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RECUERDOS . EL OLVIDO.

El olvido
(Homenaje a Manuel Ahumada y su Vida en el limbo)
FA
2026


Por Félix Ayurnamat

El olvido llega sin hacer ruido.

Primero se lleva los nombres. Después las caras. Luego aquello que alguna vez nos pareció tan importante que juramos no olvidarlo nunca.

Uno se da cuenta demasiado tarde.

Una mañana quiere recordar la voz de su madre y sólo encuentra un murmullo perdido detrás de otros murmullos. Quiere acordarse de la casa donde pasó la infancia y ya no sabe si aquella ventana daba al patio o a la calle. Hasta el olor de la tierra cambia con los años. Uno piensa que lo conserva, pero no. Lo que conserva es la idea de haberlo olido.

Así comienza el olvido.

No de golpe, como la muerte, sino despacio. Con esa paciencia que tienen las cosas que saben que terminarán venciendo.

También los lugares se olvidan. Se les van muriendo las calles, las tiendas, los nombres de las esquinas. Un día derriban una casa y al siguiente nadie recuerda quién vivía allí. Sólo queda el terreno vacío, esperando que alguien construya encima otra vida que tampoco habrá de durar.

A veces camino por esos lugares y me parece escuchar a los que ya no están.

No sé si son recuerdos.

Quizá son solamente ruidos que hace la tierra cuando se queda sola.

Porque los muertos no siempre desaparecen cuando mueren. Desaparecen cuando dejamos de nombrarlos. Mientras alguien diga su nombre, aunque sea equivocadamente, todavía tienen un sitio entre nosotros. Pero llega el día en que nadie pregunta por ellos. Entonces se vuelven más ligeros. Se desprenden de las cosas. Dejan de pesar en las fotografías. Hasta sus rostros comienzan a parecerse a los de otros.

Eso debe ser el olvido: dejar de pertenecer a la memoria de alguien.

Yo también he comenzado a olvidarme.

Hay partes de mí que ya no reconozco. Un muchacho que fui alguna vez sigue sentado en algún lugar, esperando que vuelva por él. Tal vez tiene frío. Tal vez lleva años esperando. No puedo saberlo porque tampoco recuerdo dónde lo dejé.

Quizá todos somos eso al final: personas que van perdiendo pedazos de sí mismas por el camino.

Primero olvidamos a los otros.

Después olvidamos quiénes éramos cuando los quisimos.

Y al final ya no queda nadie que pueda decir que alguna vez estuvimos aquí.

Por eso a veces, antes de dormir, trato de recordar un rostro. Cualquiera. El de alguien que amé, el de alguien que murió, el de alguien que apenas conocí.

Lo miro en la oscuridad hasta que comienza a borrarse.

Entonces cierro los ojos.

Y por un momento todavía está allí.

Después tampoco.

Y comprendo que quizá morir no sea dejar de respirar.

Quizá sea que un día nadie pueda recordar que respiramos.


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