Por Félix Ayurnamat
Hoy vamos a platicar de Lilia Carrillo, al ver muchas de sus obras tengo la sensación de ver a una artista que desconfiaba de las certezas. Sus cuadros no buscan imponer una imagen contundente ni transmitir un mensaje fácilmente identificable. Más bien parecen construirse desde la duda, desde un proceso de búsqueda que permanece visible en la superficie de la tela.
Eso es algo que siempre me ha interesado de su trabajo.
Cuando se habla del arte mexicano de mediados del siglo XX, suele aparecer una narrativa bastante conocida: por un lado el muralismo y la Escuela Mexicana de Pintura; por otro, la llamada Generación de la Ruptura. Aunque esa división ayuda a entender ciertos cambios históricos, a veces simplifica demasiado las cosas. Los artistas de la Ruptura no surgieron en un vacío ni rompieron completamente con todo lo anterior. Más bien ampliaron las posibilidades de lo que podía ser la pintura mexicana.
Lilia Carrillo formó parte de ese proceso. Estudió en La Esmeralda y recibió una formación académica sólida. Sus primeras obras todavía muestran interés por la figura y por la observación directa. Sin embargo, con el tiempo comenzó a desplazarse hacia territorios menos descriptivos. Sus viajes y estancias en Europa le permitieron entrar en contacto con distintas corrientes de la modernidad, pero lo más interesante es que nunca adoptó esos lenguajes de manera mecánica. Al observar sus cuadros no tengo la impresión de estar viendo una versión mexicana del informalismo europeo. Percibo, más bien, una búsqueda muy personal.
Cuando uno está frente a sus pinturas durante varios minutos empieza a notar que casi nada está completamente resuelto. Las manchas se expanden y se interrumpen. Las líneas aparecen para luego desvanecerse bajo otras capas. Hay zonas donde la materia se vuelve densa y otras donde parece evaporarse. Esa inestabilidad es fundamental. La imagen nunca termina de fijarse.
Lo que más me sorprendió cuando por primera vez vi una de sus obras en el MAM, no fue la composición ni el color, sino el ritmo. Desde las reproducciones uno suele concentrarse en la imagen general, pero frente al cuadro aparecen pequeñas variaciones de textura, transparencias y huellas de pincel que modifican completamente la experiencia.
La materia tiene un papel decisivo en su trabajo. Carrillo utiliza veladuras, raspaduras, superposiciones y zonas donde la pintura apenas cubre la tela. Cada intervención deja señales de un proceso. A veces tengo la impresión de que sus cuadros registran decisiones tomadas y luego reconsideradas. Como si la obra conservara visibles los momentos de vacilación que normalmente permanecen ocultos.
Por eso creo que su abstracción va mas allá de los términos emocionales. Desde luego hay una dimensión afectiva muy fuerte, pero también existe una reflexión profunda sobre el propio acto de pintar. Sus obras hablan de cómo una imagen se construye, se modifica y, en ocasiones, parece estar a punto de desaparecer.
Muchas personas se sienten intimidadas por la abstracción porque buscan inmediatamente un significado concreto. Con Lilia lo que descubrí es que esa expectativa puede convertirse en un obstáculo. Sus pinturas funcionan mejor cuando uno deja de preguntarse qué representan y comienza a prestar atención a cómo operan. Al ritmo de los trazos. A la relación entre transparencia y densidad. A las tensiones entre aparición y borramiento.
También me parece importante no reducir su obra a una simple reacción contra el arte nacionalista. Aunque históricamente formó parte de una generación que impulsó nuevos caminos para la pintura mexicana, sus cuadros poseen una autonomía que va más allá de ese contexto. Siguen siendo interesantes no porque hayan participado en una ruptura histórica, sino porque conservan una complejidad visual capaz de sostener múltiples lecturas.
Durante mucho tiempo, además, la historia del arte mexicano prestó más atención a algunas figuras masculinas de su generación. Hoy la obra de Carrillo recibe una valoración más amplia, y eso permite observar con mayor claridad la singularidad de su aportación. No se trata únicamente de ocupar un lugar dentro de una cronología. Se trata de reconocer una manera particular de entender la pintura.
Lo que más admiro de Lilia Carrillo es precisamente esa capacidad para trabajar desde la incertidumbre. Sus cuadros no ofrecen respuestas rápidas ni imágenes espectaculares. Exigen tiempo. Exigen permanecer frente a ellos y aceptar que algunas experiencias visuales no pueden traducirse completamente en palabras.
Quizá por eso su obra sigue conservando una presencia tan intensa. No porque afirme algo de manera contundente, sino porque permanece abierta. Como una conversación que nunca termina de cerrarse.

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