Ir al contenido principal

RUMORES: La campana bajo la tierra

Por Terrornauta

En julio de 1947 llegué a la Ciudad de México con el propósito de ordenar unos documentos familiares que habían permanecido olvidados durante décadas. Mi tío abuelo, un hombre solitario y sin descendencia, había muerto en circunstancias poco claras, dejando como única herencia una antigua casona al sur de la ciudad, donde los canales comenzaban a confundirse con terrenos baldíos y campos húmedos cubiertos por neblinas matinales.

La propiedad había sido edificada durante el siglo XVIII sobre los restos del convento de la vieja parroquia que, según viejos registros, ocupaba a su vez el emplazamiento de una estructura mucho más antigua, anterior a la llegada de los españoles. Los vecinos hablaban de piedras labradas ocultas bajo los cimientos y de una campana enterrada que sonaba durante ciertas noches sin que nadie pudiera encontrarla.

Yo no creía en tales relatos.

Al llegar, encontré una construcción moribunda.

Los muros estaban agrietados por la humedad. El yeso caía en escamas. Las vigas exhalaban un olor agrio a madera envejecida y agua estancada. El jardín se había convertido en una selva de hierbas altas donde sobrevivían algunos rosales negros por la sombra. Una higuera gigantesca abrazaba la fachada principal con raíces que parecían dedos petrificados.

Aun así, había una belleza melancólica en aquel abandono.

Durante los primeros días me dediqué a revisar baúles, armarios y escritorios. Descubrí cartas fechadas durante el porfiriato, fotografías de personas cuyos nombres ya nadie recordaba y un pequeño espejo ovalado con marco de plata ennegrecida.

Fue precisamente el espejo el primer objeto que despertó mi inquietud.

Lo encontré oculto dentro de un arcón perteneciente a una mujer cuyo retrato colgaba en el corredor principal. La superficie del espejo estaba empañada por los años, pero al limpiarla observé una extraña deformación en el reflejo. No era un defecto del cristal. Algunas veces, durante apenas un segundo, creía distinguir detrás de mí una figura inmóvil.

Al volverme, nunca había nadie.

Aquellas visiones comenzaron a repetirse.

No me producían miedo.

Al principio.

Sólo una vaga sensación de familiaridad.

Como si la casa intentara recordar algo.

Las noches eran peores.

La humedad se infiltraba desde los pisos y el silencio parecía crecer entre los corredores. Entonces comenzaban los sonidos.

Pasos lejanos.

Susurros imposibles de distinguir.

Y, algunas veces, el tañido grave de una campana.

Un sonido profundo que parecía surgir desde debajo de la tierra.

Los habitantes más viejos de la zona conocían la historia.

Una tarde, mientras compraba provisiones, una mujer muy anciana me habló de ella.

Dijo que antes del convento existió allí un templo de los antiguos mexicanos.

Luego llegaron los frailes.

Después los hacendados.

Más tarde los revolucionarios.

Todos creyeron poseer aquellas tierras.

Todos desaparecieron.

—Pero el lugar sigue aquí —me dijo—. El lugar siempre se queda.

Aquella frase me acompañó durante semanas.

Poco después encontré una puerta oculta bajo una alfombra podrida en una habitación clausurada.

Descendía hacia un tunel.

El aire que emergía de allí olía a barro antiguo.

Bajé con una lámpara.

Los escalones conducían a una cámara construida con piedras que no pertenecían al convento ni a la casona. Eran bloques oscuros cubiertos de símbolos erosionados por siglos de humedad.

En el centro descansaba una campana.

No era grande.

Parecía colonial.

Estaba rota.

Y sin embargo, al verla comprendí que era la misma cuyo sonido escuchaba cada noche.

Junto a ella encontré otro objeto.

Un anillo de obsidiana atravesado por una cadena de plata.

Dos tiempos unidos en una sola pieza.

Dos memorias obligadas a coexistir.

Desde aquel descubrimiento comenzaron los sueños.

Soñaba con frailes caminando por corredores desaparecidos.

Con indígenas que observaban el cielo desde un templo derruido.

Con soldados revolucionarios atravesando patios inundados.

Todos compartían el mismo espacio.

Todos parecían ignorar que pertenecían a épocas distintas.

Y siempre, en algún rincón, alguien me observaba.

Una figura sin rostro.

Una presencia inmóvil que parecía esperar mi llegada.

Dejé de dormir.

Dejé de comer.

La casa empezó a infiltrarse en mis pensamientos.

Algunas veces olvidaba el año en que vivía.

Otras despertaba convencido de haber habitado allí durante siglos.

Comprendí entonces algo terrible.

Los fantasmas no eran individuos.

No eran almas errantes.

Eran recuerdos.

Fragmentos de vidas acumuladas en el territorio.

La casa era una herida donde distintos tiempos seguían sangrando simultáneamente.

