Por Félix Ayurnamat
Lilia Carrillo es una de las sensibilidades más profundas y silenciosas del arte mexicano del siglo XX. Al ver sus pinturas tengo la impresión de estar frente a algo que respira lentamente. En un México acostumbrado durante décadas a un arte monumental, narrativa nacionalista y cargada de símbolos patrióticos, Carrillo eligió otro camino: el de la insinuación, el gesto contenido y la emoción convertida en materia.
Eso, para mí, es una de las cosas más valientes de su obra.
Cuando pensamos el arte mexicano del siglo XX, solemos imaginar murales, héroes revolucionarios, escenas campesinas o discursos nacionalistas. La llamada Generación de la Ruptura apareció precisamente para cuestionar esa idea única de lo mexicano. Artistas como Manuel Felguérez, José Luis Cuevas, Vicente Rojo o la propia Carrillo comenzaron a mirar hacia otros lenguajes: la abstracción, el informalismo, el expresionismo. No porque rechazaran México, como a veces se piensa de forma simplista, sino porque entendían que la experiencia moderna también podía hablarse desde la fractura, el vacío, la incertidumbre y la emoción íntima.
En el caso de Lilia Carrillo, esa ruptura tuvo además una dimensión profundamente humana. Ella estudió en “La Esmeralda”, donde recibió una formación tradicional bajo maestros como Manuel Rodríguez Lozano y Pablo O'Higgins. Sus primeras obras todavía conservaban cierta figuración. Hay un autorretrato temprano suyo que resulta revelador: uno puede notar una artista disciplinada, todavía cercana a las convenciones académicas. Pero después llegó París. Y muchas veces París, en la historia del arte latinoamericano, funcionó como una especie de terremoto interior. Allí entró en contacto con las vanguardias europeas, con el cubismo, el surrealismo y el informalismo abstracto.
Lo interesante es que Lilia no imitó esos lenguajes europeos. Los adapto desde su propia sensibilidad. Eso cambia todo.
Obras como La ciudad desbordada, Tormenta de fuego o Premonición, siento que su pintura trabaja desde una tensión constante entre el control y el accidente. Hay manchas que parecen expandirse como humedad sobre un muro; líneas que surgen y desaparecen; zonas de color suspendidas, casi atmosféricas. Nada está completamente definido. Y precisamente ahí reside la fuerza de su obra. Lilia entendió algo que también intuía Vasili Kandinsky: que una pintura abstracta no necesita representar objetos para provocar una experiencia emocional profunda.
Una de las grandes cualidades de su obra es cómo utilizaba la materia pictórica. A diferencia de otros artistas abstractos más explosivos o agresivos, Carrillo trabajaba con una gestualidad más íntima. Sus superficies tienen veladuras, transparencias, raspaduras y capas superpuestas que generan una sensación de tiempo acumulado. La pintura no parece construida de una sola vez, sino sedimentada lentamente, como si cada trazo fuera una duda o una memoria. Algunas zonas se abren luminosas y otras se hunden en grises, ocres o negros que producen una atmósfera suspendida. No es una abstracción fría ni matemática; es una abstracción emocional.
Yo creo que ahí está una de las claves para acercarse a su trabajo.
Muchas personas sienten distancia frente al arte abstracto porque creen que “no se entiende”. Yo les aseguro que es lo contrario: el problema es que durante mucho tiempo nos enseñaron a buscar únicamente referentes claros, personajes reconocibles o mensajes directos. Carrillo propone otra experiencia. Sus obras se parecen más a recordar algo que a narrarlo. Uno entra en ellas como entra en ciertos estados de ánimo difíciles de explicar con palabras.
Hay además una dimensión social que suele pasarse por alto. Aunque la obra de Carrillo no sea panfletaria ni narrativa, sí responde al mundo que le tocó vivir. Varias de sus pinturas dialogan con la expansión caótica de la Ciudad de México, la contaminación, la ansiedad urbana y el clima político de los años sesenta. Obras como Contaminación primaveral o Detrás del muro permiten pensar esa relación entre abstracción y crisis moderna.
Eso me parece importante decirlo porque a veces se acusa injustamente a la abstracción de ser “evasiva” o “elitista”. Con Lilia ocurre algo distinto. Su pintura no evade el mundo; lo absorbe emocionalmente. Las tensiones sociales aparecen convertidas en vibraciones, densidades y silencios. Su lenguaje no describe el caos moderno: lo hace sentir.
También pienso que durante muchos años la historia del arte mexicano no supo mirar con suficiente atención a artistas como ella. El peso de las figuras masculinas dentro de la Ruptura terminó dejando en segundo plano el trabajo de varias mujeres fundamentales. Hoy eso comienza a corregirse. Las retrospectivas recientes y nuevas investigaciones han devuelto a Lilia Carrillo un lugar central dentro de la pintura mexicana contemporánea.
Y sinceramente, era necesario.
Porque su obra no sólo representa una transición estética. Es otra manera de habitar la pintura: menos autoritaria, menos grandilocuente y más abierta a la fragilidad. Considero muy digno que incluso durante los años de su enfermedad, ella siguió pintando. Su última obra quedó inconclusa, y eso siempre me ha parecido simbólico. Como si toda su pintura hubiera estado construida alrededor de la idea de algo que apenas alcanza a revelarse antes de desaparecer.
A veces creo que Lilia Carrillo pintaba precisamente eso: la aparición fugaz de una emoción antes de que el lenguaje pueda atraparla.
Y quizá por eso su obra sigue sintiéndose viva.

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