Por Félix Ayurnamat
Hay noticias sorprendentes, que aparezca un jaguar en el Metro, que un niño de 9 años entre a estudiar a la universidad, que un candidato de extrema derecha cite correctamente a Walter Benjamin. Y luego está este prodigio: una entrevista inédita de Carlos Monsiváis que permaneció guardada durante un cuarto de siglo y que, de pronto, surge de las profundidades del tiempo como una ruina arqueológica escondida en la selva, un manuscrito perdido o una aparición mariana.
Uno lee la entrevista de Edmundo Cázares y no sabe si está ante un documento histórico o ante la versión periodística de esas historias donde alguien asegura haber encontrado en un tianguis una carta secreta de Napoleón, Elvis Presley y Jesucristo escrita en la misma servilleta.
La discusión pública se ha concentrado en las opiniones atribuidas a Monsiváis. Error. La pregunta NO es si Monsiváis pensaba eso, la pregunta es mucho más sencilla y mucho más incómoda:
¿Realmente estamos leyendo a Monsiváis?
Porque una cosa es Carlos Monsiváis y otra muy distinta es Carlos Monsiváis interpretado por un fulano que lleva veinticinco años recordando una conversación. La memoria humana es una maravilla, pero también es una fábrica industrial de ficción involuntaria.
Después de veinticinco minutos, la mayoría de nosotros apenas recordamos dónde dejamos las cosas. El entrevistador, en cambio, después de 25 años parece recordar silencios, sonrisas, movimientos de cabeza, cambios de mirada, atmósferas ambientales, detalles de escenografía y hasta la humedad emocional de ciertos momentos.
Ni los evangelistas tuvieron tanta confianza en sus recuerdos. Y ahí está el primer problema. Monsiváis tenía una voz inconfundible. No era una voz, eran varias voces peleándose en la misma frase.
Respondía una pregunta sobre política y terminaba hablando de cine mexicano, devociones populares, luchadores, boleros, historia nacional, vedettes, cultura de masas y alguna anécdota que parecía no venir al caso hasta que, veinte líneas después, uno descubre que era precisamente el caso.
Sus respuestas avanzaban como los tianguis: ocupaban cada espacio disponible.
Por eso resulta extraño encontrar a un Monsiváis convertido en fabricante de frases breves, contundentes y perfectamente aptas para circular en redes sociales.
Un Monsiváis reducido a titular. Un Monsiváis tamaño tuit. Un Monsiváis portátil.
¿Eso es posible?
Todo es posible.
También es posible encontrar una torta de tamal dietética.
La cuestión es si resulta probable, ahí empiezan los problemas de la supuesta entrevista. Muchas de las respuestas parecen diseñadas para compartir en redes. Son redondas, definitivas, cerradas.
Monsi rara vez era definitivo, su deporte favorito consistía precisamente en complicar las certezas ajenas. Cuando alguien quería una conclusión, él ofrecía contexto. Cuando alguien pedía una consigna, él entregaba una contradicción. Cuando alguien buscaba una respuesta rápida, él abría tres preguntas más.
Era desesperante, y por eso era interesante.
Luego está el asunto de la brevedad.
Quienes alguna vez escucharon hablar a Monsiváis saben que resumir no era exactamente su principal afición. Una pregunta sencilla podía transformarse en un recorrido turístico por la historia cultural de México
Sin embargo, en esta entrevista abundan respuestas de una línea, dos líneas, tres a lo mucho. Parecen aforismos, remates, frases que ya llegaron editadas. Y aquí conviene recordar una regla elemental del periodismo: resumir no es lo mismo que transcribir.
Mucho menos veinticinco años después.
Pero el verdadero protagonista del texto termina siendo otra persona, el supuesto periodista, Edmundo Cázares. El hombre que recuerda, recuerda mucho, recuerda lo que quiere creer que sucedió.
La entrevista avanza y, poco a poco, Monsiváis deja de ser el personaje principal. La cámara gira. El reflector cambia de dirección. La conversación se convierte en una novela donde el entrevistador describe gestos, silencios, atmósferas y movimientos con una precisión que hace dudar.
Uno termina con la impresión de que está leyendo menos una entrevista y más una recreación literaria. Una especie de "Basado en hechos reales". Lo cual no tendría nada de malo, siempre y cuando se diga. Porque una entrevista es una cosa y una reconstrucción literaria es otra.
Y ambas pueden coexistir sin problema, lo complicado es cuando una se disfraza de la otra.
También llama la atención la reducción del universo monsivesco, normalmente, Monsi convertía cualquier asunto en una reflexión sobre México, la política desembocaba en la cultura, la cultura desembocaba en la historia, la historia desembocaba en la ironía y la ironía desembocaba en otra ironía.
Era una máquina de asociaciones.
Aquí, en cambio, muchas respuestas quedan atrapadas en la anécdota personal o en el juicio individual, menos cultura, menos contexto, menos desviaciones inesperadas. Más sentencia, más frase memorable, más material para encabezados y llegamos finalmente al reino de las declaraciones extraordinarias, las más explosivas, las más escandalosas, las que han circulado por todas partes y curiosamente, son también las más difíciles de verificar.
Recordemos una regla sencilla: mientras más espectacular sea una afirmación, más sólida debe ser la evidencia que la respalda.
Si alguien afirma haber encontrado una receta inédita de Sor Juana, uno pide pruebas.
Si alguien afirma haber descubierto el Dorado bajo el Zócalo, uno pide pruebas.
Si alguien asegura reproducir literalmente una conversación privada de hace veinticinco años, uno también debe pedir pruebas.
No es por mala fe, es por higiene intelectual, porque la memoria no es una grabadora y porque los recuerdos, con el paso del tiempo, adquieren una extraña tendencia a parecerse demasiado a las historias que queremos contar.
Lo curioso es que los fragmentos que suenan más auténticos son precisamente los menos escandalosos. Las ironías sobre sí mismo, los juegos verbales, las evasiones inteligentes, la desconfianza hacia la solemnidad. Ahí sí aparece el Monsiváis reconocible, el que conocimos en artículos, conferencias, entrevistas y debates.
El otro, el fabricante serial de frases demoledoras y titulares perfectos, suena falso desde inicio. Por eso el problema de esta entrevista no es lo ideológico. No se trata de defender o atacar las opiniones atribuidas al escritor, se trata de algo mucho más sencillo. No saber cuánto pertenece a Monsiváis y cuánto pertenece al “recuerdo” del entrevistador.
No tengo evidencia suficiente para decir que es totalmente falsa, pero tampoco tengo evidencias para decir que sea cierta. Lo más razonable es leer ese texto como lo que probablemente es: una reconstrucción retrospectiva, atravesada por la memoria, las fobias y filias y la creativa intervención narrativa de quien la escribió.
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