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RESONANCIAS. Si Trump pierde las elecciones intermedias: ¿qué podría ganar México?



Por TPS

Creer que las elecciones intermedias de Estados Unidos de 2026 son una especie de referéndum sobre Donald Trump puede resultar tentador, pero es totalmente cierto. Trump no se juega ahí la presidencia; lo que está en disputa es, fundamentalmente, el equilibrio de fuerzas en el Congreso. Una derrota republicana en una o ambas cámaras no desaparecería a Trump ni terminaría con sus políticas de un día para otro, pero sí podría modificar de manera importante el margen de maniobra de su gobierno.

Y para México eso importa mucho.

No porque una derrota de Trump convierta automáticamente a Estados Unidos en un vecino más amable, ni porque una mayoría demócrata en el Congreso vaya a resolver los problemas históricos de la relación bilateral. Debemos evitar esa lectura demasiado simple. La historia de la relación entre ambos países demuestra que el problema no es únicamente Trump: existe una estructura de poder estadounidense que ha ejercido presión sobre México independientemente de quién ocupe la Casa Blanca.

La diferencia es que Trump ha llevado algunas de esas prácticas a un nivel particularmente crítico.

Durante su segundo mandato, Washington ha utilizado aranceles, migración, seguridad y la lucha contra el narcotráfico como instrumentos de presión sobre México. El Congreso estadounidense también tiene capacidad para influir en esas políticas, particularmente mediante legislación, presupuestos, supervisión y su participación en la revisión del tratado comercial T-MEC. El propio Congressional Research Service ha dicho que el Congreso puede condicionar o limitar determinadas políticas de seguridad, comercio y posibles acciones militares relacionadas con México.

Por eso, una derrota republicana podría ser favorable para México en un sentido muy concreto: podría reducir la capacidad de Trump para convertir sus impulsos políticos en políticas de Estado sin encontrar obstáculos institucionales.

Menos margen para la presión unilateral

Éste quizá sería el beneficio más importante.

México sabemos que tiene una relación profundamente asimétrica con Estados Unidos. No estamos hablando de dos países que negocian desde posiciones equivalentes. Existe una frontera de casi 3,200 kilómetros, cadenas productivas profundamente integradas, millones de personas con vínculos familiares a ambos lados y una dependencia comercial que hace que cualquier decisión tomada en Washington pueda repercutir rápidamente en México.

En ese contexto, un Congreso menos favorable a Trump podría funcionar como contrapeso.

No necesariamente porque sus integrantes sean defensores de México. Ésa sería una interpretación muy ingenua. Muchos legisladores estadounidenses actuarían desde sus propios intereses electorales, económicos y estratégicos. Pero precisamente ahí puede encontrarse una oportunidad para México: los intereses de determinados sectores estadounidenses pueden coincidir con los intereses mexicanos.

Empresarios que dependen de las cadenas de suministro norteamericanas, agricultores que venden a México, fabricantes que necesitan componentes mexicanos y trabajadores cuyos empleos dependen del comercio bilateral pueden tener razones para oponerse a una guerra comercial permanente.

La integración económica, aunque surgió dentro de un orden capitalista profundamente desigual, ha creado también interdependencias que limitan la capacidad de destruir unilateralmente los vínculos sin producir costos internos.

El comercio: una oportunidad, pero no una salvación

Otro espejismo que se debe evitar.

Una derrota de Trump podría reducir la presión para utilizar los aranceles como arma política, pero no significa necesariamente que Estados Unidos abandone su tendencia proteccionista. Tampoco significaría que Washington renuncie a defender sus intereses durante la revisión del T-MEC.

De hecho, las negociaciones de 2026 ya incluyen asuntos sensibles como automóviles, acero, aluminio, agricultura, condiciones laborales y seguridad económica.

México, por tanto, no debería limitarse a esperar que un cambio en el Congreso estadounidense resuelva sus problemas. La verdadera oportunidad sería utilizar un escenario menos hostil para renegociar desde una posición de mayor dignidad y autonomía.

Esto implica algo más que vender más mercancías a Estados Unidos.

México tendría que preguntarse qué tipo de economía quiere construir.

Porque sustituir la dependencia de un proveedor chino por una dependencia de Estados Unidos no constituye soberanía económica. Tampoco lo es convertir al país en una gigantesca plataforma maquiladora cuyos beneficios principales se concentren en empresas transnacionales mientras los salarios permanecen bajos.

El objetivo no debería ser simplemente que México resulte más atractivo para el capital extranjero, sino que la integración regional produzca mejores condiciones materiales para la población mexicana.

Migración: un posible cambio de clima político

Otro terreno donde una derrota de Trump podría tener efectos positivos sería el migratorio.

La migración ha sido utilizada por Trump como una cuestión de seguridad nacional y como instrumento de movilización política. Una modificación del equilibrio legislativo podría dificultar algunas iniciativas más extremas, aunque no necesariamente implicaría una transformación inmediata de la política migratoria.

México podría encontrar entonces mayor espacio para insistir en una idea que durante décadas ha sido incómoda para Washington: la migración no puede explicarse exclusivamente como un problema de control fronterizo.

Detrás de los movimientos migratorios existen desigualdades económicas, violencia, conflictos políticos, crisis ambientales, mercados laborales transnacionales y una historia de intervenciones estadounidenses en América Latina.

El migrante no aparece de pronto en la frontera. Es el resultado de una historia.

Y ésa es una de las cuestiones que una política exterior mexicana más independiente debería colocar sobre la mesa.