Una noche de tormenta decidí abandonar la propiedad.

Preparé mis maletas antes del anochecer.

Esperé hasta el amanecer.

Pero la lluvia comenzó a caer.

Una lluvia feroz.

El viento golpeaba puertas y ventanas.

Y entonces escuché nuevamente la campana.

Más fuerte que nunca.

No provenía del sótano.

Parecía resonar dentro de los muros.

Dentro de los pisos.

Dentro de mi propia cabeza.

Tomé la lámpara y descendí.

La cámara subterránea estaba inundándose.

El agua surgía desde grietas invisibles.

La campana vibraba sola.

La observé durante largos segundos.

Y entonces vi las figuras.

Docenas de ellas.

Frailes.

Campesinos.

Niños.

Soldados.

Sacerdotes.

Todos inmóviles alrededor de la cámara.

No tenían apariencia espectral.

Parecían reales.

Demasiado reales.

Como si pertenecieran a un instante suspendido entre la existencia y el recuerdo.

Ninguno me miraba.

Todos observaban la campana.

Y comprendí que esperaban algo.

Un nuevo recuerdo.

Una nueva vida que añadir a la colección.

El agua siguió subiendo.

La campana emitió un último sonido.

Profundo.

Doloroso.

Y la bóveda comenzó a derrumbarse.

Corrí.

Subí los escalones.

Atravesé corredores llenos de polvo y oscuridad.

Logré salir de la casa segundos antes de que parte del ala norte colapsara bajo la tormenta.

Nunca regresé.

Los tramites ya no los hice.

La propiedad quedó desierta.

Los años pasaron.

Construí una nueva vida.

Intenté olvidar.

Pero jamás lo conseguí.

Porque algo de mí permaneció allí.

Lo comprendí mucho después.

A veces, al mirarme en un espejo, descubro detrás de mi reflejo una habitación húmeda que no existe.

Escucho campanas en noches de lluvia.

Sueño con corredores que jamás recorrí y, sin embargo, conozco perfectamente.

Hace unos meses encontré una fotografía antigua tomada antes de mi llegada a la casona.

La observé durante varios minutos.

Aparecía el jardín cubierto de maleza.

La fachada ennegrecida.

Las ventanas vacías.

Y junto a una columna, casi oculto por las sombras, estaba yo.

No el hombre que fui en 1947.

Sino el anciano que soy ahora.

Mirando hacia la cámara.

Esperando.

Desde entonces comprendo que nunca escapé.

El lugar continúa recordándome.

Y llegará una noche —la siento acercarse como se siente una tormenta lejana— en que escucharé nuevamente la campana bajo la tierra.

Entonces volveré.

No porque lo decida.

Sino porque algunas casas no conservan fantasmas.

Los crean.

Y cuando una memoria ha sido aceptada por sus muros, termina perteneciendo a ellos para siempre.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Carta de Belisario Dominguez

Señor presidente del Senado: Por tratarse de un asunto urgentísimo para la salud de la Patria, me veo obligado a prescindir de las fórmulas acostumbradas y a suplicar a usted se sirva dar principio a esta sesión, tomando conocimiento de este pliego y dándolo a conocer enseguida a los señores senadores. Insisto, señor Presidente, en que este asunto debe ser conocido por el Senado en este mismo momento, porque dentro de pocas horas lo conocerá el pueblo y urge que el Senado lo conozca antes que nadie. Señores senadores: Todos vosotros habéis leído con profundo interés el informe presentado por don Victoriano Huerta ante el Congreso de la Unión el 16 del presente. Indudablemente, señores senadores, que lo mismo que a mí, os ha llenado de indignación el cúmulo de falsedades que encierra ese documento. ¿A quién se pretende engañar, señores? ¿Al Congreso de la Unión? No, señores, todos sus miembros son hombres ilustrados que se ocupan en política, que están al corriente de los sucesos del pa...

Arte que repercute en la vida.

por: Katia Briseño. ¿Alguna vez se han preguntado si el arte sirve para la vida? ¿Qué es lo que se espera de un curso de artes plásticas a nivel medio superior? ¿Por qué algunas personas todavía consideran tomar talleres de arte? ¿En verdad los talleres de arte enseñan a reflexionar o son una repetición de técnicas sin contenido? El taller de exploración visual es un espacio que propone una reflexión en torno al arte y la visión que tenemos del mundo.    Más que preocuparse por la forma, se centra en buscar el contenido con creatividad e imaginación en las obras. El artista a cargo ayudara a reflexionar y descubrir aspectos nunca antes vistos de las piezas de arte, con motivo de generar una reflexión.   ¿Qué tan difícil es saber si el arte es arte? ¿Por qué es arte y porqué nos provoca? Es un espacio de análisis personal y colectiva en cuanto a qué es lo que provoca y el mensaje de las piezas. Se divide en dos módulos: dibujo y escultura. El dibujo va orientad...