Por el Dr. Tiburcio Nicanor de los Ángeles Altaneros, sociólogo de la catástrofe cotidiana y experto en liturgias del desmadre mexicano.
Desde la sociología de la cultura popular mexicana, esa ciencia que considera la sobremesa una institución nacional y al "¿ya se van?" un fenómeno cuántico, la expresión "Este osito de peluche ya se va para su estuche" representa uno de los rituales de despedida más sofisticados que ha producido la civilización mexicana.
La frase parece el delirio verbal de un poeta infantil después de tres vasos de ponche. Sin embargo, detrás de esa rima aparentemente inocente se esconde una compleja teoría sobre el regreso al espacio doméstico.
Comencemos por el protagonista: el osito de peluche.
En ninguna parte del proceso el hablante es, objetivamente, un oso. Es un adulto que probablemente ya pagó impuestos, tiene dolores de espalda y revisa promociones del supermercado los miércoles. Pero, al anunciar su retirada, decide despojarse de toda solemnidad y autodefinirse como un tierno mamífero de felpa.
¿Por qué?
Porque el mexicano entiende que abandonar una reunión nunca debe parecer un acto brusco. No se dice: "Procedo a retirarme conforme a mi planificación logística". Eso sería propio de un gerente de recursos humanos escandinavo. El mexicano prefiere envolver su huida en una imagen adorable que neutraliza cualquier posibilidad de parecer descortés.
Luego aparece el "estuche".
Desde un punto de vista estrictamente arquitectónico, la casa difícilmente puede considerarse un estuche. No tiene cierre, ni terciopelo interior, ni compartimentos acolchonados. Pero, simbólicamente, sí cumple la misma función: resguardar aquello que uno más aprecia… incluido uno mismo.
Es decir, después de varias horas conviviendo, comiendo, escuchando la misma anécdota por cuarta ocasión y prometiendo "la última chela", el individuo reconoce que ha llegado el momento de regresar al lugar donde puede quitarse los zapatos sin ser juzgado.
Podríamos afirmar que esta frase constituye un mecanismo de desactivación social. En México, irse nunca consiste simplemente en levantarse e irse. Eso sería una agresión cultural.
Primero se anuncia la intención.
Después se permanece otros cuarenta y cinco minutos platicando en la puerta.
Luego otros veinte minutos junto al automóvil o la parada del camión.
Finalmente una se vuelve a despedir para seguir conversando otros diez minutos más.
Es decir, el trayecto entre decir "ya me voy" y desaparecer físicamente puede durar más que una película del señor de los anillos.
En ese contexto, "Este osito de peluche ya se va para su estuche" funciona como un aviso preventivo, no como una acción inmediata. Es el equivalente mexicano al "abordaje en proceso" de un aeropuerto: todos saben que todavía falta bastante.
Lo verdaderamente extraordinario es que la frase convierte un acto completamente ordinario. Regresar a casa, en una pequeña pieza de teatro costumbrista. El hablante deja de ser un ciudadano cansado para transformarse, por unos segundos, en un personaje entrañable que vuelve a su refugio después de cumplir con su deber social de convivir.
Esta expresión demuestra que el mexicano posee una capacidad extraordinaria para poetizar la vida cotidiana. Mientras otras culturas simplemente anuncian su partida, en México uno se convierte en un osito, la casa se transforma en un estuche y la despedida deja de ser un trámite para convertirse en un acto de ternura colectiva. Porque aquí nadie "se retira"; aquí los ositos regresan a su estuche... aunque primero tengan que despedirse seis veces y aceptar un último tamal "para el camino".
Comentarios