Por El Perrochinelo
Mira nomás, carnal, yo no sé en qué momento esta ciudad se volvió parque temático pa’ extranjeros con huarache artesanal recién comprado en Coyoacán y gorrita que dice “México” aunque el compa venga de Noruega y parezca camarón hervido. Pero diario los veo bajarse del metro con cara de “wow”, como si acabaran de descubrir la Atlantida y no nomás la estación del metro oliendo a humedad, pastor y humanidad comprimida.
Yo los miro desde abajo, literalmente, porque uno es perro callejero, de esos que crecieron entre banquetas calientes, bolsas tiradas en el suelo y mentadas de madre. Y la neta me parecen "turist curius" esos vatos. Vienen bien emocionados, bien puestos, con su mochilita mamila y su cámara colgando, tomándole foto hasta al señor que vende mazapanes afuera del Museo Nacional de Antropología. Ahí andan fascinados viendo la Piedra del Sol, como si el calendario azteca les fuera a resolver el jet lag espiritual que traen encima.
Luego salen bien profundos, diciendo cosas como “la energía ancestral”. ¿Cuál energía ancestral, mi buen? Si hace rato un morro les vació el bolsillo en el Metro Chapultepec y ni cuenta se dieron. Pero ahí van, caminando entre gigantes olmecas y vitrinas llenas de dioses antiguos, mientras una audioguía les explica que los mexicas fundaron Tenochtitlán donde vieron un águila sobre un nopal. Yo pienso que si hubieran visto esta ciudad ahorita, con tráfico, smog y microbuses echando humo negro como dragón asmático, mejor fundaban en otro lado.
Y ya encarrerados, vámonos a Xochimilco. Ahí sí se pone bueno el desmadre. Las trajineras llenas de extranjeros cantando “Cielito Lindo” como si fuera himno de guerra. Todos bien felices pisteando micheladas de litro desde las once de la mañana, mientras un mariachi desafinado les cobra en dólares porque también hay que internacionalizar el sufrimiento auditivo. Yo me subí una vez a una trajinera, nomás porque una gringa me dio pollo rostizado. Acabé mareado entre tanta bocina tocando banda, salsa y reggaetón al mismo tiempo. Eso ya no era paseo lacustre, era ataque psicológico.
Y espérate a que descubren la lucha libre. Ahí sí se transforman. El extranjero tímido y zen termina mentándole la madre al rudo con una pasión que ni en su divorcio. Se ponen la máscara del Santo y sienten que ya entendieron México. “¡Lucha libre is culture!”, gritan bien emocionados mientras se atragantan con una quesadilla que probablemente trae queso… o probablemente no, porque aquí nada es seguro, papito.
Pero donde de plano me da risa es en el Centro Histórico. Ahí andan todos bien intrigados viendo edificios virreinales mientras esquivan puestos de tenis pirata, bocinas vendiendo cumbias y un vato vestido de Spider-Man fumándose un cigarro afuera del Templo Mayor. “Such contrast”, dicen. Pos sí, mijo, aquí convivimos con los fantasmas mexicas, los godínez y los viene-viene. Ecos del imperio junto a un puesto de fundas pa’l celular.
Aunque también hay turistas rifados, eh. De esos que no le sacan a entrarle a las zonas grises de la capirucha. Ahí van al Mercado de Sonora buscando brujería, o se meten a Tepito pensando que es experiencia antropológica extrema. “The real Mexico”, dicen los compas mientras abrazan su cámara como si fuera recién nacido. Algunos salen vivos, otros salen aprendiendo que aquí la rata también habla inglés.
Pero la ciudad los adopta, qué remedio. Porque esta capital es como esos perros callejeros viejos: pulgosa, golpeada, medio caótica, pero con barrio y corazón. Aquí el extranjero termina bailando cumbia en una vecindad sin saber cómo llegó, comiendo tacos afuera de un taller mecánico a las dos de la mañana y jurando que “la CDMX changed my life forever”.
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