Por Luis B.
Emmanuel le gustaba barrer. No porque hubiera algo qué limpiar. Hacía meses que el polvo había terminado por conquistar las banquetas, los aparadores y las fotografías familiares dentro de los departamentos vacíos. Barría porque el sonido de las cerdas contra el concreto todavía le recordaba que existía una diferencia entre el silencio y la muerte.
Aquella mañana, el cielo tenía un color extraño, como la piel interior de una ciruela golpeada. Desde la ventana de su cocina vio pasar las últimas aves migratorias: una línea torcida de cuerpos negros avanzando hacia ninguna parte. El refrigerador zumbaba con una fatiga casi humana. Emmanuel abrió la puerta y contempló su inventario cotidiano: dos mandarinas arrugadas, un frasco de mostaza, media botella de agua mineral sin gas y un trozo de queso endurecido que olía a sótano húmedo.
Anotó todo en una libreta.
“Mandarinas: 2.
Mostaza: suficiente.
Agua: poca.
Mundo: menos.”
Luego sonrió apenas, como si acabara de escuchar un chiste contado por alguien ausente.
Desde hacía semanas o años, el tiempo se había vuelto una superstición inútil, las transmisiones oficiales repetían mensajes fragmentados. Nadie explicaba nada. Los gobiernos hablaban de protocolos, contingencias, sacrificios necesarios. Pero las ciudades se fueron vaciando igual que una alberca rota. Primero desaparecieron los anuncios luminosos. Luego el transporte. Después los perros dejaron de ladrar.
Lo único que siguió funcionando fueron los supermercados automáticos y las pantallas públicas que todavía recomendaban productos imposibles de comprar.
“EL FUTURO NECESITA DE TI”, decía una cartelera encendida sobre avenida Insurgentes.
Frente a ella crecía un árbol.
Emmanuel salió de casa a las ocho en punto, como cada día. Llevaba su camisa gris planchada y un gafete de empleado que ya no abría ninguna puerta. Caminó hacia el Archivo Central de Inventarios Humanos, donde trabajó durante diecisiete años clasificando objetos pertenecientes a personas desaparecidas. Cepillos dentales, relojes, cartas, llaves sin cerradura.
Las cosas sobrevivían más que sus dueños.
En el trayecto escuchó el rumor lejano del mar, aunque la ciudad estaba demasiado lejos de cualquier costa. A veces el fin del mundo confundía las geografías. O quizá siempre habían estado equivocadas.
Las jacarandas florecían fuera de temporada. El aire olía a ozono, gasolina vieja y fruta podrida. Emmanuel respiró profundo. Había algo hermoso en aquella descomposición lenta, como si la Tierra por fin pudiera quitarse el uniforme.
Al llegar al edificio encontró las puertas abiertas. El sistema eléctrico seguía vivo por una obstinación incomprensible. Los pasillos estaban iluminados con esa luz blanca de hospital que vuelve fantasmas a las personas.
Encendió su computadora.
La pantalla tardó varios minutos en despertar.
Entonces apareció el inventario del día:
“OBJETOS RECUPERADOS DEL SECTOR NORTE.”
—1 taza con manchas de café.
—3 fotografías familiares parcialmente quemadas.
—1 zapato infantil.
—14 cuadernos vacíos.
—1 espejo.
Emmanuel detuvo la vista en la última palabra.
Espejo.
Sintió un escalofrío.
Había leído alguna vez, en un libro encontrado entre cajas húmedas, que los espejos fueron inventados para enseñarle al ser humano la nostalgia de sí mismo.
Bajó al depósito.
El espejo descansaba sobre una mesa metálica. Era pequeño, ovalado, con manchas negras en los bordes. Emmanuel se acercó despacio.
Su reflejo parecía más viejo que él.
No era sólo el cansancio. Era otra cosa. Como si la imagen hubiera permanecido sola demasiado tiempo.
El edificio crujió.
Muy lejos, algo cayó. Un sonido enorme, parecido al derrumbe de una montaña o de una ciudad completa.
Las lámparas parpadearon.
La voz automática del sistema anunció:
“QUEDAN POCOS REGISTROS POR CLASIFICAR.”
Y Emmanuel sintió una tristeza inesperada. No miedo. No desesperación.
Tristeza.
Porque comprendió que incluso el apocalipsis terminaría convertido en trámite administrativo.
Subió nuevamente a su oficina y comenzó a llenar formularios.
Clasificó la taza. Las fotografías. El zapato.
Al llegar a los cuadernos vacíos dudó unos segundos antes de escribir:
“Contenido: ninguno.”
Aunque sabía que no era cierto. Los cuadernos vacíos siempre contienen algo: la posibilidad de otra historia.
Afuera comenzó a caer ceniza.
Parecía nieve gris.
Emmanuel miró el reloj de pared detenido desde hacía meses en las 3:17. Luego abrió una de las mandarinas que había llevado en el bolsillo. El aroma cítrico llenó la oficina como un recuerdo de la infancia. Cerró los ojos.
Escuchó la voz de su madre llamándolo a comer. Escuchó partidos de fútbol en radios vecinas. Escuchó vendedores ambulantes cantando precios bajo el sol de otros años.
La humanidad entera cabía dentro del perfume de una fruta.
Cuando volvió a abrir los ojos, la ciudad estaba oscureciendo.
Las pantallas públicas seguían encendidas entre la ceniza.
Los edificios respiraban calor.
Las tuberías gemían detrás de los muros.
Alguna máquina continuaba trabajando para nadie.
Emmanuel terminó su inventario.
Guardó la libreta en el cajón.
Apagó la computadora.
Y antes de irse, observó una última vez su lugar de trabajo.
El lugar seguía allí.
Esperándolo.
O despidiendose.
Era difícil saberlo ya.
Entonces Emmanuel acomodó su camisa, alisó las mangas con cuidado y salió del edificio como quien abandona una oficina un viernes cualquiera.
Sobre la ciudad caía lentamente el fin del mundo.
Y, sin embargo, en algún rincón invisible, alguien seguía haciendo listas.
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