Por Félix Ayurnamat
Hay recuerdos que uno no sabe exactamente cuándo llegaron. Mi relación con el arte popular nació mucho antes de que yo supiera qué significaba esa expresión. Estaba en los mercados, en la casa, en las fiestas patronales, en las ollas de barro donde mi abuela guardaba el agua, en los bordados que cubrían una mesa. Eran objetos tan cotidianos que nadie parecía detenerse a contemplarlos. Simplemente estaban ahí, acompañando la vida.
Con los años aprendí a distinguir escuelas, movimientos, estilos y manifiestos. Memoricé nombres de pintores europeos, fechas, técnicas y conceptos que parecían indispensables para comprender qué era el arte. Sin embargo, mientras más avanzaba en ese camino, más me sorprendía una ausencia. Casi nadie hablaba de aquellas piezas que habían estado presentes desde mi infancia. Parecía que el barro de Oaxaca, los textiles de Chiapas, las lacas de Guerrero o los árboles de la vida de Metepec pertenecían a otra conversación, una menos importante, como si fueran el prólogo de una historia cuyo verdadero relato comenzaba en los museos.
Esa idea empezó a incomodarme.
Recuerdo la primera vez que entré al taller de un artesano en Tlaxcala. No encontré el silencio solemne que suele envolver a las galerías. Había niños corriendo, una olla hirviendo en la cocina, conversaciones cruzadas, perros dormidos bajo una mesa y el sonido constante de las manos transformando la lana en el telar. Nadie hablaba de estética. Nadie pronunciaba palabras complicadas. Sin embargo, todo lo que sucedía ahí estaba atravesado por una sensibilidad que pocas veces he encontrado en espacios dedicados al arte contemporáneo.
Ahí entendí que un taller tradicional no solamente produce objetos. Produce memoria.
Cada generación deja algo en las manos de la siguiente. No necesariamente mediante libros ni clases formales. El aprendizaje ocurre mientras se observa, mientras se ayuda, mientras se repite un movimiento cientos de veces hasta que el cuerpo termina recordándolo por sí solo. Una abuela corrige el bordado de su nieta con una frase breve. Un padre enseña a reconocer cuándo el barro tiene la humedad adecuada sin necesidad de instrumentos. Una madre explica qué planta produce determinado color mientras ambos caminan por el monte. Pienso mucho en esos momentos porque pocas veces aparecen en los libros de historia, aunque ahí también se está construyendo conocimiento.
En ocasiones me pregunto cuántas obras de arte existen que jamás fueron pensadas para ocupar un museo.
Pienso en un huipil tejido durante meses para una ceremonia. En una máscara elaborada para una danza que solamente ocurre una vez al año. En un árbol de la vida que resume siglos de historias sobre el origen del mundo. En los cuadros de estambre wixaritari, donde el venado, el maíz y el peyote no son adornos, sino parte de una conversación espiritual que sigue viva. Entonces recuerdo algo que escribió Alfredo López Austin sobre la persistencia de las cosmovisiones mesoamericanas: no desaparecieron con la Conquista; aprendieron a transformarse y continúan presentes en las prácticas cotidianas de muchas comunidades. Leerlo me hizo comprender que buena parte del arte popular sigue hablando un idioma antiguo, aunque nosotros hayamos dejado de escucharlo.
Quizá por eso me cuesta aceptar que tantas personas reduzcan estas piezas a simples artesanías o recuerdos para turistas. Me parece una injusticia silenciosa. Detrás de cada objeto hay una manera de comprender el tiempo, el territorio, la naturaleza y la vida en comunidad. No veo únicamente una vasija o un rebozo. Veo generaciones enteras resolviendo problemas técnicos, transmitiendo símbolos y conservando una memoria que nunca necesitó escribirse para permanecer viva.
A veces creo que heredamos una forma muy limitada de entender el arte. Nos enseñaron que el prestigio depende del museo, de la galería o de la universidad. Como si una obra necesitará la aprobación de una institución para revelar su profundidad. Esa jerarquía tiene raíces coloniales. La categoría de "arte popular" ha estado atravesada por relaciones de poder que históricamente separaron las llamadas bellas artes de las producciones comunitarias, aun cuando ambas poseen una enorme complejidad técnica y simbólica.
Yo caí durante mucho tiempo en esa forma de mirar. Creía que el arte sucedía únicamente donde había muros blancos, iluminación perfecta y cédulas con lenguaje especializado. Me tomó años descubrir que también ocurre alrededor de una mesa de madera manchada por pigmentos naturales, en el patio donde se seca el barro o en una cocina donde varias mujeres conversan mientras bordan. Ahí también hay investigación, experimentación, composición, ritmo, color, equilibrio y pensamiento. Solamente utilizan otro lenguaje.
Desde entonces procuro darle más tiempo a valorar estas obras. Ya no busco únicamente admirar su belleza. Intento escuchar lo que contienen. Me pregunto quién enseñó ese oficio, cuántas manos participaron antes, qué plantas dieron origen a esos colores, qué relatos viajan escondidos entre las figuras. Descubro que cada pieza tiene una biografía mucho más larga que la de su creador inmediato.
Hay algo profundamente humano en esa continuidad.
Vivimos en una época que se valora exageradamente la innovación constante, como si todo debiera inventarse desde cero. El arte popular es exactamente lo contrario. Me enseña que crear también puede significar cuidar, transmitir y transformar sin romper el hilo que une a una comunidad con su pasado. No encuentro en ello nostalgia, sino una enorme capacidad de adaptación. Las tradiciones nunca permanecen inmóviles; cambian con quienes las viven.
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