Ir al contenido principal

DESENFOQUES. Cuando el futuro dejó de prometer

Por Andrea Méndez

Hay películas  que se quedan viviendo en algún rincón incómodo de la cabeza. A mí me pasa con cierto tipo de ciencia ficción de finales de los años sesenta y de los setenta. No las veo muy seguido, la verdad. Necesito estar en un estado de ánimo específico. 

Me gusta pensar que esas películas fueron el momento en que la ciencia ficción dejó de mirar las estrellas con entusiasmo y comenzó a mirar al ser humano con una mezcla de curiosidad y decepción.

Quizá no sea casualidad.

Los años sesenta terminaron cargando demasiadas heridas. Vietnam aparecía todos los días en televisión, la Guerra Fría convertía el planeta entero en una amenaza nuclear, las promesas de prosperidad empezaban a mostrar grietas y la confianza casi infantil en el progreso tecnológico comenzaba a resquebrajarse. El futuro dejó de ser una promesa para convertirse en una pregunta incómoda.

Y el cine lo entendió antes que muchos filósofos.

La primera vez que vi 2001: A Space Odyssey (1968), de Stanley Kubrick, me frustré muchísimo. Tenía diecisiete años y esperaba respuestas. En cambio encontré silencios. Espacios vacíos. Miradas perdidas. Una computadora que parecía más emocional que los propios astronautas.

Años después entendí que esa incomodidad era justamente la experiencia que Kubrick quería provocar.

Visualmente, 2001 resulta casi clínica. Todo parece limpio, geométrico, perfectamente calculado. Sin embargo, conforme avanza la película uno comienza a notar que esa perfección produce una sensación profundamente inquietante. Los espacios son inmensos pero emocionalmente estériles. Los personajes hablan poco. Caminan como si ya hubieran olvidado por qué viajan.

Siempre me llamó la atención que HAL 9000 termine expresando emociones mucho más reconocibles que los seres humanos. Mientras los astronautas reprimen cualquier gesto afectivo, la máquina desarrolla miedo, ansiedad y, finalmente, un instinto de supervivencia. Es como si Kubrick preguntara quién conserva realmente la capacidad de sentir.

Esa pregunta está presente en buena parte de la ciencia ficción nihilista de aquella época.

Solaris (1972), de Andréi Tarkovski, va todavía más lejos. Mucha gente insiste en compararla con 2001, pero a mí siempre me han parecido películas que hablan de cosas completamente distintas. Kubrick observa el universo; Tarkovski observa la culpa.

Cada vez que la he vuelto a ver descubro un detalle diferente. La humedad en las paredes. Los reflejos interminables. El agua apareciendo una y otra vez como si la memoria necesitara adquirir una forma líquida.

La estación espacial nunca termina de sentirse futurista. Se parece más a una casa donde el duelo lleva demasiado tiempo instalado.

Lo extraordinario es que el planeta Solaris no fabrica monstruos. Fabrica recuerdos.

Y eso me parece infinitamente más aterrador.

Porque, siendo honestos, casi todos hemos imaginado alguna vez cómo sería volver a hablar con alguien que ya no está. El problema comienza cuando esa fantasía deja de pertenecer al deseo y adquiere un cuerpo.

Solaris parece construida alrededor de una idea dolorosa: aquello que reprimimos nunca desaparece; simplemente encuentra otras maneras de regresar.

Existe algo melancólico en esa posibilidad.

Después está Silent Running (1972), una película que, vista desde el presente, resulta casi profética. La humanidad ha destruido toda la vegetación terrestre y las últimas reservas naturales sobreviven dentro de enormes domos espaciales.

Lo curioso es que el protagonista desarrolla vínculos afectivos mucho más sólidos con pequeños robots que con cualquier otro ser humano.

Cada vez que veo esta película me pregunto si realmente habla del futuro o de nosotros. Del momento en que dejamos de establecer relaciones profundas entre personas y comenzamos a depositar nuestros afectos en objetos, pantallas o algoritmos.

No deja de parecerme inquietante.

Y luego obviamente está Soylent Green (1973).

Es imposible verla hoy sin pensar en el cambio climático, la desigualdad o la explotación desmedida de los recursos. Pero lo que más me impresiona no es la revelación final (que ya forma parte de la historia del cine) sino el deterioro psicológico de una sociedad que ha normalizado lo insoportable.

Los personajes ya casi no se sorprenden de vivir entre hacinamiento, contaminación y violencia cotidiana.

