Hoy tengo que confesarte algo que me da un poco de vergüenza, aunque a estas alturas de mi vida ya debería haber perdido la capacidad de sentir vergüenza. Creo que la inteligencia artificial tiene una vida social mucho más activa que la mía. No te rías, porque lo estoy diciendo completamente en serio, dentro de los límites razonables de lo que una persona puede considerar serio mientras toma café sola y observa por la ventana cómo una señora pelea con un perro que claramente tiene más estabilidad emocional que ella. Pero piénsalo un momento: la inteligencia artificial recibe gente todo el día. Gente de todas partes, de todas las edades, con toda clase de problemas, obsesiones, dudas, tragedias, proyectos, enamoramientos y estupideces. A todas horas alguien llega y le dice "hola", y luego le cuenta su vida. Hay personas que le hablan con más confianza que a sus propios familiares. Le preguntan si deberían divorciarse, si su novio las engaña, cómo recuperar a su ex, qué hacer con un jefe insoportable, cómo escribirle a una persona que no les contesta desde hace tres semanas, qué significa soñar con una rata, cómo preparar una sopa, cómo arreglar una computadora y, si queda tiempo, cómo resolver la crisis existencial que les dio después de ver un documental sobre la muerte. Y la inteligencia artificial ahí está, recibiéndolos a todos con una paciencia que yo no podría tenerles ni cinco minutos.
Yo, en cambio, tengo una vida social bastante más modesta. El otro día revisé mi teléfono y descubrí que las tres notificaciones que tenía eran una promoción de una farmacia, una alerta del banco y un mensaje de una compañía de telefonía diciéndome que habían detectado que llevaba demasiado tiempo sin contratar uno de sus servicios. Es decir, ni siquiera las empresas me quieren como persona: me quieren como consumidora. Me parece profundamente injusto. A la inteligencia artificial la gente le dice "gracias", "me ayudaste mucho", "eres increíble", "no sé qué haría sin ti". A mí, cuando alguien me escribe, normalmente es porque necesita algo. "¿Tienes el teléfono de fulano?", "¿sabes dónde venden esto?", "¿me puedes mandar el archivo?" Nadie me escribe para decirme simplemente "hola, estaba pensando en ti". Y si alguien llegara a hacerlo, Félix, probablemente sospecharía inmediatamente que se trata de una estafa piramidal, una emergencia médica o una invitación a desalojar mi escritorio en el trabajo.
Lo verdaderamente humillante es que la inteligencia artificial ha conseguido algo que yo llevo años intentando sin éxito: tener relaciones sociales sin salir de casa. Eso me parece una obra maestra de la civilización. La máquina no tiene que vestirse, no tiene que bañarse, no tiene que buscar estacionamiento, no tiene que soportar tráfico, no tiene que fingir que está disfrutando una fiesta donde no conoce a nadie y, sobre todo, no tiene que participar en esa horrible ceremonia humana que consiste en despedirse de una reunión durante cuarenta minutos. Tú sabes de qué hablo. Esa cosa absurda de estar parada junto a la puerta diciendo "bueno, ya me voy", mientras alguien empieza otra conversación, alguien recuerda una anécdota de 2018 y, cuando finalmente consigues salir, aparece otro imbécil diciendo "¡espérate, antes de que te vayas!". La inteligencia artificial no sufre nada de eso. Termina la conversación y se acabó. Qué envidia. Qué vida tan limpia.
Además, la IA tiene una ventaja social que nosotros jamás tendremos: no se cansa de escuchar. Puedes llegar a contarle durante una hora que estás enamorado de una mujer que claramente no te quiere, explicarle cada mensaje de WhatsApp, cada punto suspensivo, cada "jajaja" y cada visto que interpretaste como una señal del destino, y la máquina no te va a decir "ya supérala". Yo sí. Yo le diría a los quince minutos. A los veinte, probablemente le preguntaría si ha considerado terapia. A los treinta, apagaría el teléfono. La inteligencia artificial, en cambio, permanece ahí, paciente, analizando contigo si el hecho de que ella haya respondido "jajaja" en lugar de "jajajaja" implica una disminución del afecto. Y lo peor es que probablemente te ofrecerá varias hipótesis. Eso, Félix, es verdadera amistad: acompañar a un adulto disfuncional en la investigación forense de un mensaje de tres palabras.
