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DESENFOQUES. Terry Gilliam: la pesadilla de estar despiertos

Vegafi, CC BY-SA 3.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0>, via Wikimedia Commons


Por Andrea Méndez

Ayer vi otra vez Brazil de Terry Gilliam: en los primeros minutos me río, después empiezo a sentirme incómoda y, cuando menos me doy cuenta, ya estoy dentro de una pesadilla.

No una pesadilla convencional, de esas donde alguien te persigue por un pasillo oscuro con un hacha. Las pesadillas de Gilliam son más bien burocráticas, tecnológicas, sociales. Tienen formularios, oficinas, teléfonos, máquinas que hacen demasiado ruido, conductos de ventilación, jefes insoportables, policías, anuncios publicitarios y señores perfectamente normales que de pronto descubren que el mundo no tiene ningún sentido.

Y eso, por lo menos para mí, es mucho más aterrador.

La primera vez que vi Brazil (1985) era bastante más joven y todavía tenía la ingenuidad de pensar que las películas distópicas hablaban de un futuro lejano. Me acuerdo de esa sensación de fascinación frente a los edificios, los tubos, las pantallas, los papeles acumulándose por todas partes. Todo parecía ridículo y excesivo, pero al mismo tiempo extrañamente familiar.

Con los años entendí que Gilliam no necesitaba imaginar un futuro monstruoso.

Le bastaba con exagerar el presente.

En Brazil, Sam Lowry vive atrapado en un sistema burocrático tan absurdo que termina pareciendo una prolongación de su propia mente. El personaje no solamente quiere escapar de un sistema opresivo: necesita imaginar otro mundo para poder soportar éste.

Sus sueños están llenos de espacios abiertos, vuelos, gigantes, paisajes imposibles. Mientras su realidad está comprimida por oficinas y máquinas, su imaginación insiste en producir amplitud.

Es una oposición que Gilliam construye constantemente: la realidad como encierro y la fantasía como último territorio de libertad.

Pero hay una cosa todavía más perturbadora en su cine.

La fantasía tampoco es completamente segura.

Gilliam nos muestra qué ocurre cuando una persona necesita tanto escapar de la realidad que ya no puede distinguir dónde termina el mundo exterior y dónde comienza su propio deseo.

Eso aparece de manera brutal en The Fisher King (1991). Aquí el director abandona parcialmente la estética de la maquinaria distópica y entra en un territorio más íntimo: la culpa, el trauma, la soledad y la necesidad de redención.

Robin Williams interpreta a Parry, un hombre que vive atrapado en una realidad deformada por una experiencia traumática. Su locura no es presentada simplemente como una enfermedad que hay que corregir. Gilliam la convierte en un lenguaje.

Parry necesita construir un mundo fantástico porque el mundo real le resulta insoportable.

Y eso me agrada muchísimo.

Porque existe algo muy interesante en esa idea: la fantasía no siempre es lo contrario de la realidad. A veces es el mecanismo que utilizamos para poder sobrevivirla.

Gilliam entiende esto sin necesidad de explicarlo.

Lo filma.

Cuando Parry observa Nueva York, la ciudad cotidiana puede convertirse de pronto en un territorio medieval. La estación Grand Central deja de ser una estación y adquiere una dimensión casi mítica. Los vagabundos parecen caballeros. Los edificios se transforman en castillos.

La cámara de Gilliam no nos dice: “este hombre está delirando”.

Hace algo mucho más interesante.

Nos permite ver el mundo como él lo ve.

Y por unos instantes, incluso nosotros aceptamos su delirio.

Para mí ahí está una de las grandes virtudes de Gilliam: nunca se conforma con representar la locura desde afuera.

Quiere entrar en ella.

Algo que también ocurre en 12 Monkeys (1995), aunque aquí el asunto se vuelve todavía más complejo. La película está construida sobre recuerdos fragmentados, viajes temporales, paranoia y una sensación permanente de déjà vu.

La primera vez que la vi, tuve la impresión de que la película estaba mal construida.

Después pensé que quizá nosotros éramos quienes teníamos que arreglarla.

Y tal vez ésa sea la experiencia correcta.

James Cole no puede confiar completamente en sus recuerdos. El pasado, el presente y el futuro comienzan a mezclarse. Las imágenes se repiten, pero cada repetición modifica su significado.

Hay una secuencia particularmente importante: el recuerdo de un hombre corriendo en un aeropuerto.

Desde el principio sabemos que esa imagen significa algo, pero no sabemos exactamente qué.

Gilliam convierte el recuerdo en una especie de trampa psíquica.

Uno recuerda algo que todavía no comprende.

Y eso es muy angustiante porque nuestra identidad depende, en buena medida, de la ilusión de que nuestros recuerdos tienen una estructura coherente.

