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REFLEXIONES SOBRE MI OBRA. Florecimiento (2010)

Florecimiento
Intervención en el paisaje, madera, manta y cuerda.
8 m de diametro y 2.5 m de altura
2010


Por Félix Ayurnamat

Florecimiento fue parte del Festival Arte de la Tierra del Jardín Botánico de la UNAM en 2010, a partir de una inquietud que uso en muchas de mis obras: cómo podemos estar dentro de la naturaleza sin sentir que necesitamos dominarla.

Desde el principio quise evitar la idea de colocar una escultura en el paisaje como quien pone un objeto sobre una mesa. Me interesaba otra relación. Por eso trabajé con madera, cuerda y manta, materiales sencillos, ligeros y vulnerables a las condiciones del lugar. La estructura tiene aproximadamente ocho metros de diámetro y dos metros y medio de altura, pero a pesar de sus dimensiones no quise que se sintiera pesada. Al contrario, buscaba que pudiera respirar.

La manta fue especialmente importante. Al tensarla entre las estructuras de madera, el viento comenzó a formar parte de la pieza. Lo que yo había construido dejaba de comportarse exactamente como había previsto. Una tela que en un momento permanecía quieta podía comenzar a moverse unos segundos después; una sombra cambiaba de posición; una superficie que parecía completamente plana adquiere volumen con una corriente de aire. Mi intención era que la obra no estuviera terminada. Que el paisaje continuará haciéndola.

Eso es precisamente lo que me interesa de la adaptación. No la entiendo como una simple capacidad de resistir, sino como la posibilidad de cambiar sin desaparecer. En la naturaleza nada permanece completamente inmóvil. Las plantas buscan la luz, las ramas ceden al viento, el agua encuentra otros recorridos cuando encuentra un obstáculo. Incluso una piedra, que parece ser la imagen misma de la permanencia, cambia lentamente.

Quería que Florecimiento tuviera algo de ese comportamiento.

La disposición de las piezas de madera genera una especie de apertura central y, alrededor de ella, las telas se despliegan como pétalos, alas o velas. Nunca me interesó decidir de manera definitiva qué debía representar. Quería que se viera como una flor enorme; o como una embarcación detenida entre la vegetación. También remitir a un organismo que acaba de abrirse al espacio. Supongo que esa ambigüedad es necesaria, porque una forma demasiado definida habría limitado su relación con el entorno.

La luz fue otro material con el que tuve que aprender a trabajar. Durante el día, las superficies blancas de la manta reflejan el sol y producen una presencia muy distinta a la que tienen cuando la tarde comienza a bajar. Las sombras de las telas y de las ramas se mezclan. La obra cambia sin que nadie tenga que tocarla.

Eso me interesa particularmente: construir algo que acepte no ser siempre igual.

Quizá porque estamos acostumbrados a pensar que una obra debe conservar una apariencia estable, como si su identidad dependiera de permanecer intacta. Aquí sucedía lo contrario. El viento puede inclinar una tela, el agua puede modificar el suelo alrededor de la estructura, el sol puede cambiar completamente la percepción del conjunto. La pieza se vuelve inseparable del lugar donde existe.

También por eso la escala era importante. Ocho metros de diámetro pueden parecer una medida considerable cuando se piensa en un objeto aislado, pero dentro de un jardín y rodeada de árboles, nopales, tierra y cielo, la estructura adquiere otra proporción. El paisaje la contiene. Y esa relación me parece más interesante que cualquier intento de monumentalidad.

Durante la construcción hubo cosas que no pude controlar y que terminaron siendo parte de la obra. La tensión de las cuerdas nunca fue idéntica, la manta reaccionaba de manera diferente dependiendo de su posición y la madera conservaba sus propias irregularidades. En lugar de corregir completamente esas diferencias, decidí aceptarlas. Había algo contradictorio en querer construir una estructura para hablar de adaptación y, al mismo tiempo, pretender que todo quedara perfectamente controlado.

Esa contradicción terminó siendo importante para mí.

Pienso que muchas veces hacemos algo parecido con nuestra propia vida. Construimos planes, ideas para sentirnos seguros y después descubrimos que también eso necesita moverse. Nos aferramos a una forma de estar en el mundo y, tarde o temprano, alguna circunstancia nos obliga a modificarla. No siempre sabemos si ese cambio será una pérdida o una oportunidad. A veces sólo podemos descubrirlo después.

Florecimiento tampoco intenta dar una respuesta a esa incertidumbre. Prefiero verla como una experiencia abierta. Una estructura que parece estar suspendida entre la tierra y el aire, que necesita de sus materiales pero también del clima, de la luz y del movimiento del lugar para adquirir sentido.

El título apareció de manera natural. Florecer no significa permanecer idéntico, sino abrirse. Una flor cambia desde que aparece hasta que desaparece, y en ese breve proceso contiene una cierta cantidad de tiempo. Algo parecido ocurre aquí: la obra se abre al paisaje sabiendo que el paisaje terminará transformándola.

Florecimiento es para mí una forma de recordar que no todo tiene que imponerse para existir. Hay estructuras que pueden sostenerse precisamente porque saben ceder. Hay formas de estar presentes que consisten en escuchar el lugar, aceptar sus cambios y dejar que una parte de lo que somos se transforme con aquello que nos rodea.

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