Por TPS
El hecho de que varios países europeos se hayan abstenido o hayan matizado su postura en discusiones dentro de la Organización de las Naciones Unidas sobre la condena a la esclavitud no puede entenderse como un simple desacuerdo técnico o diplomático. Desde una perspectiva histórica y antropológica, se trata más bien de una continuidad estructural: una tensión entre el reconocimiento moral de un crimen fundacional del mundo moderno y la negativa a asumir plenamente sus consecuencias políticas, jurídicas y económicas.
Europa no solo participó en la esclavitud; la sistematizó a escala global. El sistema esclavista atlántico, consolidado entre los siglos XVI y XIX, fue un dispositivo central para la acumulación originaria del capital, como bien señalaría Karl Marx. Las economías coloniales de plantación en América, sostenidas por el trabajo forzado de millones de africanos, no fueron una anomalía, sino una pieza clave en la formación del capitalismo europeo. Países como Reino Unido, Francia, Países Bajos, Portugal y España construyeron buena parte de su riqueza moderna sobre esta base.
Entonces, ¿por qué la abstención? No se trata de ignorancia histórica, sino de cálculo político. Condenar la esclavitud en abstracto es relativamente sencillo de hecho, ya existe un consenso global en ese sentido, pero el problema emerge cuando la condena se articula con demandas concretas: reparaciones, restitución de patrimonio, reconocimiento de responsabilidades estatales o incluso reconfiguración de las relaciones económicas globales. En ese punto, la memoria se vuelve incómoda.
Desde una lectura anticolonial, esta actitud revela lo que Frantz Fanon describía como la persistencia de las estructuras coloniales más allá de la independencia formal. Europa, en tanto centro histórico del sistema-mundo, ha transitado hacia formas más sutiles de dominación financieras, culturales, institucionales, sin romper del todo con las lógicas extractivas que la esclavitud ayudó a consolidar. Reconocer plenamente la esclavitud como crimen contra la humanidad con implicaciones actuales abriría la puerta a cuestionar ese orden.
También hay un elemento jurídico importante. Algunos Estados europeos temen que una condena más explícita y vinculante en el marco de la ONU siente precedentes legales que puedan derivar en reclamaciones multimillonarias. No es casual que el debate sobre la esclavitud esté frecuentemente ligado al de las reparaciones, un tema que genera fuertes resistencias en las antiguas potencias coloniales. Aquí la historia no es pasado: es pasivo.
Lo que vemos es que Europa enfrenta una crisis de narrativa. Durante décadas, ha construido una identidad internacional basada en la defensa de los derechos humanos, el multilateralismo y la democracia liberal. Sin embargo, esa narrativa entra en contradicción cuando se confronta con su propio pasado colonial y esclavista. La abstención, en este sentido, funciona como una estrategia de ambigüedad: no negar abiertamente la condena, pero tampoco comprometerse con sus implicaciones más profundas.
Habría que considerar el contexto geopolítico contemporáneo. En un escenario donde el Sur Global, particularmente países de África y latinoamerica, han intensificado sus demandas históricas, la postura europea también responde a una disputa por el sentido del orden internacional. Aceptar ciertos términos del debate implicaría ceder terreno simbólico y político frente a actores que buscan reequilibrar las relaciones globales.
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