Seguridad: probablemente el asunto más delicado

Aquí los beneficios serían mucho más inciertos.

El gobierno de Trump ha elevado el discurso contra los cárteles hasta convertirlo en un asunto de seguridad hemisférica, y Washington ha planteado incluso escenarios de acción unilateral. México ha insistido en que puede cooperar en materia de inteligencia y seguridad, pero sin aceptar una intervención militar estadounidense en territorio nacional.

Una derrota republicana podría dificultar que Trump obtuviera respaldo político y presupuestario para determinadas iniciativas. Eso sería positivo para México porque reduciría el riesgo de que la lucha contra el narcotráfico terminará transformándose en una justificación para vulnerar la soberanía nacional.

Pero tampoco debemos caer en la ilusión de que un Congreso demócrata necesariamente adoptaría una política pacifista hacia México.

El consenso estadounidense sobre seguridad, narcotráfico y control fronterizo atraviesa a ambos partidos.

Por eso, México no debería depender de quién gane en Washington. Debería construir una política de seguridad capaz de negociar con cualquier gobierno estadounidense desde una posición de soberanía.

El verdadero beneficio sería político, no solamente económico

Quizá la mayor ventaja para México de una derrota electoral de Trump sería la posibilidad de recuperar cierto espacio diplomático.

En los últimos meses, las relaciones bilaterales han estado marcadas por presiones comerciales, conflictos sobre seguridad, acusaciones contra funcionarios mexicanos y disputas relacionadas con la soberanía. Recientemente, incluso la cancelación de visas a políticos mexicanos ha generado acusaciones de injerencia y tensiones diplomáticas.

Un Congreso más dispuesto a controlar los excesos del Ejecutivo podría abrir un espacio para regresar a una diplomacia menos dominada por la amenaza.

Pero México tendría que saber utilizarlo.

La peor estrategia sería interpretar una derrota de Trump como permiso para volver a la comodidad diplomática de siempre.

El peligro de confundir a Trump con Estados Unidos

México no puede construir su política exterior alrededor del amor o el odio hacia un presidente estadounidense.

Trump es una persona, una corriente política y una expresión particularmente agresiva de determinadas tendencias. Pero Estados Unidos es una estructura mucho más antigua: tiene intereses militares, financieros, industriales, energéticos, tecnológicos y geopolíticos que sobreviven a los presidentes.

Los gobiernos cambian. Las estructuras permanecen.

Por eso es un error pensar que la salida electoral de Trump o una derrota de su partido acabaría con el intervencionismo estadounidense en América Latina.

La historia latinoamericana demuestra lo contrario.

Estados Unidos ha intervenido en la región bajo presidentes republicanos y demócratas, conservadores y liberales. Ha apoyado dictaduras y gobiernos democráticos, ha promovido tratados comerciales y sanciones, ha intervenido directa o indirectamente en procesos políticos y ha considerado históricamente a América Latina como una zona prioritaria de sus intereses estratégicos.

Trump no inventó esa relación de poder. La hizo más estridente.

¿Qué debería hacer México?

La respuesta más inteligente no sería esperar el resultado de noviembre.

México debería prepararse para ambos escenarios.

Si Trump pierde capacidad legislativa, habría que aprovechar el espacio para fortalecer la negociación del T-MEC, defender la soberanía mexicana y construir acuerdos con sectores económicos y políticos estadounidenses que tengan interés en preservar una relación estable.

Pero, simultáneamente, México tendría que acelerar algo mucho más importante: reducir su vulnerabilidad estructural.

Diversificar mercados. Fortalecer el mercado interno. Invertir en ciencia y tecnología. Recuperar capacidades industriales estratégicas. Desarrollar infraestructura propia. Profundizar las relaciones con América Latina. Fortalecer vínculos con otras regiones del mundo. Y, sobre todo, dejar de concebir el desarrollo nacional como la simple capacidad de atraer capital extranjero.

Porque una nación puede exportar muchísimo y continuar siendo dependiente.

Puede tener crecimiento económico y conservar enormes desigualdades.

Puede formar parte de una de las regiones comerciales más importantes del mundo y, al mismo tiempo, carecer de autonomía para decidir sobre su propio destino.

Ésa debería ser la discusión.

Una oportunidad que no debemos idealizar

Si Trump pierde las elecciones intermedias, México podría respirar un poco mejor. Podría encontrar mayores contrapesos frente a las políticas más agresivas de Washington, mejores condiciones para negociar y quizá un escenario menos propicio para las amenazas comerciales o militares.

Pero respirar no es lo mismo que liberarse.

La verdadera oportunidad no estaría en esperar que Estados Unidos cambie, sino en utilizar cualquier disminución de la presión estadounidense para que México fortalezca su propia capacidad de decidir.

Ésa es quizá la diferencia fundamental.

No necesitamos un imperio más amable.

Necesitamos una relación en la que México tenga mayor capacidad para decir no sin que ese "no" implique una catástrofe económica.

Y ése es, finalmente, el problema de fondo. La soberanía no consiste solamente en que nadie entre por la fuerza en nuestro territorio. También consiste en tener suficientes herramientas económicas, políticas y diplomáticas para que ninguna potencia pueda imponer sus condiciones simplemente porque sabe que nosotros no tenemos alternativa.

Si una derrota de Trump puede abrir esa pequeña ventana, México debería aprovecharla. No para escoger un nuevo amo, sino para empezar, por fin, a necesitar menos de ellos.


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