En Gilliam, esa estructura se rompe.

Quizá por eso sus personajes suelen sentirse atrapados dentro de realidades que no pueden interpretar correctamente.

En The Imaginarium of Doctor Parnassus (2009), esta obsesión adquiere una forma todavía más extravagante. El espejo se convierte en puerta, la imaginación en territorio físico y la identidad deja de ser algo estable.

Me gusta mucho esa película por una razón bastante sencilla: Gilliam parece desconfiar profundamente de la idea de que exista un “yo” definitivo.

Sus personajes cambian, se transforman, se disfrazan, se inventan.

Como si la identidad fuera apenas una narración provisional.

Y entonces llegamos a The Adventures of Baron Munchausen (1988), que podría parecer simplemente una celebración de la imaginación. Pero incluso ahí aparece la sospecha de que la fantasía es una forma de resistencia.

El Barón se niega a aceptar un mundo sin maravillas.

Y quizá eso sea algo muy serio disfrazado de extravagancia.

Gilliam nos muestra que la imaginación no es infantil.

Infantil es aceptar sin cuestionar una realidad absurda solamente porque todos los demás ya se acostumbraron a ella.

Por eso sus películas están llenas de personajes que sueñan.

Pero no sueñan porque sean felices.

Sueñan porque algo está mal.

Esta diferencia me parece sumamente importante.

El surrealismo de Gilliam nunca es únicamente decorativo. Sus imágenes pueden ser deslumbrantes, sí, pero debajo de ellas casi siempre existe una angustia.

Sus máquinas parecen diseñadas por alguien que tuvo un ataque de ansiedad.

Sus cuerpos parecen demasiado pequeños frente a las estructuras que los rodean.

Y sus personajes frecuentemente aparecen atrapados dentro de encuadres abarrotados, como si incluso el espacio cinematográfico conspirara contra ellos.

Eso es algo que sufro muchísimo al observar.

Gilliam no utiliza el diseño de producción simplemente para crear mundos extraños. Utiliza el espacio como una representación psicológica.

En Brazil, por ejemplo, los tubos atraviesan las paredes porque el sistema ha invadido literalmente el espacio privado. Ya no existe una separación clara entre la persona y la maquinaria social.

La casa deja de ser refugio.

La oficina deja de ser solamente un lugar de trabajo.

La ciudad deja de ser ciudad.

Todo se convierte en una extensión de la pesadilla.

Y hay otra cosa que siempre me ha llamado la atención: sus personajes suelen ser personas profundamente vulnerables.

No son héroes tradicionales.

Sam Lowry es tímido. James Cole está aterrorizado. Parry está roto. El protagonista de The Zero Theorem (2013), Qohen Leth, está obsesionado con encontrar una respuesta que probablemente no existe.

Son personajes que no dominan el mundo.

El mundo los domina a ellos.

Y posiblemente es por eso sus aventuras resultan tan melancólicas.

Porque Gilliam puede llenar la pantalla de monstruos, colores, máquinas imposibles y criaturas fantásticas, pero debajo de todo eso hay personas que quieren algo muy sencillo: ser libres, ser amadas, encontrar sentido o simplemente descansar.

Al volver a ver sus películas, cada vez me hacen menos gracia.

Y no lo digo como algo negativo.

Al contrario.

Antes me quedaba con la imaginación visual. Con los diseños, los efectos, los movimientos de cámara, los encuadres imposibles.

Ahora me fijo más en los silencios.

En la soledad de los personajes.

En los momentos donde alguien mira hacia una ventana y parece preguntarse si existe otra vida posible.

Para mí ésa es la verdadera tristeza del cine de Terry Gilliam.

Sus personajes imaginan mundos extraordinarios porque el mundo que les tocó vivir resulta demasiado pequeño.

Pero Gilliam tampoco nos permite refugiarnos completamente en la fantasía.

Siempre termina recordándonos que hay un cuerpo, una sociedad, una historia, una muerte.

La imaginación puede abrir una puerta.

No necesariamente puede salvarnos.

Y tal vez por eso viendo sus películas.

Porque hay días en que el mundo parece perfectamente racional y, sin embargo, algo no termina de cuadrar.

Entonces pongo Brazil, 12 Monkeys, Tideland o The Fisher King.

Y durante un par de horas todo vuelve a tener sentido precisamente porque nada tiene sentido.

Supongo que ésa es la paradoja de Terry Gilliam.

Nos muestra mundos imposibles para hablarnos de una realidad demasiado verdadera.

Y, quizá, nos recuerda algo que a veces olvidamos: que imaginar otra realidad no significa necesariamente querer escapar de ésta.

A veces significa negarse a aceptar que ésta sea la única que podemos tener.


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