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FÁBULAS INSULSAS. La Asamblea de los Sabios



Por TPS

En cierta ocasión, los animales del bosque decidieron reunirse para encontrar la causa de todas sus desgracias.

Habían desaparecido los frutos, el río estaba sucio, los cazadores entraban cada vez más lejos en el bosque y, para colmo, los animales llevaban varios años discutiendo sobre asuntos que ninguno comprendía.

—Necesitamos una explicación —dijo el León.

Y como en todo reino donde abundan los problemas pero escasean las soluciones, inmediatamente se convocó una asamblea.

Acudieron el Búho, la Zorra, el Mono, el Cuervo, la Tortuga, el Burro y una gran cantidad de animales cuya principal virtud consistía en tener algo que decir.

El Búho tomó la palabra.

—Quizá deberíamos observar primero qué está ocurriendo y después sacar conclusiones.

Todos guardaron silencio.

Aquella propuesta parecía peligrosamente razonable.

Entonces el Mono levantó la mano.

—Yo propongo que hagamos exactamente lo contrario.

—¿Por qué?

—Porque siempre lo hemos hecho así.

La propuesta fue recibida con entusiasmo.

El Burro golpeó una piedra con una pezuña.

—¡Eso es tradición!

El Cuervo graznó:

—¡Y lo tradicional debe ser bueno!

La Tortuga preguntó:

—¿Aunque esté mal?

Hubo un silencio incómodo.

—Especialmente si está mal —respondió el Burro—. De otro modo, ya lo habríamos cambiado y dejaría de ser tradición.

Todos aplaudieron.

El Búho cerró los ojos.

Ya comprendía que la reunión iba a ser larga.

La Zorra propuso entonces que cada animal explicara cómo resolvería el problema.

El Pavo Real fue el primero.

—La solución consiste en que todos reconozcan mi superioridad.

—¿Y cómo resolvería eso la falta de agua? —preguntó el Búho.

—No lo sé —respondió el Pavo Real—, pero estoy seguro de que sonaría muy bien.

Después habló el Mono.

—Debemos prohibir que cualquiera haga preguntas.

—¿Por qué?

—Porque las preguntas generan dudas.

—¿Y las dudas?

—Las dudas producen pensamiento.

—¿Y qué tiene de malo pensar?

El Mono miró alrededor, alarmado.

—Eso precisamente es lo peligroso.

La propuesta fue aprobada por mayoría.

A partir de ese día quedó establecido que ningún animal podría cuestionar una idea una vez que hubiera sido pronunciada con suficiente seguridad.

La nueva norma produjo resultados extraordinarios.

Los animales comenzaron a discutir con mayor confianza.

Nadie sabía nada, pero todos tenían opiniones.

Quien ignoraba un asunto hablaba de él durante horas.

Quien sabía algo era sospechoso.

Quien admitía no saberlo era considerado débil.

Y quien preguntaba "¿por qué?" era enviado a sentarse aparte, pues su actitud podía resultar contagiosa.

Un día, el Búho intentó advertirles:

—La ignorancia no consiste en ignorar algo. Consiste en negarse a aprenderlo.

—¡Silencio! —gritaron todos.

—Pero...

—¡Está dudando!

—No estoy dudando.

—¡Peor! Está haciendo pensar a los demás.

Entonces el León ordenó que lo expulsaran del bosque.

Y así fue como el único animal que sabía que podía estar equivocado fue desterrado por un grupo de animales absolutamente convencidos de tener razón.

Pasaron los años.

El río terminó de secarse.

Los árboles dejaron de dar frutos.

Los cazadores ocuparon el bosque.

Los animales, hambrientos, se reunieron nuevamente.

—¿Quién tuvo la culpa? —preguntó la Tortuga.

Todos comenzaron a señalarse.

El Mono acusó al Cuervo.

El Cuervo acusó al Burro.

El Burro acusó a la Tortuga.

La Tortuga acusó al León.

El León acusó a todos.

Finalmente, alguien recordó al Búho.

—Él nos advirtió.

Todos se miraron.

—Entonces —dijo el Pavo Real— la culpa es suya.

Y así quedó resuelto el asunto.

La decisión fue celebrada como el mayor triunfo de la inteligencia colectiva.

El bosque, naturalmente, desapareció poco después.

Pero los animales murieron satisfechos de haber tenido razón.

Moraleja

La ignorancia es una desgracia; la estupidez, en cambio, es un privilegio: permite no saber nada y sentirse superior a quien sabe.

 

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