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FÁBULAS INSULSAS. El filosofo.

Por TPS

Marco tenía una maestría en filosofía, lo cual, en su caso particular, era una manera elegante de decir que había aprendido a nombrar el vacío sin jamás asomarse a él.

Vestía como quien redacta: sin riesgo. Caminaba como quien cita: siempre apoyado en otro. Y pensaba (si es que aquello podía llamarse pensar) como un formulario bien llenado, sin errores ortográficos y sin una sola idea propia.

En la Universidad donde daba clases, Marco era una especie de extremista de lo administrativo. Convertía cada acción en un ritual y cada ritual en un trámite. Si alguien pedía un favor sencillo, él respondía con tres formatos, dos copias y una reflexión innecesaria sobre la ética del procedimiento. No era que disfrutara complicar la vida; es que temía simplificarla, pues sospechaba (no sin razón) que ahí podría encontrarse con algo parecido a la inteligencia.

Su mayor anhelo no era comprender el mundo, sino ser reconocido por haberlo estudiado. Así, hablaba con frecuencia de su tesis, un documento tan impecable en su forma como irrelevante en su contenido, que él citaba como si fuera una revelación divina, aunque nadie recordara haber sido salvado por ella.

—Como sostengo en mi investigación —decía, mientras acomodaba papeles que nadie le había pedido ordenar—, la estructura precede a la experiencia.

Y en efecto, en su vida la estructura lo precedía todo: precedía al pensamiento, a la emoción, y por supuesto, a cualquier atisbo de sentido común.

Un día, un compañero (un sujeto peligrosamente inclinado a la espontaneidad) decidió preguntarle:

—Oye, Marco, ¿y tú qué opinas de todo esto?

Marco lo miró con una mezcla de desconcierto y compasión, como quien observa a alguien intentando encender una vela con agua.

—Mi opinión —respondió con gravedad— está en proceso de validación.

Y volvió a sus papeles, aliviado de haber esquivado el abismo de una respuesta genuina.

Pasaron los años. Marco ascendió, no por mérito, sino por su habilidad para obedecer con entusiasmo. Se volvió experto en convertir cualquier idea en un instructivo y cualquier iniciativa en un laberinto burocrático. Nadie lo admiraba, pero todos lo toleraban, que es una forma más eficiente de sobrevivir en ciertos ecosistemas.

Finalmente, recibió un reconocimiento institucional por su “excelencia en la sistematización de procesos”. Marco aceptó el premio con humildad estudiada, pronunciando un discurso donde agradeció a sus maestros, a sus formatos y, sobre todo, a su disciplina para no desviarse nunca del camino trazado por otros.

Aquella noche, al llegar a casa, colocó el diploma junto a su tesis. Los observó en silencio, esperando quizás sentir algo parecido a la satisfacción.

Pero no ocurrió nada.

Y Marco, con admirable coherencia, procedió a archivar también ese vacío.

Moraleja:

Quien convierte la vida en trámite, termina gestionando su propia inexistencia con admirable eficiencia.

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