Por Terrornauta
El demonio en el cine europeo nunca ha sido un simple monstruo. A diferencia de buena parte del cine comercial contemporáneo, donde el Mal suele adoptar la forma de un antagonista espectacular dispuesto a provocar sobresaltos cada cinco minutos, la tradición europea ha preferido convertir al demonio en una presencia silenciosa, una grieta en la realidad, un huésped que se instala en la conciencia antes que en el cuerpo. Quizá por eso sus películas permanecen tanto tiempo en la memoria. Uno sale de ellas con la incómoda sensación de que aquello que acaba de ver no terminó cuando aparecieron los créditos.
Siempre he pensado que Europa entiende al demonio de una forma profundamente literaria. No es casualidad. El continente donde nacieron las leyendas medievales sobre pactos infernales, las historias de brujería, los tratados de demonología y buena parte de la tradición gótica terminó trasladando esa herencia al lenguaje cinematográfico. Allí el demonio rara vez aparece únicamente para matar; aparece para revelar aquello que la sociedad intenta ocultar.
Uno de los ejemplos más fascinantes es Häxan (1922), del director danés Benjamin Christensen. A más de un siglo de su estreno sigue siendo una experiencia perturbadora. Mitad documental, mitad ensayo histórico y mitad pesadilla, explora las creencias medievales sobre el Diablo con una libertad visual que todavía resulta inquietante. Más que afirmar la existencia del demonio, Christensen examina cómo el miedo colectivo puede fabricarlo. Las imágenes de sabbats, posesiones y aquel Satanás de sonrisa grotesca parecen salidas directamente de los grabados del Renacimiento y demuestran que el horror europeo nació mucho antes de que existieran los efectos digitales.
Décadas después apareció una película que cambió para siempre la iconografía del Mal: The Devils, de Ken Russell. Aunque suele mencionarse menos que otros clásicos, su influencia resulta inmensa. Basada en el caso histórico de las posesiones de Loudun, convierte el demonio en un arma política. La posesión ya no pertenece únicamente al terreno sobrenatural; también nace del fanatismo religioso, del deseo reprimido y de la manipulación institucional. Russell entendió algo que muchos cineastas olvidarían después: el verdadero horror nunca está separado del poder.
En Italia, el demonio adquirió otra forma gracias al universo visual de Dario Argento. Películas como Suspiria y Inferno apenas necesitan mostrar un Diablo con cuernos. El Mal se manifiesta mediante el color, la arquitectura imposible, la música estridente y una lógica semejante a la de las pesadillas. Las Tres Madres creadas por Argento funcionan como antiguas deidades oscuras más cercanas al paganismo que al demonio cristiano. Su cine demuestra que el terror puede ser también una experiencia estética, donde cada plano parece un cuadro condenado a pudrirse lentamente.
Durante los años posteriores al éxito de El Exorcista, Europa produjo numerosas películas sobre posesiones demoníacas que hoy forman parte del llamado Eurocult. Obras italianas como Chi sei? (1974) aprovecharon el fenómeno comercial, pero también incorporaron preocupaciones propias sobre la crisis de la familia burguesa, el debilitamiento de la autoridad religiosa y la incapacidad de la medicina para explicar ciertos comportamientos. Estas películas utilizaban al demonio como un catalizador para exhibir conflictos familiares y sociales antes que como una simple criatura sobrenatural.
Más recientemente, el cine europeo ha demostrado que el demonio sigue siendo un recurso extraordinariamente flexible. La producción alemana Requiem (2006), inspirada en el caso de Anneliese Michel, elimina casi todos los artificios del género para construir una historia donde nunca sabemos con certeza si asistimos a una posesión real o a una enfermedad mental devastadora. Esa ambigüedad convierte la película en una de las experiencias más incómodas del cine contemporáneo.
Algo similar ocurre con la extraordinaria película polaca Demon (2015), de Marcin Wrona. Aquí la posesión deja de ser únicamente religiosa para transformarse en la encarnación de una memoria histórica reprimida. El espíritu que invade al protagonista no sólo representa un ente sobrenatural; también obliga a una comunidad entera a enfrentarse con las heridas que prefería olvidar.
Quizá esa sea la gran diferencia entre el demonio europeo y su contraparte hollywoodense. En muchas producciones estadounidenses el objetivo consiste en derrotar al Mal mediante un ritual, un sacerdote o un exorcismo espectacular. En cambio, el cine europeo suele insinuar que el demonio nunca desaparece del todo. Puede expulsarse de un cuerpo, pero continúa habitando una casa, una familia, un país o una memoria. Es una visión infinitamente más pesimista y, precisamente por ello, mucho más perturbadora.
En mi opinión, ahí reside la verdadera fuerza del terror europeo. No pretende convencernos de que existen demonios escondidos bajo la cama. Lo que intenta es algo mucho más cruel: sugerir que los demonios nacen de nuestras culpas, de nuestras obsesiones, de los silencios heredados y de las cicatrices de la historia. El infierno no es un lugar lejano gobernado por una criatura con alas negras; es un espacio que los seres humanos construimos cuando dejamos que el miedo, el fanatismo o el deseo de poder ocupen el sitio de la razón.
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