Simplemente sobreviven.

Visualmente, esa normalización aparece en los colores apagados, en los interiores sofocantes, en una fotografía donde incluso la luz parece contaminada.

Es una estética del agotamiento.

Algo parecido sucede con THX 1138 (1971), la primera película de George Lucas. Siempre me sorprende que se hable tan poco de ella.

Su minimalismo visual produce una sensación muy extraña. Blancos interminables. Arquitecturas sin identidad. Rostros casi desprovistos de emoción.

No parece un futuro tecnológico.

Parece una mente completamente disciplinada.

Ahí el control no depende únicamente de cámaras o policías. Depende de la desaparición del deseo.

Y quizá eso sea lo verdaderamente nihilista de esta corriente cinematográfica.

No plantea únicamente que el mundo pueda terminar.

Sugiere que incluso sobreviviendo podríamos perder aquello que nos hace humanos.

Creo que por eso estas películas siguen sintiéndose contemporáneas. No porque hayan acertado en los avances tecnológicos. De hecho, muchas imaginaron computadoras enormes, pantallas rudimentarias y estaciones espaciales que hoy parecen retrofuturistas.

Lo que sí entendieron fue otra cosa.

Comprendieron que la tecnología nunca resolvería, por sí sola, nuestras fracturas emocionales.

Que seguiríamos cargando culpa, miedo, deseo, soledad y memoria aunque viajáramos millones de kilómetros fuera de la Tierra.

Y esa intuición sigue siendo incómodamente vigente.

A veces me pregunto por qué regreso tanto a este tipo de ciencia ficción si casi siempre termino con una sensación de tristeza.

Creo que la respuesta está en las imágenes.

Porque ninguna otra corriente del género ha sabido filmar el vacío con tanta belleza.

Los largos silencios de Kubrick, los pasillos húmedos de Tarkovski, la naturaleza moribunda de Douglas Trumbull, los espacios blancos de George Lucas o la ciudad asfixiante de Richard Fleischer no sólo representan futuros posibles. Son paisajes del inconsciente. Lugares donde el miedo ya dejó de tener forma de monstruo para convertirse en una pregunta mucho más difícil de responder.

¿Qué ocurre cuando el futuro llega... y descubrimos que seguimos siendo exactamente los mismos?

Quizá por eso el verdadero pesimismo de aquella ciencia ficción nunca fue tecnológico.

Fue profundamente humano.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Carta de Belisario Dominguez

Señor presidente del Senado: Por tratarse de un asunto urgentísimo para la salud de la Patria, me veo obligado a prescindir de las fórmulas acostumbradas y a suplicar a usted se sirva dar principio a esta sesión, tomando conocimiento de este pliego y dándolo a conocer enseguida a los señores senadores. Insisto, señor Presidente, en que este asunto debe ser conocido por el Senado en este mismo momento, porque dentro de pocas horas lo conocerá el pueblo y urge que el Senado lo conozca antes que nadie. Señores senadores: Todos vosotros habéis leído con profundo interés el informe presentado por don Victoriano Huerta ante el Congreso de la Unión el 16 del presente. Indudablemente, señores senadores, que lo mismo que a mí, os ha llenado de indignación el cúmulo de falsedades que encierra ese documento. ¿A quién se pretende engañar, señores? ¿Al Congreso de la Unión? No, señores, todos sus miembros son hombres ilustrados que se ocupan en política, que están al corriente de los sucesos del pa...

Arte que repercute en la vida.

por: Katia Briseño. ¿Alguna vez se han preguntado si el arte sirve para la vida? ¿Qué es lo que se espera de un curso de artes plásticas a nivel medio superior? ¿Por qué algunas personas todavía consideran tomar talleres de arte? ¿En verdad los talleres de arte enseñan a reflexionar o son una repetición de técnicas sin contenido? El taller de exploración visual es un espacio que propone una reflexión en torno al arte y la visión que tenemos del mundo.    Más que preocuparse por la forma, se centra en buscar el contenido con creatividad e imaginación en las obras. El artista a cargo ayudara a reflexionar y descubrir aspectos nunca antes vistos de las piezas de arte, con motivo de generar una reflexión.   ¿Qué tan difícil es saber si el arte es arte? ¿Por qué es arte y porqué nos provoca? Es un espacio de análisis personal y colectiva en cuanto a qué es lo que provoca y el mensaje de las piezas. Se divide en dos módulos: dibujo y escultura. El dibujo va orientad...