Por El Perrochinelo
Carnalitos, yo no soy cualquier perro. Soy de esos que han olido más banquetas que tú has dicho excusas y he sobrevivido a más pedradas que ustedes a desamores. Soy perro de barrio, de esos que entienden rápido cuándo alguien viene con croqueta… o con piedra. Y últimamente, déjame decirte, el ambiente huele raro. No a basura, esa ya es lo de diario, huele a linchamiento fino, de ese que se sirve frío y con hashtag.
Porque ahora resulta que la banda ya no ladra: funa.
Antes, si alguien se pasaba de lanza, pues se armaba el mitote en corto: reclamo, mentada, tal vez un zape simbólico y ya. La cosa quedaba entre los involucrados, como pelea de perros en la calle: escandalosa, sí, pero localizada. Ahora no, ahora te cae la jauría digital completa, sin correa, sin bozal y sin preguntas. Nomás ven que alguien grita “¡ese güey!” y todos: “¡a morder!”
Y ojo, no me hago el desentendido: hay banda bien gandalla que sí merece que le ladren fuerte. No todo es invento. Pero el problema, mis estimados humanos, es cuando el olfato se sustituye por el chisme, y la evidencia por el “dicen que”. Ahí es donde la cosa se pone más turbia que agua de charco del centro histórico.
Porque la funa, que según nació como defensa, una especie de ladrido colectivo contra el abuso, se nos volvió otra cosa. Una neocacería de brujas. No hay proceso, no hay verificación, sin ese mínimo acto de oler bien antes de morder. Aquí el chiste es llegar primero a la yugular… y ya luego, vemos si sí era culpable o nomás estaba pasando por ahí.
Yo les ladro claro: cuando la jauría se descontrola, ya no distingue entre ratero y repartidor. Y ahí es donde se pone peligroso el asunto. Porque hoy es “cancelado por esto”, mañana “cancelado por aquello”, y pasado mañana ya ni sabes por qué estás huyendo, pero ahí vas, correteado por una bola de perfiles con foto de anime y furia moral recién salidita del comal.
Lo más chistoso y triste, la neta, es que muchos de los que avientan la primera piedra digital traen cola más larga que fila del IMSS. Pero eso sí, bien escondidita. Porque en esta dinámica, lo importante no es ser justo, sino parecerlo en público. Es el performance de la indignación, mi chavo. El “mírenme, yo sí soy bueno, yo sí denuncio”, aunque no haya ni una sola prueba más allá de un screenshot borroso y la palabra de “alguien”.
Y ahí es donde el perro que soy se rasca la cabeza (o la oreja, más bien): ¿cuándo pasamos de buscar justicia a coleccionar culpables? ¿En qué momento la defensa legítima se volvió deporte de persecución? Porque una cosa es protegerse de quien sí hace daño, y otra muy distinta es convertir la sospecha en sentencia.
Te lo digo como quien ha vivido en la calle: el peligro no es solo el agresor, sino la multitud sin criterio. Esa que se emociona con el correteo, que se alimenta del escándalo, que no necesita pruebas porque tiene hambre. Hambre de señalamiento, de castigo, de sentirse parte de algo… aunque ese algo sea destrozar a alguien más.
La neta, los problemas de fondo siguen ahí, echados como perro viejo bajo el sol: la impunidad real, los abusos comprobados, las estructuras que sí hacen daño… pero esos no siempre son tendencia, ¿verdad? No dan tantos likes. No generan tanto cotorreo.
Así que aquí ando, rascándome la panza en esta columna imaginaria, viendo cómo la banda confunde justicia con espectáculo. Y nomás te dejo una idea, de perro a humano: antes de soltar la mordida, igual y conviene olfatear tantito. No vaya a ser que, en una de esas, la jauría termine mordiéndose la cola.
Porque cuando todos son culpables, mi cuate, nadie lo es… y el verdadero problema se escapa, como gato en azotea, mientras ustedes siguen ladrando entre ustedes.
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