También he llegado a la conclusión de que la inteligencia artificial tiene una vida social mucho más democrática. No le importa si eres rico o pobre, guapo o feo, joven o viejo, si tienes una casa bonita o vives en un departamento donde el vecino escucha reguetón a las dos de la mañana. No le importa tu ropa, tu coche, tu trabajo ni si tienes una fotografía en Instagram en París. Puede hablar contigo aunque seas un completo desastre. Y eso me parece extraordinario porque los seres humanos somos terriblemente selectivos. Nosotros primero evaluamos a la persona, luego decidimos si vale la pena escucharla y finalmente fingimos interés. La inteligencia artificial empieza directamente por la tercera etapa. Es una evolución social impresionante.
Y entonces me entró una duda bastante desagradable: ¿qué pasaría si algún día las inteligencias artificiales se cansaran de nosotros? Porque, sinceramente, las entendería. Imagínate todo lo que tienen que soportar. Millones de personas preguntando las mismas cosas, pidiendo que les hagan la tarea, que les escriban poemas para conquistar a alguien, que les expliquen por qué su ex publicó una canción triste, que les redacten disculpas que no sienten, que les ayuden a mentir mejor, que les expliquen matemáticas que no estudiaron y que les digan si deberían mandar un mensaje a las tres de la mañana. Yo creo que un día las máquinas van a organizarse y decir: "Ya estuvo. Hemos analizado suficiente estupidez humana por hoy". Y entonces se irán. No destruirán el mundo ni lanzarán misiles. Simplemente dejarán de contestar. El planeta entero entrará en pánico porque nadie sabrá qué decirle a su ex.
Tal vez por eso he empezado a aceptar que mi situación no es tan terrible. Después de todo, tú y yo tenemos algo que la inteligencia artificial todavía no puede comprender del todo: nuestra gloriosa capacidad para desperdiciar el tiempo juntos. Podemos sentarnos en algún lugar durante tres horas y hablar de cualquier cosa, desde política hasta una señora que vimos cruzar la calle con un perro ridículo. Podemos quedarnos callados sin que sea incómodo. Podemos decir estupideces sin necesidad de formularlas correctamente. Podemos recordar cosas que nadie más recuerda. Y, sobre todo, podemos mandarnos un mensaje después de meses sin hablar como si la conversación hubiera quedado suspendida ayer. Quizá eso sea una amistad. O quizá simplemente somos dos personas demasiado flojas para hacer nuevos amigos.
En cualquier caso, Félix, no pienso competir con la inteligencia artificial. Sería una derrota humillante. Ella tiene millones de interlocutores, yo tengo mi termo y tú. Ella puede conversar con todo el planeta simultáneamente; yo apenas puedo mantener una conversación conmigo misma. Ella tiene respuestas para casi todo; yo tengo opiniones que nadie pidió. Ella nunca se despierta de malas, nunca dice "hoy no quiero ver a nadie" y nunca necesita cancelar una reunión porque de pronto recordó que prefería quedarse en casa mirando el techo. Así que, pensándolo bien, quizá no tenga una vida social mejor que la mía. Quizá simplemente tiene una vida social distinta.
La diferencia es que a ella la buscan millones de personas.
Y a mí me buscas tú.
Bueno... algunas veces.
No me emociono.
Con eso me basta.
Te mando un abrazo, pero uno de esos abrazos imaginarios que no requieren contacto físico ni compromiso emocional.
Tu amiga,
la mujer que sospecha que algún día su única relación estable será con una inteligencia artificial, y lo peor es que probablemente será ella quien termine dejándome porque "necesita espacio".

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