Querido Félix:
Sobreviví nuevamente al 10 de mayo. No sé cómo. Tal vez por puro rencor acumulado o porque Dios, en su infinito sadismo, disfruta verme sufrir en está vida.
Te cuento que fui a comer con la familia materna por darle un gustito a mi santa madre, que merece todo en esta vida, incluso la humillación pública de tener una hija que llega vestida como si viniera de un velorio de poeta soviético. Pero ahí estaba yo, sentada en la mesa, viendo cómo mi tía Verónica (Si, la panista ultraderechosa, clasista y espiritualmente patrocinada por Trump) hablaba durante cuarenta minutos seguidos sobre “la decadencia de la juventud” mientras le gritaba “Oye muchacha” a la mesera de cuarenta y ocho años.
Félix, yo te juro que mi tía no conversa: pontifica. Tiene ese tono de señora que cree que descubrió el capitalismo y que además lo inventó personalmente para salvar al país de los pobres.
Ese día llego envuelta en lino beige, oliendo a perfume caro y resentimiento social. Traía unos lentes enormes de intelectual de cafetería de la condesa y un libro bajo el brazo que jamás abrió, pero acomodó tres veces sobre la mesa para que todos vieran que ella “lee”. Era uno de esos libros sobre liderazgo y disciplina financiera escritos por alguien que parece coach motivacional y líder de una secta al mismo tiempo.
A veces, al verla tan sociable, tan fashion, tan intelectonta, pienso seriamente que o mi mamá o mi tía son adoptadas. No pueden salir dos criaturas tan distintas del mismo útero. Mi mamá es una señora noble que todavía guarda bolsas “por si sirven”. Mi tía, en cambio, habla de “la meritocracia” mientras tiene una señora que le limpia hasta las uñas de las manos.
Hubo un momento particularmente hermoso en el almuerzo. Mi tía empezó a decir que “antes la gente tenía más valores”, justo después de intentar colarse en la fila del buffet porque “ella ya había esperado mucho”. La coherencia moral de esa mujer cabe en una cucharita cafetera
Luego me preguntó, enfrente de todos:
—¿Y tú sigues escribiendo?
Ese “sigues escribiendo” sonó como si me preguntara si todavía me autolesiono con plumones Crayola.
Le dije que sí.
Y ella:
—Ay, qué padre… el arte sana mucho.
Félix, lo dijo como quien habla con un niño que colecciona piedras o con un interno psiquiátrico funcional. Estoy segura de que en su cabeza mi trabajo artístico está entre “hacer pulseritas” y “tener un podcast sobre como ser feliz”.
Después comenzó a hablar de política. Error mío por no aventarle la sopa en ese instante. Dijo que el país estaba mal porque “la gente ya no quiere trabajar”. Esto mientras mi primo le servía refresco, el mesero levantaba los platos y mi madre ayudaba a recoger la mesa porque “qué pena dejar tiradero”. Mi tía jamás ha cargado algo más pesado que su opinión conservadora.
Yo solo asentía y comía arroz como presa de guerra. Porque uno aprende que en las comidas familiares no se debate: se sobrevive. Es como estar en Discovery Channel viendo animales que podrían matarte si haces contacto visual.
Lo peor es que mi madre estaba feliz. Y cuando una ve feliz a su madre y a su abuela en el Día de las Madres, una acepta ciertas tragedias humanas. Es como pagar impuestos emocionales. Ahí estaba mi madre y Abuela, sonriendo mientras sus seres queridos se destruían pasivamente alrededor del pastel imposible de cortar.
Al final mi tía me abrazó. Ese abrazo rígido, perfumado y diplomático que dan las señoras que creen que el afecto es una formalidad fiscal. Y me dijo:
—A ver cuándo maduras.
Treinta años tengo, Félix. TREINTA. Ya pago impuestos, ansiedad y café caro. ¿Qué más quieren de mí? ¿Un crédito hipotecario y opiniones sobre vinos?
En fin. Hoy ya estoy en casa, en pijama, abrazando mi misantropía como Cristo a la cruz. Si algún día desaparezco, búscame en una cafetería oscura, escribiendo cuentos de terror mientras evito reuniones familiares y desarrollo intolerancia a la gente “demasiado positiva”.
Con cariño, resentimiento y agruras,
Tu amiga que sobrevivió al panismo de mantel largo.
Rebeca Jiménez
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