón, cuando ella sale, ese alguien se queda conmigo.
Anoche me preguntó si me gustaba el reguetón.
Creo que voy a volver a morir.

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