Querido Félix:
Sobreviví.
No sé si eso cuenta como un triunfo personal o como una omisión administrativa de la Muerte, pero aquí sigo, escribiéndote desde una ciudad que, cada que juega un equipo con más esperanzas que capacidades futbolísticas en el Estadio Azteca ( porque así se llama, nada de Cañedo, Banorte, Ciudad de México ni esas ocurrencias corporativas; mi abuelito, que sabía mucho de la vida y poco de mercadotecnia, decía que ese montón de cemento siempre se llamaría Estadio Azteca y punto) entra en un estado muy parecido al Apocalipsis, sólo que patrocinado por cerveceras.
Hay científicos que estudian las causas de los desastres naturales: volcanes, huracanes y placas tectónicas.
Ninguno ha tenido el valor de estudiar a un aficionado después de la cuarta cerveza.
Es impresionante.
La misma persona que en la oficina no puede abrir un archivo PDF, de pronto se siente estratega militar, historiador del deporte, filósofo estoico y especialista en arbitraje internacional. Hablan de un fuera de lugar con la seguridad con la que Newton hablaba de la gravedad. Si el árbitro marca algo que no les gusta, inmediatamente descubren una conspiración global donde participan la FIFA, la ONU, la masonería, tres reptilianos y el señor que vende cacahuates afuera de la estación del metro.
Lo más interesante es que ni siquiera hace falta que ganen.
Con que exista la posibilidad estadística de que puedan ganar, ya andan abrazando desconocidos.
Y cuando sí ganan...
Ay, Félix...
La ciudad deja de pertenecer a la civilización y pasa a ser administrada por una multitud de gremlins.
¿Te acuerdas de esa película? Pues mintieron.
No se convierten en monstruos al mojarlos.
Se convierten al servirles una cerveza tibia en vaso de plástico.
Los extranjeros llegan creyendo que vienen a conocer museos, pirámides y gastronomía. Pobres criaturas. Terminan aprendiendo el verdadero patrimonio intangible de México: un desconocido gritándoles "¡fulano hermano, ya eres mexicano!" mientras los abraza con una intensidad que viola por lo menos tres tratados internacionales sobre espacio personal.
Es raro y aterrador.
Lo mismo ves a un ingeniero bailando arriba de una jardinera que a un contador llorando porque once millonarios en shorts metieron un balón entre tres postes.
Y todos juran que esta vez sí.
Siempre esta vez sí.
El futbol mexicano vive alimentándose de una fe que haría sonrojar a cualquier religión organizada.
Luego aparecen los rituales.
El que no se baña porque "la cábala".
El que se pone los mismos calcetines que uso en el último mundial donde clasificaron.
El que lleva una playera que ya sobrevivió a tres divorcios, dos administraciones federales y una plaga de chinches.
Si la selección pierde, la culpa jamás es de haber jugado como si el balón fuera radioactivo.
No.
La culpa es del comentarista, del árbitro, de Mercurio retrógrado, de la luna llena, del vecino que cambió de sillón, del primo que no se atrevió a decir "hoy sí ganamos".
Nunca del fútbol.
Jamás del fútbol.
Yo observo todo desde mi privilegiada condición de señora antisocial. Me siento en junto a la ventana de la oficina que da a Reforma, mientras todas y todos ven los partidos, con mi café, viendo cómo la civilización tarda exactamente noventa minutos en regresar al estado primitivo.
Es antropología gratuita.
Los machos alfa se golpean el pecho.
Los oficinistas cantan.
Los estudiantes abrazan policías.
Los policías abrazan argentinos.
Los argentinos abrazan colombianos.
Los colombianos abrazan japoneses.
Los japoneses graban absolutamente todo porque, siendo honestos, nadie les creería semejante espectáculo cuando regresen a casa.
Y al final todos terminan cantando el “cielito lindo” completamente desafinados.
Es el único momento donde la humanidad parece ponerse de acuerdo... en cantar horrible.
La ciudad entera cambia de metabolismo. Se cierran calles, se saturan estaciones del Metro, los restaurantes y cantinas revientan de gente y el Ángel de la Independencia se convierte en una especie de santuario pagano donde la multitud celebra cualquier cosa que implique una pelota y una bandera. La multitud no distingue entre celebración y estampida; simplemente fluye.
A veces creo que el verdadero deporte nacional no es el futbol.
Es convencernos unos a otros de que ahora sí.
Ahora sí tenemos equipo.
Ahora sí tenemos técnico.
Ahora sí tenemos proyecto.
Ahora sí dejamos de hacer el ridículo.
Y uno los ve repetirlo con esa mirada brillante de quien acaba de comprar un billete de lotería convencido de que ya escogió el ganador.
Supongo que eso también mantiene viva a una ciudad.
Las esperanzas imposibles.
Porque si algo sabe hacer esta ciudad, además de poner todo en un bolillo y tráfico, es fabricar esperanza en cantidades industriales.
Aunque dure exactamente hasta el siguiente partido.
Con el cariño moderado que soy capaz de sentir por la especie humana,
Tu amiga,
La que sigue creyendo que el único lugar donde los gremlins existen de verdad es afuera del Estadio Azteca después del silbatazo final.
Rebeca Jiménez
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