EL FIN
Hay un instante
Hay un instante
en que el mundo deja de pronunciar nuestro nombre.
No ocurre con estruendo.
Ningún ángel derriba las columnas del cielo.
Ninguna trompeta incendia las montañas.
Sucede
como se apaga el perfume
de una flor olvidada
sobre la mesa de un hotel.
Lentamente.
Con la discreción
de quienes conocen el verdadero peso del tiempo.
El fin no es un muro.
Es un río.
Un agua oscura
que aprende de memoria
el contorno de nuestras manos
hasta borrarlas.
He visto su sombra
cruzar los templos vacíos,
sentarse entre los mendigos,
beber del mismo vaso
que los enamorados dejan sobre la ventana
cuando creen que la noche será eterna.
El fin
usa el rostro de todas las despedidas.
Tiene la voz de los relojes
cuando la casa ya duerme.
Tiene el olor
de los libros antiguos,
de las iglesias sin incienso,
de las cartas que nadie respondió
porque el miedo también escribe
con tinta invisible.
Y, sin embargo,
hay una extraña misericordia
en su silencio.
Porque el fin
es el jardinero secreto
que poda los árboles
para que la primavera
no olvide el camino.
Nos pasamos la vida
coleccionando espejos.
Creemos que reflejan el universo.
Pero sólo conservan
la costumbre de nuestro rostro.
Entonces llega la última tarde.
Las máscaras regresan al polvo.
Los nombres
caen de los labios
como monedas sin valor.
Y descubrimos
que nunca fuimos dueños
de la luz,
apenas el cristal
por donde ella atravesaba.
Quizá por eso
las estrellas parecen heridas antiguas.
No porque estén muriendo.
Sino porque su resplandor
es el recuerdo obstinado
de un fuego
que ya no existe.
Tal vez toda existencia
sea precisamente eso:
la demora de una lámpara
antes de aceptar la oscuridad.
Pero no temo.
He aprendido
que incluso la noche más profunda
es apenas el reverso
de una claridad
que todavía no sabemos nombrar.
Así caminaré
cuando llegue el último umbral.
No con esperanza.
La esperanza aún pertenece al tiempo.
Caminaré
como quien devuelve un libro
a una biblioteca infinita,
agradecido
por haber sostenido entre las manos
unas cuantas páginas
escritas con lluvia,
con ceniza,
con deseo,
mientras una voz,
tan antigua como el viento,
seguía susurrando
que todo final
es una puerta cerrándose
para que alguien,
en otra habitación del universo,
escuche por primera vez
el rumor de la luz.
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