EL PETATE DEL MUERTO. Bukele, los perros policías y el sueño húmedo del Estado que te huele hasta los calzones.
Por El perrochinelo, perro de barrio, catador de sobras y especialista en olfatear autoritarismos.
Los perros tenemos una ventaja sobre los humanos: olemos el miedo desde varias cuadras antes. Ustedes, en cambio, hasta le aplauden.
Nomás vean el fenómeno Bukele. Hay banda que lo mira como si fuera el Santo Grial de la política latinoamericana. Lo ven en redes sociales y suspiran: "Así necesitamos uno aquí". Yo los escucho mientras me rasco una pulga y pienso: "Ay, mis criaturas... nomás porque el bozal viene cromado ya creen que es joyería."
Porque una cosa es querer vivir sin delincuencia y otra muy distinta es enamorarse del Estado que puede hacer casi cualquier cosa con tal de prometerte tranquilidad.
Y ahí está el truco.
Los perros conocemos el cuento. Cuando llega uno con uniforme diciendo que ahora sí va a poner orden, todos aplauden mientras persigue al perro bravo del barrio. Pero el día que se acaban los perros bravos... ¿a quién creen que le sigue?
Exacto.
Al que ladra feo.
Al que incomoda.
Al que hace preguntas.
Al que piensa o vive diferente.
Al que simplemente pasaba por ahí.
Porque el poder tiene una costumbre muy curiosa: rara vez dice "ya tuve suficiente".
Siempre quiere otra mordida.
Y otra.
Y otra.
Lo más chistoso es que mucha banda cree que la democracia nomás sirve cuando gana el que les cae bien. Si el gobernante les gusta, entonces ya no importa si concentra más poder, si los contrapesos estorban o si las instituciones salen sobrando. "Déjenlo trabajar", dicen. Como si la democracia fuera una promoción del Buen Fin: "Llévese un presidente fuerte y los límites institucionales le salen gratis."
No, mi gente.
La democracia es como una correa. A veces estorba. A veces desespera. Pero existe porque hasta el perro más obediente puede desconocerse cuando descubre que nadie le jala el collar.
Y eso aplica para todos los colores, todos los partidos y todos los caudillos.
Porque el verdadero problema nunca ha sido quién sostiene el garrote.
El problema es construir un sistema donde el garrote ya no tenga frenos.
Yo, que soy perro callejero, desconfío por igual del político que promete salvarnos de todos los males y del ciudadano que responde: "Pues que hagan lo que sea necesario."
Esa frase me pone los pelos de punta.
"Lo que sea necesario."
Con esas cuatro palabras la historia ha llenado más cementerios que los borrachos manejando.
Lo curioso es que muchos que tiemblan cuando escuchan hablar del autoritarismo de extrema derecha en otras latitudes, luego suspiran de emoción cuando el autoritarismo viene envuelto en videos con drones, música épica y una edición que parece tráiler de Netflix.
El algoritmo descubrió que el orden vende.
La mano dura vende.
Las imágenes espectaculares venden.
Y hasta la democracia, si no sale bien iluminada, pierde likes.
Por eso conviene no confundir eficacia con cheque en blanco. Un gobierno puede resolver problemas importantes y, al mismo tiempo, abrir debates legítimos sobre los límites del poder. Precisamente para eso sirven las democracias: para discutir, vigilar y preguntar, incluso cuando el gobernante es popular.
Porque si un día dejamos de hacer preguntas nomás porque el líder nos cae re bien...
Entonces ya no hace falta que llegue el lobo.
Solitos nos ponemos de carnada.
Y luego hasta movemos la cola cuando nos dicen que es por nuestro bien.
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